Vorágine


Por Vanessa Ortiz

Foto de portada: Aleks Marinkovic para Unsplash

¿A qué sabe el polvo a punto del ocaso? Las nubes borrosas anunciaban la llegada de una nueva tolvanera. Había poco tiempo antes del toque de queda. En aquel espacio donde la privación asfixiaba y despojaba hasta el último aliento. Cada noche era lo mismo. Cerrar con llave. Andar por la calle mirando a todos lados. Llegar al 580 de la Avenida Aymes. Intentar llamar al elevador. Darse cuenta de que, por segunda ocasión en la semana, no funcionaba. Subir seis pisos. Llegar al departamento. Quitarse la chamarra. Darle Whiskas al gato. Cerrar la puerta. Observar el pasillo por la mirilla. Colocar el pestillo. Girar la llave. Caminar al sofá y encender el televisor. Rezar porque no pasara esa noche. Dios te salve, reina y madre. Dios te salve. Dios te salve. “Esta noche en el noticiero…” ¡Chingada madre! No otra vez. No, por favor. Apagar la televisión. Dios te salve. El sopor. El deseo de no salir nunca de aquí. Un sonido chillante lo hizo husmear dentro de su bolsillo trasero. 

― ¿Qué pasó, Miguel?

― Güey, tienes que venir en chinga. No sabes lo que el Omar acaba de encontrar en el puente. 

― Yo ya estoy en mi casa, cabrón. Ya pasan de las 12.

― No seas pocos huevos. Tú dijiste que vendrías si la juntábamos. ¡Si vieras cómo están, cabrón!

― ¿De qué lado andan? 

― De Gómez, José. Córrele que pronto llegan los pinches verdes.

Tomó su chamarra y se dirigió a la puerta. Antes de cerrar, respiró y notó al animal de ojos verdes. Su mirada presagió la condena. Caminó por la avenida. El aire susurraba su nombre y a la vez le oprimía todo el pecho. De nuevo la angustia. El polvo se metía entre sus cejas y el olor a lodo con paja entraba en lo más profundo de su caja torácica. Ya estaba cerca. La única luz que veía era un brillo rojo que a los segundos se transformaba en verde. Entró en la miscelánea de la esquina. 

― Qiubo, Chuy. Unos Marlboro rojos. 

― ¿Qué andas haciendo, José? Regrésate que no tarda en armarse el desmadre. 

― Y unos Trident. De los azules que pican. No, los azul clarito no, güey. Esos ni borran nada. De los fuertes. 

Prendió el cigarro con el único cerillo que le quedaba en la cajita aplastada. Miró a la acera de enfrente. Había tanto polvo que le costaba reconocer la figura que aguardaba en silencio. ¿Era una mujer? Viejas pendejas. ¿Qué andan haciendo a estas horas acá? Cómo les encanta meterse en donde nadie las llama. Ni que no supieran lo que hacen los monigotes del cabrón. Si se quieren morir pues mejor que se ahoguen en pastillas. Así de perdida no vemos más tripas. Agitó un poco su mano y las cenizas se mezclaron con la tierra polvosa. Aquella silueta estaba justo enfrente de él. ¿Lo estaba mirando? 

José se rascó el bigote y empezó a andar hacia el Boulevard. Sacudió la cabeza. Pinche Miguel, siempre con sus pendejadas. A mí qué me importa que por fin lo hayan encontrado. Las calles respiraban al compás de sus pisadas volviéndose más y más estrechas. El aire helado besó su nuca mientras llegaba al borde del puente. ¡El pinche frío! Arrojó la colilla al suelo. No la pisó. ¿Para qué? Si aquí no hay nada, ni una pinche mata, ni un pinche arbusto. Puro zacate seco. Pura tierra, sangre, pedazos y polvo. Empezó a cruzar y escuchó el repique de unos tacones. Tac. Tac. Tac. Volteó hacia atrás. Solamente oscuridad y esos jodidos pedazos de zacate flotando en el aire. Respiró. Ya me ando imaginando la muerte. Siguió andando hacia su destino. Hacia el humo cargado de angustia. Hacia el fuego que le dibujó el camino. 

― ¡Hasta qué! Nombre, pinche José. Mira nomás lo que se agarró el Omar. 

― No chinguen cabrones. ¡Están bien morritas!

― ¡Ande joto! Si tú no quieres pues muy tu bronca. Pero si ya viniste hasta acá mínimo pásanos las cheves ¿no? Quédate a pistear.

José caminó hasta la caja de hielo seco y sacó tres botellas de Tecate. Con ayuda de sus llaves abrió los cascos y les pasó las caguamas. 

― Si saben que no tardan en llegar los soldados, ¿verdad? Peor… no tardan en llegar los changos esos.

― No seas joto, mi Joe.

― A mí no me anden metiendo en esas reburujadas. Yo nomás vine porque pensé que ya habían encontrado la feria. 

― ¡Aquí está la feria! Mira que chulas, las condenadas. Son de las que les encantan. Yo creo que hasta podemos degustar poquito antes de la entrega. 

― Yo ya me voy. Ahí se ven, pinches puercos.

Soltó la botella y se estrelló en el lecho seco. La cebada se fundió con el riachuelo cansado. Subió al puente y empezó a caminar de vuelta al 580 de la Aymes. Trató de prender un cigarro, pero ya no tenía lumbre. Nada más quedaba fuego debajo del puente. Pinches pendejos. En las broncas en las que se están metiendo por avorazados. A mí que ni me metan con esos. Tac. Tac. Tac. De nuevo, el sonido hueco de los tacones. Me falta dormir. Es el insomnio lo que me hace ver sombras jalándose las enaguas. No. Está. Pasando. Pero la escucho… aquí está. Picoteando el asfalto.

¿Ya pasó un año? Qué escándalo fue en este pueblo de 3×3 donde la única violencia que existía era a puerta cerrada. La treparon a una Cherokee con vidrios polarizados cuando andaba de piruja una noche llena de polvo. Justo como ésta. Era mayo y hacía un calor de la chingada. El Nazas estaba completamente seco. Se la llevaron abajo del puente y le hicieron y deshicieron como les dio la gana. Resultó que era la consen del alcalde. La preciosa. La usaron como paloma mensajera para darle un estate-quieto. Alguien tiene que pagar cuando la feria no basta. El güey la amaba a la canija. Por ahí dicen los chismes que se la cogía hasta en su propia cama. En el lecho matrimonial. Y le pegó gacho que la agarraran de carnada. Dijo que, al igual que el presidente, iba a llenar la Comarca de puro militar y que se los iba a chingar a todos. ¡Pues los chingados fuimos otros! Los que pagamos los platos rotos. Dicen que la encontraron a la orilla del río dentro de unas bolsas, de esas que te dan en la Soriana, en cachitos. El agua no pudo llevársela lejos porque estaba débil, no soportaba aquel calor. Y, aun así, la vorágine del Nazas la golpeaba con fuerza. Le pusieron de dedicatoria: “Aquí está tu preciosa. La siguiente es tu esposa.” 

Otra vez esas pinches pisadas. No, por favor. A mí no. Dios te salve, reina y madre… Padre nuestro… el pan nuestro de cada día dánoslo hoy… Caminó de prisa, tratando de dejar atrás el brillo plateado de la superficie. El aire ahogó su cuerpo como una ola en marea alta. El polvo entró en sus fosas y le cortó la respiración. ¿Preciosa? ¿Eres tú? No me hagas nada, te juro que yo no las traje acá. Te lo juro, preciosa. El sudor se mezcló con los orines delineando el pantalón de mezclilla barata. Por favor, por favor. Dios te salve. Corrió como pudo tratando de llegar al final. De pronto, una mano callosa le oprimió el cuello.

― Por favor no, preciosa. ¡No, por favor!

― ¿Cuál preciosa, cabrón? ¿Pensabas que te podías ir?

― Yo no hice nada, te lo juro, fueron el Omar y el Miguel. ¡Yo no las toqué!Cerró los ojos y recordó las pupilas de su felino. La muerte anunciada en su mirada. Dios me salve. El olor a hierro y el sabor del polvo le llenaron la boca. La tierna caricia del metal se posó en su frente. Respiró. Y la helada boca de una vieja amiga le dio el beso de despedida.

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