Un ejercicio de imaginación moral que no es distinto al de Dostoievski con Raskolnikov: Juan Gabriel Vásquez


Por Mónica Maristain

Esta novela, Volver la vista atrás (Alfaguara), del colombiano y multipremiado Juan Gabriel Vásquez, me subyugó desde la primera línea y aprendí a “descubrir” a un autor ya famoso, ya consagrado, como si lo leyera la primera vez.

La cuestión de cuando uno lee las novelas y lo mucho que impresionan o no en la vida del lector, depende sin duda más de quienes las leen de quienes las escriben.

Esta novela, Volver la vista atrás (Alfaguara), del colombiano y multipremiado Juan Gabriel Vásquez, me subyugó desde la primera línea y aprendí a “descubrir” a un autor ya famoso, ya consagrado, como si lo leyera la primera vez.

En octubre de 2016, el director de cine colombiano Sergio Cabrera asiste en Barcelona a una retrospectiva de sus películas. Es un momento difícil: su padre, Fausto Cabrera, acaba de morir; su matrimonio está en crisis y su país ha rechazado unos acuerdos de paz que le habrían permitido terminar con más de cincuenta años de guerra.

A partir de esa circunstancia del conocido y querido Sergio Cabrera (hizo La estrategia del caracol, con su padre Fausto Cabrera), Vásquez elabora una novela (más que nunca hay que decir que es UNA novela), cuyo dilema central es poner la vida de las ideas que muchas veces es contraria a la vida de los humanos.

Juan Gabriel Vásquez
Volver la vista atrás, editado por Alfaguara. Foto: Cortesía

Juzga también al marxismo militante, ese que “todavía está en la estructura de Latinoamérica” y que ha atravesado el mundo a lo largo del siglo XX.

Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) es autor de dos colecciones de relatos: Los amantes de Todos los Santos y Canciones para el incendio y de cinco novelas: Los informantesHistoria secreta de CostaguanaEl ruido de las cosas al caer (por la que ganó el Premio Alfaguara), Las reputaciones y La forma de las ruinas. Ha publicado también una breve biografía de Joseph Conrad, El hombre de ninguna parte y dos libros de ensayos literarios: El arte de la distorsión y Viajes con un mapa en blanco.

Ve la entrevista en video:

–Me fascinó esta manera de contar una historia, como si fuera profundamente suya. No me interesa si es ficción o no, sino el destino de estas ideologías que nos van formando más allá de si nosotros podamos decidirlo

–El libro nace como un intento por explorar unas décadas del siglo XX que nos siguen marcando a todos tanto en Latinoamérica como en Colombia. La vida de un amigo era una metáfora de todo ese momento. La vida de Sergio Cabrera como hijo de un republicano de la Guerra Civil, luego como participante en la Revolución Cultural y luego miembro de las guerrillas colombianas durante tres años, parecía contar una historia mucho más grande. En el siglo XX pasaba por nuestra relación conflictiva y trágica con ciertas ideas. Ese gran relato que fue el marxismo moldeó nuestra percepción del mundo. Eso me resultó fascinante. En varias de mis novelas, ese tema me impresionó mucho, ese impacto que tienen las ideologías en nuestras vidas. Este libro hace otra cosa que siempre he tratado de hacer en todos mis libros, que es contar ese espacio en nuestra experiencia humana donde la gran Historia se choca con la pequeña historia privada de los individuos. Sergio Cabrera era la encarnación de eso.

El impacto que tienen las ideologías en nuestras vidas.

–Precisamente, están las ideas en contradicción con los seres humanos. Cuando yo era chica y militaba en el comunismo, todos decíamos: ¡Qué buen dirigente es, pero qué mal padre es! Me sorprende mucho descubrir eso en Fausto Cabrera…

–El personaje de Fausto tiene una fascinación de darme cuenta de esa contradicción en la vida de su hijo. Sergio Cabrera tenía una relación con su padre un tanto esquizofrénica. Por un lado. era el responsable de todo lo bueno que le había pasado a Sergio. Era el responsable de su vocación, de la actuación, había enseñado fotografía, estaba en el mejor aspecto de la vida de Sergio, su personaje de creador. Pero, al mismo tiempo estaba el aspecto que a Sergio le costaba mucho más hablar y que su hermana, Marianella, nunca quiso discutir en público: La misión de su padre había llevado por delante a su familia. Sergio lo ha calificado como fanatismo, que condicionó tanto la vida de la gente que él quería. Dejó heridas muy fuertes y lo que dejó en los hijos fue un dolor nunca sanado y mucho silencio. Por eso yo agradezco que me hayan permitido poner sus vidas por escrito de algo que hubieran querido olvidar.

–¿Cómo construyó el personaje de Sergio Cabrera?

La sustancia del personaje de Sergio Cabrera son las 30 horas de entrevistas que tuvimos. A partir de ahí fue la interpretación de estos sucesos. Todo lo que en la novela es una emoción, un pensamiento, un movimiento de la sensibilidad de Sergio, fueron mis interpretaciones. Por eso yo defiendo que este trabajo es una novela. Me meto en su piel, en su cabeza, en sus emociones, en su movilidad y construyo un relato de la emoción interna del hombre. Fue un ejercicio fascinante. Lo que yo temía es que cuando mostrara mis escritos, Sergio Cabrera dijera que no le gustaba el libro. Por suerte, pasó todo lo contrario, Sergio se reconoció en el retrato que yo hacía.

Juan Gabriel Vasquez, escritor Foto: Camilo Rozo Octubre 24 de 2015

–Una de las cosas que produce en los lectores es precisamente lo que ocasiona las novelas. Uno empieza a leerla y va recorriendo todas las vicisitudes de los personajes. ¿Por qué reivindica el hecho de que es una novela? Se parece un poco a Jorge Volpi, que dice que las novelas todavía persisten

–Sí, supongo que compartimos eso con Jorge. Sostengo que este trabajo es una novela, a pesar que no haya en ella hechos inventados. Lo que debería distinguir a las novelas es el ejercicio de la imaginación. La imaginación es la interpretación y la invención del personaje interno del que se ocupa el libro. A partir de los hechos que me narra el personaje, he hecho un ejercicio de imaginación moral que no es distinto, creo yo, al que Dostoievski hace con Raskolnikov. Me he metido en la piel y en la conciencia y en las emociones de mi personaje. La suerte que tuve es encontrar un argumento en un diccionario. Fue descubrir en un diccionario colombiano una acepción del verbo fingir. En este diccionario decía que fingir era modelar, esculpir, tallar, en el contexto de las artes de la escultura o de la talla de madera. Era lo que yo había hecho con la vida de Sergio Cabrera. Tomar el pedazo entero de las experiencias de su familia y sacar la estatua que había dentro. Encontrar en esa maraña de experiencias una historia que significara contar algo más y eso es Volver la vista atrás.

–Cristina Rivera Garza decía “una imaginación encarnizada” y decía también que había que trabajar mucho para esa imaginación

–Sí, por supuesto. A partir de las horas de conversación con mis personajes, siempre paso por un proceso periodístico y ese proceso se da en forma a las entrevistas o a veces hacer un trabajo de campo y hacer una especie de reportaje para mí mismo. Esos procesos de la investigación previa despiertan aspectos de la imaginación que seguirían dormidos y que son enriquecedores de las novelas. También fue una investigación documental con la que perseguí documentos, cartas y también información histórica como la Revolución Cultural China. Siempre todo está transformado por la imaginación.

–Uno percibe en su libro cierta intelectualidad colombiana que se une. Uno piensa en Sergio Cabrera, en Santiago Gamboa, piensa en usted…

–Sí, hay familias narrativas que se van formando, sobre todo en nuestra cultura que pasa ahora por una relación muy especial con el oficio de contar historias. Estamos en un momento desde las negociaciones por los Acuerdos de Paz, que fueron rechazados y ahora tratamos de implementar con algunos resultados. Ese proceso nos ha mandado a una gran conversación de lo que ha pasado en los últimos 50 años en nuestro país. Todos los que estamos tratando de defender los esfuerzos por hacer la paz, a través de la historia, nos vamos acercando y formamos una especie de familia narrativa, que trata de iluminar zonas de este pasado nuestro, con este esfuerzo idealista, pero para mí necesario. Avanzar hacia algo que podríamos llamar reconciliación es mediante la memoria y la verdad.

Avanzar hacia algo que podríamos llamar reconciliación es mediante la memoria y la verdad

–La pregunta del millón es ¿qué ha pasado con el marxismo?, porque el capitalismo sigue estando vivo y haciéndonos sus víctimas…

–Es una pregunta muy grande y muy compleja. Creo que las ideas marxistas están inevitablemente ligadas en Latinoamérica a cierta idea de la utopía. La sociedad perfecta. Esto es lo que me resulta preocupante, porque la idea de utopía es totalmente conservadora. Cuando una sociedad es perfecta, las necesidades y los propósitos de todo están satisfechos y no sólo que esa sociedad no va a cambiar, sino que no podemos dejar que cambie. Además, tiene un correlato profundamente grave, en pos de cualquier sociedad perfecta vale la pena hacer cualquier sacrificio y ese sacrificio viene en vidas humanas. Eso causa mucho dolor. Prefiero imaginar una sociedad que avance negociando todos los días. Un modelo de sociedad en lo que importa es el camino. Una de las razones por las que el marxismo no ha prosperado es que peca contra la posibilidad de libertad y causa mucho sufrimiento. La sociedad tiene que ser fruto de la negociación diaria.

–En la Argentina lo llamarían un poco peronista…

Publicado originalmente en Maremoto Maristain, aquí:
https://bit.ly/3m9QrhF

Mónica Maristain. Nació en Argentina. Desde el 2000 reside en México. Estudió en la Universidad de Filosofía y Letras. En Argentina dirigió las revistas Cuerpo & Mente en Deportes y La Contumancia. Aquí dirigió la revista Playboy, para todo Latinoamérica. Fue editora del Universal y editora de Puntos y Comas. Ha publicado muchos libros, entre ellos los de poesía: Drinking Thelonious y Antes. Los dedicados a Roberto Bolaño, entre ellos El hijo de Mister Playa. Prepara su libro sobre Daniel Sada: el hombre que sabía bailar.

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