Leonardo Padura, o un suspiro por mi propia ignorancia

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Por Concha Moreno

Estoy leyendo a Padura. No soy seguidora de sus novelas noir ubicadas en La Habana y no porque me parezcan malas o torpes o crueles: simplemente no las he leído. Miento: leí Adiós, Hemingway y la recuerdo vagamente. Buena. Creo.

La verdad es que me dieron ganas de leer a Leonardo Padura después de leer una crónica beisbolera suya que versa no solo sobre el beis, sino sobre crecer en La Habana. Me pareció hermosa. Me compré casi de inmediato El hombre que amaba a los perros, sobre el encontronazo histórico entre Ramón Mercader, León Trotsky y un piolet en la Ciudad de México. Enorme novela, bella.

Mi historia con Padura casi topa ahí. Hasta hace una semana, cuando comencé a leer Como polvo en el viento, su más reciente novela. No sé si es porque estoy brevemente hipomaniaca, pero todo lo que leo últimamente me parece increíble y la novela de Padura no es la excepción. Estoy cerca de terminarla así que todavía no me atrevo a hacer una reseña en forma (espérenla aquí, chan chan chan), solo quiero hablar de esas veces en que uno pasa por alto algunos libros por sus prejuicios.

Siempre pensé que leer autores de países rojos era una tontería. Crecí en una casa (neo)liberal y siempre leí la Selecciones. Justo hace unos días platicaba con Daniel Espartaco-en un live que hicimos para La Libreta– sobre las diferencias entre crecer en una familia de izquierda y uno, no digamos de derecha pero sí conforme con el estado de las cosas del lado del mundo libre. Así como en casas “rojillas” se hablaba de José Martí o Stanislaw Lem, en mi casa se leía a Borges y Isaac Asimov. Mis papás (y yo por añadidura) somos pequeños cerdos capitalistas, progringos. Bueno, de eso ya he hablado acá. Trato de no repetirme.

Mi desconfianza por los autores del otro lado de la Guerra Fría alcanzó a Cortázar, García Márquez y hasta al pobre Nabokov. Pues sí, suelo ser de lo más zafia, ni idea de que Nabokov nomás es ruso por accidente. Entonces a Padura lo metí en el mismo sobre, por ser cubano y mamón. Y luego de leerlo me doy cuenta que soy bien estúpida.

Padura es uno de los grandes escritores de la lengua española, o eso me parece en la página 225 de Como polvo en el viento. La novela va de un grupo de amigos cubanos que ven sus destinos separarse por las inercias históricas de haber nacido en la isla. Luego se alarga con la historia de un par de amantes en Miami. Ambas tramas están imbricadas de manera limpia y bien hecha. Es un placer leer a un escritor en plena forma.

Continuaré mi búsqueda literaria entre los autores a los que desprecié en mi adolescencia y primera adultez. Eso de adultez es más o menos un eufemismo para decir que ya me siento vieja a mis 37 años. Pero la vacuna todavía no llega. En fin, la esperaré sentada leyendo a Padura y oyendo a C. Tangana. Todavía no estoy muerta.

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