Liliana fue víctima de feminicidio pero su vida fue mucho más: Cristina Rivera Garza


Por Irma Gallo

Foto de portada: Santiago Vaquera-Vázquez. Facebook de la escritora

El 16 de julio de 1990, Liliana Rivera Garza, una joven de 20 años de edad, estudiante de arquitectura, fue víctima de feminicidio por Ángel González Ramos. Cristina Rivera Garza escribió El invencible verano de Liliana en homenaje y como una búsqueda de justicia para su hermana.

Liliana Rivera Garza con sus compañeros de la UAM

Pocas actividades requieren más energía, tanta dedicación al más mínimo detalle, como odiarse a sí mismo (…) Durante los primeros años de su ausencia, cuando los años se fueron acumulando uno sobre el otro y todavía era imposible si quiera pronunciar su nombre, fue fundamental prohibirse cualquier actividad que pudiera interrumpir la danza de la vergüenza y el dolor. Cristina Rivera Garza. El invencible verano de Liliana.

“Por muchos años mis padres y yo hemos llevado un duelo muy privado, muy íntimo, pero a todo le llega su momento. Cada quien tiene sus ritmos y sus tiempos, y para mí pasó hace un par de años, cuando empecé a pensar que este libro que había tratado de escribir varias veces antes ahora lo tenía que llevar a cabo. Las dos cosas: escribir el libro y buscar justicia”, dice Cristina Rivera Garza, con esa voz como de río calmo, que tiene un ligero acento del inglés que habla cotidianamente desde hace casi tres décadas.

Cristina Rivera Garza. Foto: PRH

“Una cosa lleva a la otra: sabía que tenía que eventualmente enfrentar las pertenencias de mi hermana, que guardamos todos en una serie de cajas en la casa de mis padres”, dice. “Fue un proceso muy fuerte y de muchos contrastes, porque por una parte está por supuesto el dolor, la rabia, la frustración de tantos años. Y por otra, encontrar ahí las notas, los cuadernos, las cartas; todo el mundo de Liliana, también fue un momento muy luminoso. Ver todo ese material que ella tan cuidadosamente fue guardando, con este ojo por la minucia, por el detalle pequeñito, aparentemente sin importancia y que ella al guardarlo lo agudizó, lo expandió a lo largo de su vida, me di cuenta que ahí estaba lo que había estado buscando para escribir el libro, que era su voz. Y que este libro lo iba a escribir con ella, que es uno de esos libros desapropiativos, uno de esos libros comunalistas de los que he estado hablando a veces teóricamente, con algunos ejemplos en particular. Pero aquí, fue ver esa iluminación que de repente llega y dices, aquí está. Esto es lo que necesito”.

Me di cuenta que ahí estaba lo que estaba buscando para escribir el libro, que era su voz. Y que este libro lo iba a escribir con ella.

Cristina Rivera Garza

Como historiadora que es, Cristina Rivera Garza pensaba que todo eventualmente permanece en un archivo. Por eso, fue un shock cuando una mujer en el Ministerio Público de Azcapotzalco le dijo “no crea que los expedientes viven para siempre”. Define lo que sintió en ese momento como “un miedo atroz de que había la posibilidad de que la vida de mi hermana, de que sus veinte años sobre la tierra no produjeran una huella”.

Cristina y Liliana.

Este libro ha sido mi manera de restituir esa experiencia. De hacerlo no en términos de la institución y no en términos del Estado, sino en términos de mi hermana.

Al leer los cuadernos, cartas y demás documentos que Liliana dejó en unas cajas de cartón y tres o cuatro huacales de madera, Cristina descubrió aspectos de su hermana que ignoraba:

“Una Liliana dicharachera, muy irónica, a quien le queda muy bien el apelativo de “cábula”, por ejemplo —que es una palabra que me encanta—, con sueños, con idea del mundo, con una gran curiosidad intelectual y emocional”, dice.

“En 1990, cuando no hablábamos nosotras de estas cosas, cuando hablar de violencia de género era imposible, de violencia doméstica muy raro; mucho menos de violencias en los noviazgos. Ese silencio ha matado a mujeres; nos ha impedido identificar, reconocer y luego entonces prepararnos para el sinfín de micro y macro violencias que forman parte del mundo en el que vivimos por desgracia”, dice Cristina, y comenta que a ella misma le ha tomado años, lecturas y montones de trabajo el “ir desentrañando esta maraña”.

Una de las herramientas que ayudó a Cristina Rivera Garza en este trabajo de “desentrañar la maraña” de lo que le sucedió a su hermana Liliana —y les sucede a miles mujeres, todos los días, en todo el mundo— fue No Visible Bruises. What We Don’t Know About Domestic Violence Can Kill Us, de la periodista, escritora y académica Rachel Louise Snyder.

“Me hizo ver muchas cosas que yo intuía pero que no había podido ponerles el dedo en la llaga. Ahí, la autora sobre todo habla de un gran proceso social que se ha requerido para crear el lenguaje que nos permita acercarnos, identificar y prepararnos contra este tipo de violencias”, explica.

Las palabras no sólo designan; no son parapetos. Las palabras son acciones.

“Es muy distinto decir que un hombre, de repente, perdió los estribos y mató a una mujer que estaba ahí porque sus pasiones se desataron; muy distinto a decir este es un feminicidio; es un crimen que se comete contra una persona por ser mujer“, dice Cristina, con la convicción de quien ha pasado por mucho para poder entender —como muchas otras familias de víctimas de feminicidio— que ni ella, ni sus padres tenían porqué haber sentido culpa o vergüenza porque su amada hermana e hija fue víctima de un feminicidio.

La autora de Nadie me verá llorar también afirma que pudo escribir este libro “gracias a las cada vez más crecientes e importantes movilizaciones de mujeres feministas y no feministas”.

Se lo debo también a este gran trabajo que han hecho los múltiples feminismos de México.

El nombre de Liliana Rivera Garza en una de las vallas que rodearon Palacio Nacional en la marcha del 8 de marzo de 2021.

En la reseña que publiqué sobre El invencible verano de Liliana para Península Press, escribí que este libro se trata sobre todo de nombrar (puedes leerla aquí en español: https://bit.ly/2RlKenZ y aquí en inglés: https://bit.ly/3uPC9p5 ). Cristina habla también sobre la dificultad de Liliana, dada la época que le tocó vivir, de ponerle un nombre a lo que le estaba sucediendo:

“Imagínate eso en los ochentas, cuando el lenguaje patriarcal para contar estas historias nos obligaba, estaba diseñado para culpar a la víctima y para exonerar al depredador. Imagínate lo difícil para una chica joven, buena, viviendo su vida, considerada con los demás, lo que significa el que caiga en tu conciencia que alguien que dice amarte realmente pueda hacerte tanto daño, el daño mayor: quitarte la vida”.

Foto: ©Irma Gallo

“En esta reconstrucción de la vida de Liliana, a mí me interesaba mucho, porque eso es lo que leí en sus papeles, Liliana fue víctima de un feminicidio pero su vida fue mucho más”, dice Cristina, con un orgullo que se deja sentir desde Houston hasta la Ciudad de México, por medio de una conexión de internet.

Ángel González Ramos, feminicida de Liliana Rivera Garza

“Yo quería que este libro sí llegara a eso porque evidentemente es una médula, es la frustración y es la rabia y es la exigencia básica de justicia, pero lo que también fui descubriendo mientras iba leyendo sus cosas y entrevistando a sus amigos fue a una chica que a pesar de esa circunstancia, a pesar de esa gran limitación que significa tener a un feminicida en potencia todos estos años de su vida —cinco o seis años de su vida—, Liliana fue capaz de construir comunidades con sus amigos, que fue capaz de concentrarse en sus estudios, como me dicen muchos: de disfrutar muy plenamente la vida. De asistir a marchas, de ser asistente de un profesor, de entregar sus trabajos a tiempo, es decir, hay todo este otro mundo, como son las chicas de veinte años: que se quieren comer el mundo a mordidas, que están buscando con todos sus ánimos y energías de qué se tratan sus vidas y la vida en general del mundo en el que están”, dice.

“Y para mí era muy importante que eso fuera la médula del libro, que este que es un libro por supuesto resultado de muchos años de pesadumbre, de este duelo que mencionaba al inicio”, continúa.

También es una celebración, también es una manera de compartir el milagro de la vida de mi hermana.

“De la gran influencia que tuvo no sólo sobre su familia más cercana sino sobre estas otras familias que ella fue haciendo a lo largo de su vida”, concluye.

Este libro es para celebrar su paso por la tierra y para decirle que, claro que sí, lo vamos a tirar. Al patriarcado lo vamos a tirar. Cristina Rivera Garza. El invencible verano de Liliana.

Si quieres ver la entrevista completa que le hicimos a Cristina Rivera Garza, dale click aquí:

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