Mary Jane, la novela de verano que me leyó

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Por Concha Moreno

Hay libros que se leen y otros que nos leen. Los segundos llenan un espacio especial en nuestra memoria; son los libros que nos dicen qué música queremos hacer, qué historias contaremos en un bar con los amigos, dónde recalaremos cuando llegue nuestra hora final. Exagero, pero poco: hay libros que leemos de tapa a tapa sin parar y cuando los terminamos solo queremos darle una vuelta y comenzar a leerlos de nuevo.

Esto me acaba de suceder con Mary Jane, la pequeña gran novela de crecimiento de Jessica Anya Blau. Leí sus 300 páginas en un suspiro, con la sensación que tiene un alcohólico cuando ve que la botella se está acabando. Cada vez me quedaban menos páginas y yo me entristecía. Oh, el romance con los libros que se terminan rápido. Just one of those things.

La novela sucede en un barrio rico de Baltimore. Mary Jane Dillard tiene 14 años, una vida casi perfecta y un verano aburrido. Para complacer a sus padres toma un trabajo como niñera de la hija de un psiquiatra. En la casa del doctor Cone, Mary Jane conocerá a Jimmy y Sheba, dos celebridades de incógnito que están pasando el verano en casa del médico. ¿Por qué? Digamos, Baltimore no es exactamente lo que uno llamaría un paraíso vacacional. La razón es poderosa: Jimmy está tratando de superar su adicción a la heroína.

Aunque todo suene más o menos oscuro no lo es. La novela de Blau es luminosa, tierna y encantadora. Mary Jane se conocerá a sí misma de maneras inesperadas. Aprenderá que la adolescente que es con sus padres, la que ama los musicales de Broadway y ayuda a su madre, una perfecta ama de casa, en la cocina todos los día, es solo una capa de su verdadera personalidad. Ese verano Mary Jane descubrirá el rock, la felicidad de ponerse un bikini en la playa, la belleza de ver a Izzy, la pequeña niña a la que cuida, crecer y superar sus miedos.

Mary Jane es una novela sencilla, pero muy bien concebida, con gran estructura y ritmo. ¿Qué magia hizo Blau para conseguir que una trama muchas veces repasada en el cine y la televisión (a todo mundo le gustan las historia de coming-of-age, ¿no?, esas donde los niños pierden parte de su inocencia) se sienta nueva y viva.

Regreso a mi párrafo inicial.

Hay libros que nos leen. A mí Mary Jane me leyó. Quisiera decir que eso me pasó con Roberto Calasso o Peter Handke, pero no: me pasó con esta novela comercial destinada a la lista de best-sellers y que no ganará ningún otro premio que el amor de sus lectores.

Cuando terminé de leer Mary Jane me sentí feliz, llena. Pensé puramente esto: «Yo quiero escribir así». Pesé en decenas de canciones que quiero poner en mi playlist para escribir. Quise ir a museos a inspirarme, quise llenarme de arte y diversión. Nunca, nunca se debe subestimar la diversión, como Sheba, una versión apenas escondida de Cher, le dice a Mary Jane. La diversión es fundamental, a veces es lo único que nos puede salvar de la desesperanza.

Mary Jane es mi novela favorita de las que he leído este mundo de la covid. Y he leído muy buenas novelas en esta cuarentena de dos años. No la mejor, no la más ambiciosa ni tampoco la más profunda. (Después de todo yo no soy la mejor lectora, ni la más ambiciosa ni, desde luego, la más profunda). Pero esto puedo decir: está llena de verdad. Y por conseguir esos instantes de verdad todos los artistas se rompen el alma. Realmente pienso que Mary Jane es una novela de la que cualquier lector puede enamorarse. La veo convertida en una gran película sobre la inocencia y el amor y las familias imperfectas pero adorables.

La escritora Jessica Anya Blu

Hay libros que son dolorosos, otros que se deben leer con paciencia y algunos que se quedan a la mitad por más que el autor se esté desgarrando en cada página. Mary Jane pertenece a la familia de los libros que se leen de principio a fin sin esfuerzo, que corren como agüita de jamaica y están iguale de llenos de sabor, un regusto inconfundible que nos regresa a casa.

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