Los recuerdos prestados de Flor Aguilera


Deja que te tome

este recuerdo prestado

deja que lo cuente yo

como si ya fuera mío

Café Tacvba, “Recuerdo prestado”

Por Concha Moreno

El primer recuerdo de Flor Aguilera (México, 1971) es casi trágico, parece el inicio de un cuento de hadas: se perdió en el bosque.

“Habíamos ido de picnic y una primas mayores me llevaron a hacer del baño y me preguntaron si sabía cómo regresar. Les dije que sí”. Tenía tres años de edad. Por supuesto, no supo regresar. Se armó una búsqueda exhaustiva. Nadie sabía dónde estaba la Florecita de tres años (una flor perdida en el bosque). Hasta que su tío vio algo raro en el horizonte: “Una manchita blanco con negro que venía caminando por ahí”, dice Flor: ella era la manchita. Así se resolvió la desgracia: con la niña bañada en lodo y feliz en brazos de su tío.

El padre de Flor, que no es nada religioso, tenía que viajar al día siguiente a Nueva York. Lo primero que hizo al llegar allá fue meterse a la Catedral de San Patricio y agradecer, agradecer, agradecer.

Flor Aguilera nació como escritora hace más de 20 años. Comenzó su viaje en las letras como poetisa, pero pronto se convirtió en escritora de historias para niños y adolescentes. Flor es una gran viajera desde niña por el trabajo de su padre diplomático (“éramos unos migrantes de primera clase”). De aquí a allá, de California a Nueva York, de ahí a Londres, París para la maestría y luego a China para pasar, sin saberlo, la última parte de la vida de su madre, Flor ha vivido recopilando recuerdos e historias en diversos idiomas, con gente siempre nueva, con su inglés “de acento californiano” (se ríe) y prestándonos sus recuerdos a todos los que la conocemos.

No voy a hacerme la objetiva: Flor Aguilera es mi amiga. La quiero mucho, pero sobre todo la admiro. Es alguien que puede convertir una conversación de café en una gran historia. Parece simple, pero no lo es. Saber narrar es sabrosa ciencia que no a todos se nos da: a Flor sí.

Cuando Flor era niña bajo el sol de California, conoció el amor de disfrutar de una historia. “Teníamos una clase que se llamaba ‘Biblioteca’, donde íbamos con la bibliotecaria de la escuela a que nos contara una historia. Tenía cara de pavo, así le decíamos: ‘vamos con Cara de Pavo'”. Cara de Pavo resultó ser una gran cuentacuentos (“Yo creo que Cara de Pavo debió haber sido actriz”, dice Flor).

Después venía el turno de que los niños eligieran un libro. Flor se encontró con los libros de Beverly Cleary, la serie serie sobre una niña llamada Ramona que resultó ser muy parecida a ella, a Flor. “Soy lectora gracias a Cara de Pavo y a Beverly Cleary”. Aunque en su casa había libros, Flor no se sentía identificada con ninguno. Desde que conoció las aventuras de Ramona Flor comprendió lo importante de sentirse cercano a los personajes de los que se lee. Y por supuesto, de los que se escribe.

De niña, Flor hablaba poco español. Aunque en la casa familiar los papás tenían por regla que se hablara el idioma, los niños Aguilera hablaban entre ellos en inglés. Es curioso que el español le venga como una lengua lejana a alguien que decidió por convicción escribir en ese idioma. Lo lógico es que Flor escribiera en inglés, ¿no? Su relación con el español es de amor de ida y vuelta.

El español surge de la pluma de Aguilera con la soltura suya que viene de su yo poético. Escribir en español es una decisión deliberada para Flor, una especie de código secreto que le gusta romper.

En su preparatoria londinense Flor decidió tomarse el español en serio y se puso a estudiarlo con denuedo. Resultó que compañeras suyas de otros países lo hablaban con más soltura que ella. Otro recuerdo prestado.

En la última novela de Flor, Jane sin prejuicio, la protagonista es una adolescente de origen mexicano que crece en Arizona. No es una chicana, no es una “latinx”, es una niña que vive en inglés todo el tiempo y que decide aprender español para entender lo que sus padres hablan entre ellos. Las reminiscencias de la propia infancia de Flor son más que evidentes. Jane recibe su nombre de las tres Janes favorita de la escritora: Jane de Tarzán, Jane de los gorilas, y la más importante en la vida lectora de Flor: Jane Austen.

Como Beverly Cleary, Jane Austen se convirtió es una maestra para la Flor Aguilera que crecía ya en Londres. Flor la considera una de sus más importantes influencias. Austen tiene buena compañía en el corazón aguilerezco: ahí también se rinde culto a Emily Dickinson y Douglas Coupland.

En Jane sin prejuicio Flor experimenta con la búsqueda de identidad sin volverse panfletaria. Jane desconoce todo sobre la identidad militante de ser mexico-estadounidense. Flor fue igual: “Yo oía a The Cure”, dice con risas. Nada de cumbias y rancheras, The Cure y luego The Smiths pasando por Depeche Mode. Así Jane, como la mujer que la escribió, descubre en esa lengua arcana que es el español un vehículo para su experiencia íntimísima.

Flor Aguilera debe ser leída como se escucha un gran álbum de rock ochentero: con los oídos abiertos y dejándose llevar por ese aire de melancolía de lo que está a la mano pero no se puede alcanzar a menos que se recurra a las memorias más cercanas y queridas.

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