Muerte y duelo


Por Fabiola Morales Gasca

“La muerte, con la potencia de un rayo de sol, 

toca la carne y despierta el alma.” 

Robert Browning

En el libro La soledad de los moribundos del sociólogo Norbert Elías, el tema de la muerte, sus mitos, repercusiones y prácticas reverberan para hacer conciencia de uno de los eventos más importantes en nuestra existencia: nuestra propia muerte. El hombre es la única especie que se enfrenta a prever su propio final y tener consciencia de ello. La mayoría de nosotros no aceptamos nuestra propia vejez o detrimento de nuestro cuerpo; evitamos a toda costa, quizás como un mecanismo de defensa, pensar sobre la muerte personal. Acomodamos nuestras actividades en un limitado tiempo que se nos asigna de vida: crecemos, soñamos, estudiamos, viajamos, comemos, vamos al cine, al museo, sufrimos, amamos, nos reproducimos, trabajamos, envejecemos y nos aproximamos a lo inevitable conforme pasan los años. Para Norbert Elías “La muerte es un problema de los vivos.  Los muertos no tienen problemas”, la consciencia de que la muerte puede “producirse en cualquier momento y adoptamos medidas especiales —como individuos y grupos— para protegerse del peligro de aniquilamiento. Esa ha sido desde hace milenios la función central de la convivencia social entre los hombres, y lo sigue siendo hoy en  día”. Aunque parezca terrible la muerte, no lo es, sólo es el sueño más profundo “y el mundo desaparece”. 

Cuando murió mi padre, sentí que el mundo se desmoronaba en miles de fragmentos, parecía que era imposible reconstruir la realidad tras ese enorme rompecabezas que ahora se vislumbraba la existencia diaria sin él.

Recuerdo que después del entierro tomé el autobús para retornar a casa y el camino se me hizo como una película puesta en cámara lenta e imposible de adelantar o rebobinar. El viaje fue tan extraño y onírico. Ignoró como llegué a casa donde mi madre ya estaba preocupada y esperándome. Mi familia ya jamás estaría completa, yo jamás estaría ya completa.  Lo mismo ocurrió tras la muerte de mi madre, cada palada de tierra sobre ataúd era un fragmento de una nueva realidad que no deseaba experimentar, ya nada tenía sentido, sin embargo, a pesar de lo arduo que fue el proceso de aceptación de la pérdida,  la vida siguió y aún sigue. 

En su libro Sobre el duelo, la autora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie desarrolla un hermoso ensayo sobre la muerte de su padre y las dificultades de asistir al funeral.  Para ella hay una imposibilidad de enunciar el dolor que deja la muerte de un ser querido: “Aprendes lo poco amable que puede ser el duelo, lo lleno de rabia que puede estar. Aprendes lo insustancial que puede resultar el pésame. Aprendes lo mucho que tiene que ver la pena con el lenguaje, con la incapacidad del lenguaje y con la necesidad del lenguaje”. En este pequeño libro hay un extenso hilo de amor que se teje con las palabras para bordar el cariño y la estrecha relación con su padre. La admiración que siente ante la labor docente de James Nwoye Adichie  influye en la niñez y la juventud de Ngozi Adichie. Enfrentar a la muerte de su padre ocurrida el 10 de junio 2020 la lleva  a escribir porque como ella misma menciona “La pena no es diáfana; es sólida, opresiva, una cosa opaca. Pesa más por las mañanas, después de dormir: un corazón plomizo, una realidad terca que se niega a moverse.” Coincido con ella en este punto, al cargar un dolor opresivo que no es posible negar y no se puede remover, debe de hablarse de él. Norbert Elías considera que  “Quizás se debería hablar más abierta y claramente sobre la muerte, aunque no sea más que dejando de presentarla  como un misterio. La muerte no encierra misterio alguno. […] Lo que sobrevive de él es lo que ha conseguido dar de sí a los demás.” 

En una sociedad en que se rinde culto al éxito, la belleza, la juventud y lo perfecto, es imposible que haya espacio para el fracaso, lo horrible, la enfermedad y la muerte. Debemos acabar con los tabúes que giran alrededor de estos temas. Hay una tendencia actual de evitar hablar del dolor y la muerte, vivimos en el ego, en el ideal de ser eternos, las redes sociales contribuyen mucho a esto. La era del narcisismo, inaugurada hace una décadas, toma relevancia hoy ante la innumerable cantidad de filtros y aplicaciones que mejoran las fotografías y disfrazan la vida real. La paradoja actual es que a pesar de estar más conectados hay más padecimientos, soledad crónica, suicidio entre la población. Como tema de tabú, Nobert Elias nos señala, que la muerte ha tenido más restricciones que la sexualidad.  En los últimos siglos el tema sexual se ha incorporado a la vida del hombre y ha permitido tener una concepción distinta del sexo, en cambio la muerte aún se sigue ocultando y se reprime. Otro elemento a considerar es la normal creación de muros de silencio frente a la muerte, por ejemplo  a los niños no se les habla sobre la defunción de los abuelos o hasta de los padres, limitando a las generaciones futuras la confrontación de la vivencia personal respecto al término de la vida. En el fondo subyace el temor de lo finito e irrepetible que hay en cada ser humano, la conmoción ante la muerte es natural y es por ello que al enfermo y al moribundo  se le aísla. Norbert Elías considera que “El ethos de homo clausus, del hombre que se siente solo, tocará pronto a su fin cuando deje de reprimirse la muerte,  cuando se incluya este hecho en la imagen de hombre como una parte integrante de la vida”.

La escritora nigerana

Por estos elementos, Sobre el duelo es un ejercicio de Chimamanda Ngozi Adichie no sólo de escritura y aflicción personal sino de manifestación contra un mundo alterado. Es el dolor mismo expresado ante la pérdida de un ser cercano. 

La pena me obliga a mudar de piel, me arranca escamas de los ojos. Lamento certezas pasadas: «Deberías pasar el duelo, hablarlo encararlo, superarlo». Las certezas petulantes de una persona que todavía no ha conocido una pena profunda. He llorado pérdidas en el pasado, pero solo ahora he tocado el corazón de la pena. Solo ahora aprendo, mientras palpo sus bordes porosos que no hay forma de atravesarla.  Estoy en el centro de este torbellino y me convertido en una constructora de cajas dentro de cuyas paredes férreas encierro mis pensamientos.  Retuerzo con firmeza mi mente hasta reducirla a su mera superficie. No puedo pensar demasiado, no me atrevo pensar en profundidad, de lo contrario me derrotaría no sólo dolor, sin un nihilismo asfixiante, un no dejar de pensar que nada tiene sentido, para qué, nada tiene sentido. 

Chimamanda Ngozi Adichie

 

Y no hay nada más sin sentido que los últimos meses que hemos enfrentado en el encierro con una enfermedad que ha puesto al desnudo los  problemas más relevantes de la humanidad. La desigualdad económica se ha manifestado despiadada en la pandemia dejando graves secuelas en la población más vulnerable. El Covid-19 nos obligó a afrontar la enfermedad y la muerte en soledad como un grave problema. Por eso La soledad de los moribundos y Sobre el duelo son libros que deben de leerse en estos tiempos críticos. Además ayudan en un proceso de duelo,  a pesar de su apariencia pequeña nos llevan a hacer una reflexión profunda. 

Para la autora de El Peligro de la Historia Única,  las notas familiares que su padre hacía con su firma, los libros de sudokus, el reloj de plata y las lecturas que hacía de sus escritos son formas de mantener el recuerdo vivo de la existencia de alguien que ya no está más a su lado. Pienso en los libros de Filosofía y de Historia  mi papá, en sus antiguas cámaras fotográficas, en su gorra azul de ferrocarrilero, en la fotografía familiar que tenía en su billetera y me invade una persistente pena similar a la de Ngozi Adichie, releo lento  “Estoy escribiendo sobre mi padre en pasado, y no puedo creer que esté escribiendo sobre mi padre en pasado”.  Tal vez la muerte no sea nada, sólo un sueño temporal que se complementa con la frase de  Cicerón «La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos”.  Sigamos dando vida a nuestros muertos. 

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