Rius y mi generación (y un poco más)


Por Miguel Ángel Gallo T.

Los Supermachos y Los Agachados fueron un parteaguas en mi forma de apreciar la caricatura y sobre todo el papel formativo de la historieta. Pero más allá, comencé a dar clases de historia en el plantel Oriente del Colegio de Ciencias y Humanidades allá en los años setenta y tuve la fortuna de hacer amistad con quienes se volverían unos grandes maestros (entonces medio verdes, igual que yo): Francisco González Gómez, Arturo Delgado González, Sergio Cuéllar Salinas, Antonio Martínez Torres, Ismael Colmenares Maguregui y “Cuauhtémoc” (Alfredo Hernández Pacheco) por mencionar a los más cercanos en inquietudes políticas y didácticas. Juntos comenzamos a apoyarnos en nuestras clases con… ¡adivinaste! Los libros de Rius, principalmente La trukulenta historia del kapitalismo, Cuba para principiantes y Marx para principiantes. No fuimos los únicos profes que echaron mano de estos materiales para sus clases, pues los enormes tirajes de algunas de sus obras así parecen confirmarlo.

Pasaron los años y varios de nuestros alumnos se convirtieron en maestros, unos de los cuales siguieron utilizando libros e historietas de Rius. Y hasta caricaturistas hubo que salieron de por ahí, por influencias tanto de sus maestros de historia como del caricaturista que estamos estudiando. Arturo Kemchs, egresado del Plantel Oriente, y a la postre muy amigo de Rius, es el ejemplo más destacado.

Impacto en un profe de Historia (o sea, en mí)

Allá a mediados de los años sesenta conocí una parte de la obra de Rius, la del cartonista político.

Te cuento, amigo lector: por aquel entonces yo vivía en la colonia Lindavista, y mi tío Roberto Tirado era también mi vecino; de formación autodidacta, priista de los tiempos en los que cabía aún cierto nacionalismo e incluso ciertas ideas y prácticas “de izquierda” más bien moderada, mi tío era un hombre con inquietudes ideológicas que pudo transmitirme cuando yo empezaba mi carrera en la facultad de Ciencias Políticas. Tenía un gran librero y me decía que leyera lo que quisiera, que prácticamente era mío. Por supuesto lo hice (lo de leer, no lo de agandallarme con los libros, pues tenía además un querido primo, Roberto, alias el Betancio, que los necesitaría después).

Pues bien, el tío Roberto era asiduo lector de la revista Siempre!, que, si no mal recuerdo, salía los jueves. Y “Don Róbero” me llamaba para decirme que ya había salido la revista y que viera primero la sección de caricaturas, nada menos que de Vadillo y Rius; ahí conocí a ese gran par de caricaturistas políticos enormes, verdaderamente formadores de conciencias. Por supuesto, podría yo afirmar que me gustaba el dibujo de Vadillo, pero Rius era incomparable por su ironía, por su humor y sus dibujos aparentemente sencillos pero acertados, siempre atinados.

Foto: Cuarto Oscuro

Si bien el Rius caricaturista con sus cartones publicados en Siempre! y Política influyó fuertemente en mí, el Rius “narrador gráfico” también lo hizo y con mayor fuerza. Recuerdo sus caricaturas de una o dos planas, pero con viñetas en las que, un poco al modo de Abel Quezada, abordaba temas siempre con su humor sarcástico, a veces demoledor.

En 1965, durante el movimiento médico que, para variar terminó en represión, Rius publicó dos planas excelentes, tituladas “Esos médicos”; otras planas que recuerdo son aquellas en las que critica la elección de México como sede de las olimpiadas de 1968. Al final, López Mateos, dizque organizador de los juegos, pregunta: ¿Los presos políticos, alguno de ellos es nadador? (o clavadista, o corredor, no recuerdo y no encontré la caricatura), pero el sentido, la intención del autor son los mismos.

Y de ahí me seguí de largo cuando publicó sus enormes libros de divulgación, dignos de un lugar en la historia de la historieta mundial: Cuba para principiantes, Marx para principiantes y muchos etcéteras. ¡Ojo! Aquí pasamos del cartón político al cómic, y en ambos Rius fue muy destacado y valiente.

En la relación complementaria y a veces contradictoria que se da entre dibujo y texto, Rius, seguramente se percató en un momento de su carrera que el abordaje de algunos temas precisaba más del texto que del dibujo; así se fue abriendo paso el narrador gráfico excelente, listo para la elaboración de cómics.

Y aquí entra el Rius-comiquero, autor de Cuba para principiantes y Marx para principiantes, 2 libros que de alguna forma se complementan con La trukulenta historia del kapitalismo. Estoy hablando, sobre todo, de historia, digamos “universal”, y aunque sé que tuvieron mucho éxito otros títulos como Cristo de carne y hueso y La panza es primero, estos abordan temas diversos a aquello que más me interesaba.

Rius echa mano de un recurso que desconozco si se había usado antes, pues pega ilustraciones que no son de su autoría: José Guadalupe Posada, Gustavo Doré, Honorato Daumier, Alberto Durero y otros, forman parte de las páginas de estos libros, aunque la mayor parte de las ilustraciones complementarias son de autores poco conocidos o de plano desconocidos. Al contrario de lo que algunos críticos “puristas” podrían opinar, yo pienso que este recurso de utilizar lo que el autor llama “Archivo Rius”, le da riqueza expresiva a sus planas, pues le quita cierta monotonía.

Rius es didáctico, tremendamente didáctico, y ello a pesar de que dudo que se haya enfrascado en el estudio de “cómo enseñar”. Esto obedece, según yo, a una sencilla razón: a nuestro dibujante “se le daba” la facilidad de explicar temas que se consideran “serios”. Su humor (en textos y monos) era su gran recurso, la palanca con la que movía piedras (incluso “académicas) de varias toneladas.

El cómic como lenguaje es, necesariamente, sintético, ésta es una gran ventaja y al mismo tiempo un peligro, una verdadera trampa en la que puede caer algún inexperto y terminar haciendo mamotretos de 300 a más páginas (como me ha sucedido y me sucede a mí).

Pero la síntesis puede volver superficial el tratamiento de los temas; entonces, ¿cuál es la salida más adecuada? No hay recetas, pero existen dos recursos: el dibujo mismo como apoyo, como “ilustración” (literal), y el humor. Y Rius fue un maestro en los dos recursos.

Ahora bien, nadie es perfecto ni tiene la verdad absoluta, así que ¡aguas! Rius también se equivocaba, tocando a veces temas en forma muy esquemática y en donde era obvio que no contaba con los conocimientos necesarios. No me contradigo con lo escrito anteriormente; es que se nota cuando hay “huecos”, “lagunas” en el conocimiento. Y un autodidacta (Rius lo era), en ocasiones adolece de este problema. Quería abarcar todos los temas imaginables: historia universal, historia de México, biografías, filosofía, economía, nutrición, religión, herbolaria. Y eso no se puede hacer, no se pueden abordar todos los temas con la misma profundidad, a menos que seamos como Funes el memorioso, el personaje de Borges que memorizaba todo, pero en realidad no sabía que hacer con esos datos, es decir, finalmente no sabía nada. ¿Entraban aquí consideraciones (o presiones) editoriales? Probablemente, porque vendía mucho, pero no seamos rigoristas, podría ser, simplemente una inquietud universal por parte del autor.

Otro asunto que me pareció siempre una limitación: Rius hacía afirmaciones contundentes, de aquellas que huelen a maniqueísmo: blanco o negro, sin grises. Pero la realidad no es tan simple nunca.

En La revolucioncita mexicana, por ejemplo, da a entender que se trató de un movimiento social menor (su título lo dice claramente: “revolucioncita”). ¿Y por qué ningunear una revolución más de un millón de muertos y casi 10 años de convulsiones? Pues porque -según Rius- no se trató de una revolución socialista como la rusa. Cuando, al final del libro, compara a Madero con Lenin, tenemos esa conclusión evidente, pero aquí está forzando los argumentos, pues Madero no fue precisamente (o únicamente) la Revolución mexicana, así como tampoco lo fue Lenin. ¿Y los Flores Magón, Carranza, Villa y Zapata? ¿Y Trotsky, Bujarin y hasta Stalin? ¿Y, sobre todo, y los pueblos mexicano y ruso?

En un interesante texto, Carlos Monsiváis señala “ventajas y desventajas” de la obra de Rius: 

Sencillez de trato y claridad expositiva: he ahí algunos de los grandes aciertos (de las razones) de la amplia difusión internacional de Rius. De ahí derivan limitaciones fatigosas, manías y sectarismos (incomprensión belicosa del arte contemporáneo, resabios sexistas contra feministas y homosexuales, versiones del mundo socialista simplificadoras y tiernamente apologéticas). Nada de lo anterior disminuye su importancia. Sólo ocurre que a Rius se le exige más por lo mucho que nos ha dado.

Carlos Monsiváis

Y entonces resulta que Rius también influyó en mí precisamente por o con esos errores, con esas simplificaciones y de alguna manera me “obligó” a disentir, haciendo libros de cómics; en vez de La revolucioncita, hice Las dos revoluciones y en vez de Marx para principiantes, Marxismo en historietas (en tres tomos). Por fortuna tuve un editor que confió en mi trabajo y estos libros se utilizaron como apoyo a la enseñanza, sin que yo me atreva a afirmar que son mejores o superiores a los del maestro, tal vez sean solamente una modesta contribución que refrenda su obra inmensa.

Y ahora mis encuentros-desencuentros con el maestro, pues resulta que jamás tuve el gustazo de conocerlo personalmente. Mi hija Irma lo entrevistó en varias ocasiones para el Canal 22 y ella me ha regalado varios libros dedicados por él, que tienen para mí un gran valor. Hace muchos años, mi editor Salvador González Marín le publicó algunos libros para El Fondo de Cultura Popular y posteriormente Ediciones de Cultura Popular (Editorial del Partido Comunista Mexicano), pero no coincidimos en el tiempo el maestro y yo. Mi gran amigo, el profesor Arturo Delgado González compró una casa en Tepoztlán, a espaldas de la casa de Rius, a quien comenzaba a tratar, pero el ilustre monero tenía ya un cáncer muy avanzado. Arturo Kemchs, caricaturista egresado del CCH Oriente y amigo mío, contó con la amistad de Rius. Pues bien, como podemos ver con estos ejemplos, “me pasó cerquita”, pero no tuve el placer de tratarlo, lo cual lamento profundamente.

Pero tengo un consuelo: en su libro Vida de cuadritos, dedicado a la historia de los cómics, Rius citó mi libro Los comics, un enfoque sociológico, aunque me cambió el nombre, poniéndome Manuel Gallo (¿?), y en su último libro, titulado Los presidentes dan pena, por fin no me cambia de nombre y me pone M. Ángel Gallo. 

En fin, estuve tan cerca y tan lejos del maestro.

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