Narrar la violencia sexual desde la literatura; Belén López Peiró


Por Irma Gallo

Foto de portada: TV Pública. Argentina

Publicada por primera vez en 2018 en Argentina, bajo el sello Madreselva, Por qué volvías cada verano, la primera novela de Belén López Peiró (Buenos Aires, 1992), llegó a México a finales del año pasado gracias a la editorial independiente Palíndroma.

Con valentía, dignidad y coraje, Belén narra el abuso sexual que perpetró en su contra un tío político, policía de Santa Lucía, cuando ella tenía 13 y que duró hasta sus 17 años de edad. Con un tema de tal gravedad y que consecuentemente provoca tanta indignación, el resultado podría haber sido un panfleto o un melodrama; sin embargo, López Peiró consigue una novela sólida, de muy buena factura.

Entre los recursos literarios de los que echa mano la joven escritora se encuentra una polifonía de voces narrativas entre las que la que la suya, la de quien vivió el abuso, se destaca por su honestidad y su crudeza. Esta voz narrativa se transforma en un vocativo que interpela al violador pero también reclama a su madre el descuido, la indiferencia, las omisiones:

Y vos seguías ahí, inmutable. Sin entender que lo único que necesitaba era que me veas y te quedes. Que no me sueltes la mano. Que me enseñes a respetar- me, que te hagas cargo. Que me busques al ver mi cama vacía. Que recibas mis llamados y descifres mi llanto. Que tomes el primer micro y me busques en el medio de la noche, justo cuando él empezaba. Que tejas mi pullover en invierno y cosas a mano mi traje de la murga. Que vayas a las reuniones de padres, a los actos del colegio. Pero también que le pegues un tiro y me lleves con vos. Sí, con vos. Que saques la vista del celular y me mires a los ojos. Que estés. Que no me entregues.

Belén López Peiró. Por qué volvías cada verano.

Otro recurso literario es el de la transcripción de las declaraciones testimoniales del expediente judicial con tal fidelidad —el lenguaje es, sin duda, muy parecido al que se utiliza en este tipo de pesquisas— que el lector no necesitaría del cambio de fuente de que se vale la editorial para creer en la convención que plantea la autora. Escribo transcripción y con tal fidelidad con toda consciencia de que puedo estar pecando de ingenua, pero la verdad es que no importa tanto si se trata de copias fieles de las declaraciones o si Belén López Peiró se permitió ficcionalizarlas en pos de la historia; lo que sí importa es cómo sirven a ésta, cómo contribuyen a su verosimilitud sin estorbar en su fluidez.

La violencia que sufre la protagonista —quien, por cierto, se rehúsa a identificarse con el epítome de víctima— no termina con los abusos de su tío: su prima Florencia, hija del violador, la llama mentirosa y la ofende de todas las maneras posibles, pero no es la única: una y otra vez tendrá que escuchar, en voz de distintas personas —algunas mujeres, hay que decirlo— que para qué tanto alboroto si el tipo no se «la cogió», como si el hecho de que no hubiera penetración fuera menos grave que la inserción de los dedos del hombre en su vagina.

Yo seguía con los ojos cerrados sintiendo cómo sus dedos gruesos y peludos me revolvían la concha.

Y a pesar de todo el dolor y la humillación, la protagonista no está dispuesta a concederle un ápice de poder al violentador por medio del lenguaje:

Hasta cuando les ponen nombre te cogen. Llamarlos a ellos abusadores es hacerles un favor. Es reducir su locura, su perversión, a una minúscula muestra de negligencia. Es ponerles una etiqueta presentable a psicópatas que no solo se cogen a pibas por la fuerza o las desvirgan con sus dedos hasta sangrar, sino que también las golpean y les dan masa hasta volverlas polvo.

En la edición más reciente (2021) de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la escritora contó a la periodista Mónica Maristain que Por qué volvías cada verano surgió de un taller de escritura en el que la consigna, en su caso, fue contar esta historia. Afortunadamente, el ejercicio no se quedó solo en un exorcizar los demonios mediante la catarsis, sino que se convirtió en una muy buena novela, cuyo valor literario se sostiene más allá del testimonial, que por supuesto no es poco .

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