Crossroads: cuando los caminos se cierran


Por Concha Moreno

Foto de portada: Jonathan Franzen en la FIL de Guadalajara en 2012. Foto: © FIL de Guadalajara/Pedro Andrés

Repantingada en mi cómodo sillón, me puse a leer la nueva novela de Jonathan Franzen, Crossroads. Esta imagen da la idea de que me la leí de una sentada: falso. Empecé en diciembre y apenas ahora cierro la última página y guardo silencio. Qué cosa.

Se acordarán de que me propuse leer un libro al mes y que los iría reseñando en orden. Es decir, ya rompí mi promesa. Reseñé primero El chivo expiatorio de Hitler, de Stephen Koch, porque ese lo leí con la boca abierta y los ojos llenos. Pero la idea era empezar el año con Crossroads. Error. Hay libros que no hay que apresurar y este es uno de ellos.

Miren, yo soy público vendido con Franzen. Desde que leí The Corrections, su tercera novela y con la que se volvió el escritor referente de Estados Unidos, me enamoré de su prosa, sus personajes tan verosímiles y sobre todo su sensibilidad para encontrar la dirección correcta del aire de los tiempos en su país y ponerla en papel sin que su narrativa sufra y sea menos entretenida. Por eso, mis reseñas sobre Franzen deben tomarse con un puñado de sal, quizá sea yo demasiado exagerada, cuasi matraquera de un libro que es engañosamente fácil de leer, pero que debe disfrutarse con paciencia porque comienza poco a poco, hay que dejar que la trama se vaya complicando página tras página. Hacia el final se puede acelerar porque uno solo desea saber qué sigue, qué sigue. Se sueña con esta novela.

Ahora, pues, ¿por qué me tardé tanto en terminarla? Puede ser que la novela no sea tan buena como las otras que le he leído a Franzen. Hum, puede ser. Pero la he disfrutado por completo, como esos viajes que mejoran en la memoria, aunque en el momento hayan sido pesados.

Les decía entonces que, en mi sillón favorito, me puse a leer Crossroads. Salí de mi cueva solo para comer e ir al baño. Y cuando salí del trance, me fui a dormir. Tuve pesadillas. Mi propia vida de clase media vino a morderme el trasero. Me vi reflejada en esas páginas.

La historia no tiene nada de simple: una familia en los Estados Unidos de los años 70 que se encuentra en una bifurcación la que los caminos parecen cerrarse.

Una épica de ser blanco en los 70 no parece especialmente atractiva, digo, ser blanco es ser por definición, una especie de niño consentido chillón. Uno se puede imaginar que en Crossroads haya muchas quejas de lo terrible que es vivir en un suburbio de Chicago y cómo se sufre con problemas inventados por la mente enfermiza de los propios personajes. Pero no, sería un error llegar a la novela con ese prejuicio. No, vayan a ella con curiosidad, verán que no decepciona.

La familia Hildrebrandt está desmoronándose. Russ, el padre, es un ministro de una comunidad cristiana en el suburbio de New Prospect. El matrimonio de Russ con Marion está en un punto muerto; mientras a Russ se le van los ojos detrás de las mujeres de su iglesia, Marion está tratando de ponerse a mano con su pasado complejo y que guarda en secreto de su familia.

Los Hildebrandt tienen cuatro hijos, cada uno con sus propios asuntos laberínticos. Clem acaba de abandonar la universidad y quiere que lo manden a Vietnam. Becky está enamorada por primera vez, pero también, en un viaje de mariguana, ha encontrado a Jesús. Perry (mi personaje favorito, por cierto, ya voy a eso) es vendedor de drogas en su secundaria, pero la inspiración de Judson, su hermano menor, lo lleva a desear ser mejor persona y dejar sus malos hábitos. Judson es un niño de nueve años engañosamente feliz y normal.

Cada uno de los personajes tiene razones complejas para decidir sus acciones. Les digo que en ser blanco y clasemediero hay varios cruces más problemáticos que los que se puede imaginar.

Entre los personajes adyacentes nos encontramos a Rick Ambrose, el consejero del grupo juvenil de la comunidad cristiana llamado, precisamente, Crossroads, las encrucijadas del título. Ambrose y Russ se odian por razones que es mejor no desvelar en esta reseña. Les diré que hay mucho de ego y machismo en la relación de ambos ministros.

Al parecer en los años 70 había una relación muy estrecha entre el cristianismo y los jipis. Los adolescentes que se reúnen en Crossroads hacen ejercicios de amor universal, desnudez emocional y creen profundamente en la inmoralidad de la guerra de Vietnam. Es casi una comuna donde Jesús en persona es el líder espiritual, el propio Ambrose tiene mucho de crístico, por cierto.

Foto © FIL de Guadalajara/Pedro Andrés

Ah, y Perry. A sus 15 años es, tal vez, un genio. Fuma mariguana como si la hierba fuera a desaparecer mañana. Pero al centro de sus problemas está su sensibilidad elevada y esta conlleva una profunda conciencia del mundo que le rodea, ve la hipocresía y no quiere ser partícipe de ella. Marion, la madre, tiene debilidad por Perry: ve a su propia adolescencia repetida en la de Perry.

Si The Corrections, Freedom y Purity, la tres novelas anteriores de Franzen, van de los momentos claves de el siglo XXI estadounidense, Crossroads es una mirada completa de la infancia del autor, sin ponerse a sí mismo en escena. Pero apuesto doble contra sencillo que Franzen se ve a sí mismo en los personajes adolescentes de la novela.

Crossroads es una novela ambiciosa, de gran formato. Si fuera una obra plástica, sería un fresco, un mural de esos que ocupan el techo de un enorme templo, sea este un lugar de oración o una biblioteca (que en realidad son casi lo mismo, ¿no?). Leo en la reseña de Kirkus Review que la idea Franzen es hacer una trilogía de la cual Crossroads sería la nueva entrega. Ya me vi a mí misma salivando por los que viene. Señor Franzen, es usted uno de los mejores escritores vivos.

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