La podredumbre y la belleza


Por Irma Gallo

La relación de nuestros cuerpos con los microorganismos que habitan en o alrededor de este nos aterra. ¿Serán millones los ácaros que se alimentan de nuestro cabello, vivirán decenas o cientos de especies entre la piel de los dedos y la placa cartilaginosa de las uñas? Casi nunca me pregunto esto, pero después de leer Nuestra piel muerta, de Natalia García Freire, lo estoy haciendo.

Y no. La novela no trata de esto, pero sí de la relación que Lucas, un hombre joven, construye con los insectos, seguramente porque son mucho mejores “bichos” que los seres humanos, para empezar Felisberto y Eloy, aquellos dos que lo despojaron de su casa, que convencieron a su padre que su mamá estaba loca y había que encerrarla en un cuarto en el que no le daba ni la luz.

Una araña, la Señorita Nancy, se convierte en la cómplice del protagonista. Aunque lo pique en el pecho, es mucho más noble que su propio padre.

Despojado de todo, el chico encontrará en la naturaleza su refugio, el lugar en donde estar seguro, desde donde planear su venganza en contra de los intrusos, un par de hombres extraños que un buen día convencieron a su padre que serían de gran utilidad en la casa, para poco a poco ir despojándolo de todo.

Natalia García Freire

Su padre, esa herida. Si la madre es el jardín, el espacio de vida y belleza que se comieron las vacas y provocaron que ella le diera un tiro a una, su padre es la brutalidad, lo oscuro, la sinrazón y la muerte. Igual que los intrusos. Y entre esas dos realidades, las nodrizas, esas mujeres que lo criaron desde bebé y ahora lo abandonan a su suerte, como si nada.

El lenguaje de un ambiente rural en el que no existe el tiempo está muy bien trabajando por Natalia García Freire, nacida en Ecuador y formada en la Escuela de Escritores de Madrid. La edición mexicana, a cargo de Paraíso Perdido, es de una belleza exuberante pero que a la vez tiene algo de sombría, que va de acuerdo con el tono de la novela.

Nuestra piel muerta, de Natalia García Freire, es una lectura que me reconcilia con la literatura contemporánea, esa que a menudo, y muy a mi pesar, me deja indiferente.

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