La literatura es el reino de la libertad: Gabriela Cabezón Cámara


Por Irma Gallo

Foto de portada: Martín Rosenzveig, Infobae

Gabriela Cabezón Cámara fuma cigarros que ella misma lía; carga un paquetito de tabaco y papel. Quizá sea por fumar ese tabaco rubio, sin filtro, que tiene una voz gruesa pero un gesto y unas maneras dulces —que hacen el perfecto contrapunto a su aspecto rebelde: cabello cortado casi a rape a los lados pero largo y alborotado del centro, pantalones amplios, playera—. Es más dulce todavía cuando habla de sus perros, la familia con la que transita de su casa de campo a la de la ciudad cuando va a trabajar y se tiene que quedar allá unos días.

El mismo día que llegó de Buenos Aires a Monterrey, después de un vuelo de por sí largo y una escala de 10 horas en Chile, comí con ella y con mi amiga, la escritora y periodista, Mónica Maristain —quien la invitó a la UANLeer para el ciclo América Negra, sobre mujeres escribiendo noir en el continente—. La conversación fluyó natural, sencilla. Hubo risas y hasta ciertas confidencias. No voy a decir que parecía como si nos conociéramos de mucho tiempo, porque leer a Gabriela no significa conocerla; el enigma que encierra su persona es aún mayor, pero sí diré que es una mujer que te hace sentir a gusto, sin necesidad de hacer esfuerzo alguno para encajar.

En la cena vamos a un restaurante que nos hace recordar que estamos en el estado que alberga al municipio más rico de América Latina: San Pedro Garza García. La Nacional, que así se llama el lugar, no está ahí; está en Monterrey, pero a la entrada hay un letrero que advierte:

Prohibida la entrada a escoltas y choferes

No sea que vayan a afear el lugar.

Eso sí: la comida es de lo más delicioso que ha probado en la vida —juro que no exagero—, y la compañía, muy a tono: los escritores Antonio Ramos Revillas y Orfa Alarcón, Mónica Maristain, Gabriela y yo. Comemos como si fuera a acabarse el mundo y platicamos, sobre todo de animales y de libros. Gabriela y yo pactamos una entrevista para la mañana siguiente; quedamos de vernos a las 11 am.

Cuando llego a la terraza del restaurante del hotel, donde Gabriela me ha dicho que me esperará, la encuentro concentradísima en su celular, tomando café en el rincón más soleado. Me siento; me explica que está viendo si pueden ir al hotel a hacerle la prueba de PCR —que le exigirán en Chile, porque tiene que hacer escala de regreso ahí—, y que ahora conversamos. Así que mientras me sirvo un desayuno nada apetitoso de la barra del buffet, y cuando regreso empezamos la entrevista. La escritura, lo que significa para ella y cómo comenzó a escribir es el primer tema:

Para mí escribir es sentirme viva. Y viste que no es tan sencillo como parece, sentirse viva después de unos años. Y es de lo que más viva me hace sentir; me hace sentir que mi vida tiene sentido porque me siento viva. Es un sentido orgánico, de pura vitalidad, de pura vibración de lo vivo. Y para mí la literatura es como el reino de la libertad.

Gabriela Cabezón Cámara

«Por eso no me gustan ninguno de los discursos que dicen «la literatura es tal cosa; no debe tener relación con la política, o debe tenerla; o debe ser en verso, o debe ser en prosa; o debe ser realista, o debe ser fantástica. Me parecen todas pelotudeces, Si algo tiene de lindo la literatura es que no sabemos dónde empieza, donde termina, que no sabemos cuál es su forma, porque es una forma abierta y en constante cambio, porque es una forma viva. Si bien es un recorte de lo más vivo de la lengua, que sin lugar a dudas es la oralidad, de alguna manera participa de esa vitalidad exuberante de los pueblos, y por eso está viva y es abierta».

Gabriela Cabezón Cámara en entrevista desde la UANLeer. Foto © Irma Gallo

«Siempre quise ser escritora; es un caso de falta de imaginación. Ahora se me ocurre que pude haber sido astrofísica o neurocirujana, o economista incluso, o bióloga, sobre todo. Pero cuando era niña, lo único que quería ser era escritora. Y no sé por qué; yo soy de una familia proletaria, en mi casa no había libros. Un proletariado igual, no miserable, como era el proletariado en los setenta en Argentina, que un obrero podía vivir bien con su familia. ¿Qué quería decir «vivir bien»? Que tenía casa, comida, podía irse una vez de vacaciones por año y también comprarle ropa a sus hijos una vez por año. Eso no es pobreza, ¿viste? también está muy lejos de ser riqueza pero no era pobreza. Soy de una familia proletaria de esa época, pero ahora no les alcanza para comer porque los salarios son miserables; los salarios son un crimen de lesa humanidad en mi país. Y no había libros, no había nada, y mis viejos tenían la aspiración de la movilidad social que tenía toda la clase trabajadora en Argentina hasta hace no tanto. Entonces, que me gustara leer les gustó, y empezaron a comprarme uno que otro librito. MI abuela tenía una biblioteca que a mí me parecía la Biblioteca de Alejandría, pero bueno, serían 40 a 50 libritos que había juntado durante toda su vida, de una editorial cuyo nombre no recuerdo, pero sí el nombre de la colección, que era «Colección Robin Hood», y que eran clásicos como de Julio Verne, Louisa May Alcott, Mark Twain… El de Colmillo blanco, ¿cómo se llamaba? No recuerdo, pero ese escritor, ese tipo de libros. Y fui leyendo eso y nunca se me ocurrió que quisiera ser otra cosa. A mí me pasaba, me parecía que, al principio, mientras leía, estaba como en una burbuja en la que nadie me molestaba ni me agredía ni nada, ni me violentaba de ninguna manera. Y además, era como comunicarse con gente re interesante y con un mundo re interesante. Cuando era una niña no me parecía interesante la vida cotidiana de mis padres ni de nadie».

Tampoco tenía muchas herramientas para distinguir ficción de realidad y me parecía que los autores vivían esas historias que contaban; entonces mirá, ¿qué iba a querer ser? autora…

«Después vi que la vida de escritor no es muy aventurera que digamos, y tenés que estar leyendo y escribiendo; tampoco es que tenés que estar subiendo al Himalaya, bajando…».

Le pregunto sobre el trabajo que hace con el lenguaje, y cómo no descuida tampoco la anécdota, la historia que quiere contar.

«Si me preguntaras para quién escribo, viste que me han hecho esa pregunta que es medio imposible, tengo la certeza de que escribo para… sé que escribo un poco para universitarios porque bueno, fui a la Universidad y viste que te marca, pero a lo que nunca, nunca quise renunciar es a escribir para mi propia familia, para mi clase de origen».

Amo la literatura y amo la lengua, y de lo que más feliz me hace es trabajar el lenguaje en un sentido plástico casi, de materia, de cosa viva ahí que está, y me hace muy feliz hacer eso; pero también necesito —es una necesidad— que una persona que no tiene formación universitaria, que no leyó antes Martín Fierro pueda leer Las aventuras de la China Iron y divertirse aunque no pesque muchos intertextos; no importa.

«El que los pesca que los disfrute, y el que no los pesca que los pueda leer igual y pasarla bien. Eso me pasa, que yo también escribo para mi familia, para mi gente, para mi clase de origen, que ya no necesariamente es la mía. Yo ya soy de clase media, pero mis intertextos, mis interlocuciones, muchas son con mi familia, con la clase de la que procedo y reivindico absolutamente. Entonces me importa mucho que ellos también puedan leerlo. No me interesa un arte elitista; eso no quiere decir que no lo disfruto, que no lo puedo leer. Sí, yo lo disfruto, lo puedo leer, puedo pararme y aplaudir, pero yo no quiero hacer eso».

Le pregunto, ya que estamos hablando de los intertextos, acerca de todos los que encontré en Le viste la cara a Dios; por nombrar algunos, con El matadero, de Esteban Echeverría, o con San Juan de la Cruz.

«Son parte de lo que yo soy a estas alturas del partido. Y lo que es parte tuya nunca está forzado; o sea son lecturas que yo tengo muy incorporadas, y en ese momento tenía más incorporadas que ahora. Yo diría que hay mucho intertexto con Primo Levi, por ejemplo; yo en ese momento había estudiado el fenómeno concentracionario, tanto el de la Alemania nazi como el de mi país, y me parecía que estaba íntimamente ligado con el fenómeno de la trata de personas porque si bien la trata de personas no es llevada a cabo directamente por los estados, sí fuerzas del poder ejecutivo sacan dinero de ahí; para empezar la policía, si no, no podría existir, para empezar. Pero la policía no roba sola porque si no van presos, si no comparten ganancias. Entonces, me parece que es un fenómeno concentracionario, y en un país como el mío, que ha tenido en ciertos aspectos un desempeño tan notable en política de derechos humanos y memoria —llevamos a juicio y metimos re presos por lo menos a la parte militar de la dictadura, porque hay una parte civil que salió muy airosa, y que es casi más culpable que los militares porque eran los jefes, ¿no?— pero entonces es un país en que los derechos humanos fueron muy importantes, las políticas de derechos humanos».

Pero a nadie se le mueve un pelo pensando que hay una pibita, a la vuelta de tu casa, en un burdel infecto siendo torturada todo el día, y eso me resulta muy fuerte. Es como algo que hay que construir.

Foto: © Irma Gallo

«Y además me impactó mucho el caso de Marita Verón», dice, y después de darle un trago a su café, aclara con firmeza: «De todas maneras, dicho todo esto, quiero hacer todas las salvedades: no es una representación de Marita Verón, no pretendo representar a nadie real; si yo quisiera representar a alguien real haría crónica, pediría testimonios, y no los sometería a un metro como el octosílabo o a firuletes como los que hay en ese libro. ¿Por qué? Porque si alguien te da el testimonio de una cuestión tan dura, lo que tenés que hacer es respetar el ritmo, las palabras, la respiración de la persona que te lo da. Una vez más, eso es a mi criterio, yo no pretendo darle fórmulas a nadie, pero si yo tomara el testimonio de una persona, de una mujer en este caso, y la sometiera a un montón de operaciones estéticas para que cierre con mi estética, por sobre lo que me dijo, por sobre su manera de hablar, por sobre su respiración, yo me sentiría muy mal».

Sigo a Gabriela en Instagram desde hace un par de años, así que la pasión con la que defiende las causas medioambientales no me podía pasar desapercibida; le pregunto qué tanto esta preocupación está presente en su literatura: «El tema del medio ambiente ya estaba en Las aventuras de la China Iron; todas esas descripciones de una naturaleza previa a que la pampa se convirtiera en una inmunda factoría de soja también son algo así; los gringos dirían un statement. Estoy contando que eso que te dijeron que era un desierto no era un desierto, estaba lleno de vida y nosotros estamos completamente tejidos, interrelacionados con esa vida».

Me parece que estamos viviendo un momento de crisis civilizatoria y que lo medio ambiental ya no se puede pensar como medio ambiental sino como socio ambiental, somos parte de la naturaleza, somos vida de la vida de la Tierra, no somos otra cosa; no somos unos extraterrestres que cayeron en la Tierra. Somos tan parte de la vida de la Tierra como los hongos, como los insectos, como el helio, como un sistema de árboles, como un bosque, como un tapincho y como un delfín; somos lo mismo: somos carne de la carne de la Tierra.

«Y esta mirada occidental de recortarnos de la Tierra nos llevó a desarrollar esta conducta megaparasitaria y de la clase de parásito idiota que destruye el medio que hace posible su vida, y por ende su vida. Y bueno, esto le deciden 10 personas, 100 personas, mil personas pero nos van a matar a todos, esos hijos de puta. Y a mí me parece muy importante salir de la visión de la modernidad cartesiana y aprender de las otras culturas que han querido asesinar desde hace 500 años y tienen la fuerza que uno no sabe de dónde sacan ni cómo hacen, de sobrevivir a un genocidio constante de cinco siglos. Estoy interesada ahora en aprender de estas otras culturas; abomino de la cultura occidental, sin embargo formo parte. La literatura es un invento occidental, boluda no soy, pero yo quiero aprender, estoy tratando de aprender de estas otras culturas que también llevo en mi sangre, como llevo a los blancos, también tengo indios en mi sangre y esa es la parte que más reivindico yo en mi herencia».

Gabriela parece estar feliz en esa mesa bajo el sol del mediodía regiomontano. Yo ya siento que se me achicharran los sesos; además, todavía quiero ir al Colegio Civil a despedirme de la UANLeer antes de irme al aeropuerto. Así que apresuro el final de la entrevista. Le pregunto qué le ha parecido Monterrey:

«Llevo acá 24 horas pero puedo decir que Monterrey me parece hermoso, que ver su cerro me deslumbra, y que quiero conocer mucho más del norte de México, que es algo que tengo pendiente y con muchas ganas, que leer Autobiografía del algodón, de la mega genia de Rivera Garza me quintuplicó las ganas, que Cormac McCarthy también me hizo tener muchas ganas de conocer el norte de México; espero volver y recorrer el norte de México con tiempo, paseando, quiero conocer todo”.

Me despido de esta mujer brillante, no sin antes pedirle que pose para una foto. Bailando una canción de los ochenta que suena de fondo, se coloca frente a mi teléfono, y justo cuando aprieto el botón blanco para tomar la foto se pone seria, seria. Quien la viera con esa cara de póker no se imaginaría lo simpática que es.

Pero le muestro las fotos y le gustan. Incluso me pide que se las mande.

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