Mis asuntos con el Oscar

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Por Concha Moreno

Esta es la cosa: desde 1994 no me he perdido una sola ceremonia de la entrega de los premios de la Academia, los Oscar (¿los oscares, los Oscar?). La razón principal era que cuando adolescente quería ser cineasta y me imaginaba despertar al día siguiente de la ceremonia en un hotel de Los Ángeles cruda y feliz con una estatuilla a mi vera. Pensaba que eso era el cine.

Rooney Mara y Bradley Cooper en Nightmare Alley, de Guillermo del Toro

Las otras razones fueron cambiando a medida que crecí, chisme, pasión por alguna de las nominadas, pero sobre todo trabajo. Durante más de una década cubrí el Oscar para diversos medios, sobre todo para el periódico El Economista, así que un domingo de marzo siempre significaba estar trabajando en la noche cuando, ay, yo soy de las que se acuestan apenas ocultándose el sol, pues soy una gallina.

Con esto quiero decir que hoy, al fin, me siento liberada. No tengo que ver a fuerza la entrega y no tengo que tener una opinión metida con calzador de las ganadoras. Sigo haciendo crítica de cine para Maremoto Maristain, pero hago lo que más me gusta, que es el deber fundamental de un crítico: ver muchas películas e ignorar los premios.

Este año es particular porque no he visto todas las nominadas a la categoría de mejor cinta (¡cinta, ja! Ya todas las películas son digitales y creo que lo más interesante de los premios es que ahora las películas de streaming les comen el mandado a las de los grandes estudios). Me gustaron, y mucho, Nightmare Alley, Belfast y la maravillosa interpretación de Steven Spielberg de West Side Story. Mi favorita de la camada fue Licorice Pizza, pero me dicen amigos críticos que los dados están cargados a favor de Coda, esa colección de clichés sentimentaloides con Eugenio Derbez. Será.

¿Qué puedo decir del Oscar como premio y como ceremonia? A mí suelen gustarme las ceremonias, pero creo que me voy quedando sola en ello. A la gente de mi generación le aburren y eso se nota en los decadentes índices de audiencia que caen año con año.

La ceremonia con algún comediante muy gringo con monólogos y chistes a la Saturday Night Live la disfruto, la mera verdad. Mi presentador favorito ha sido siempre Billy Crystal, pero espero que esta noche Amy Schumer y Wanda Sykes pateen traseros porque las amo a ambas.

¿Como premio? Bueno, calmémonos. Hollywood se premia a sí mismo, así que es raro que gane alguna película muy visionaria, estridente o al menos incómoda. El Oscar es un premio al cine de buen entretenimiento y yo estoy totalmente a favor de la diversión en el cine, pero cada año, con excepciones, se me olvida quién ganó el año anterior qué porque las películas las vi, las digerí y las deseché. La última ceremonia que me emocionó lo suficiente para recordar las premiadas fue la de 2008 con No Country for Old Men, de los Coen, y There Will Be Blood, de Paul Thomas Anderson, dándose codazos en la recta final. Y había otras cintas hermosas entre las nominadas, como Atonement, Ratatouille y Juno. Gran año.

¿Veré el Oscar este año? Eh, quizá, no sé, creo que prefiero ir al cine.

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