Irlanda, no sé por qué


Por Concha Moreno

Les había dicho, y no es que tenga mayor importancia, que iba a leer un libro determinado cada mes. Como no soy una mujer de palabra, no lo he hecho. Al menos no en el orden propuesto aquí en La Libreta a principios del año. Hay libros que se le pegan a una y una no puede sino leerlos porque los libros saben. O eso digo para parecer relevante, en fin.

Resulta que agarré Diles que son cadáveres de Jordi Soler. Y ha resultado de una continuidad asombrosa: de pronto todo me habla de Irlanda.

Hay un fenómeno cognitivo llamado Desviación de Baader-Meinhof. El nombre viene de la banda Baader-Meinhof, el grupo de guerrilla urbana alemán. A todo mundo le ha pasado: resulta que una vez que se aprende un hecho nuevo, como por ejemplo la historia de Baader-Meinhof, el cerebro acomoda la percepción para que, sin que venga a cuento, de pronto uno encuentre información al respecto en todas partes. Piensen en la última vez que se dio ese tipo de coincidencias en su vida, como si el universo les agarrara de títere y les aventara información sobre un mismo tema, y sabrán de qué les hablo.

Me ha pasado con Irlanda últimamente, no sé exactamente por qué. Todo lo que leo me lleva a Irlanda. Empecé con Colm Tóibín con su ensayo sobre los papás de Wilde, Joyce y Yates, el libro más irlandés de la historia (esperen la reseña pronto, aunque ya se sabe que soy mala con las promesas). Como sorpresita, en uno de mis libreros me encontré un leve volumen sobre Chu Chulainn, el héroe mítico irlandés. Después amanecí queriendo leer a Vargas Llosa y he aquí que el libro con el que topo en Sanborns —porque los libros de Vargas Llosa, como los de Murakami, son literatura que debe compararse en Sanborns— es El sueño del celta, sobre Roger Casement, un dudoso héroe de la independencia irlandesa. Y he aquí que entra el libro de Jordi Soler del que dejé de hablar hace dos párrafos.

Y, sí. Les decía: me puse a leer Diles que son cadáveres de Soler y más Irlanda. Yo, inocente, me pensé que era un libro sobre la Francia de Antonin Artaud (eso me pasa por no leer las contraportadas) y miren, heme en Irlanda de nuevo.

La novela es tan ligera que es casi como no leer nada, no es queja. Es una lectura ideal para la vacación: divertida como un episodio de esas comedias británicas absurdas, como, no sé, Little Britain o cualquier cosa en la que haya salido Ricky Gervais. Soler sacó su capacidad para la risa en el mejor momento de su carrera.

Un diplomático mexicano, agregado cultural en la embajada irlandesa, se encuentra muy aburrido en Dublín. Vive en ese aburrimiento privilegiado muy asociado con el trabajo del servicio exterior nuestro, con falsas mesas de literatura mexicana con poetas de vaga procedencia latinoamericana y adefesios escultóricos legados porque en México algún compadre de otro compadre decidió que el compadre primero, artista, tenía que cobrar una lanita.

En eso está nuestro protagonista cuando se interesa por una anécdota de la vida de Antonin Artaud. Un día el poeta francés en su locura sintética decidió ir a Irlanda a regresar el auténtico bastón de san Patricio que, por razones que son muy divertidas de averiguar leyendo la novela, acabó en sus manos. El bastón de Artaud se encontraba en la Catedral de San Patricio de Dublín hasta que un funcionario eclesiástico («con poca visión turística, pero impecable juicio histórico») lo envió a una parroquia de la profunda campiña irlandesa.

El viaje por el bastón será emprendido, cual aventura tolkienesca, por un grupo disímbolo al que une el interés por Artaud y también una forma de la casualidad que es la causalidad buscada de manera consciente si eso es posible, y yo creo que sí lo es. Un poeta vetusto que conoció a Artaud en su juventud, un millonario francés con profundo parecido con un gorrión obsesionado con el poeta, nuestro diplomático y un chofer con sus propios secretos enclosetados han de buscar por carretera el camino a la parroquia en la profunda campiña irlandesa para buscar el auténtico bastón de san Patricio. La comedia está puesta.

Si algo he de criticar a la novela de Soler es que es demasiado corta. Cuando el lector está realmente medito en la (des)venturas de los personajes, el final se acelera y viene como una traición: caray, tan bien que nos la estábamos pasando. Pero es de verdad chistosa, no me arrepiento en modo alguno de recomendarla en fin de semana de Semana Santa. Váyanse a la playa con ella en ristra irlandesa. Si quieren llenarse de verde sampatriciano, también busquen cualquier cosa de Colm Tóibín, un escritor impecable, y ya entrados en ello, la biografía de Joyce de Richard Ellman que no tiene punto flaco. Los invito a mi periplo irlandés, anden, digan que sí.

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