Dowton Abbey: melcocha predecible y de la sabrosa

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Por Irma Gallo

Alguna vez lo he dicho, yo voy al cine con mis papás. Dos razones: mi papá invita las entradas (jeje) y las reacciones de ambos son un buen termómetro de la película. Si se trata de una narrativa grandiosa, con una fotografía espectacular y hay un perrito involucrado, seguro nos gusta a mi mamá y a mí. Si nos gusta a mí y a mi papá, seguramente es una cinta noir con personajes emocionalmente contenidos y con algún problema de adicción (mi mamá es alérgica a ese tipo de películas). Si la cinta no nos gusta a ninguno, seguro es mala.

¿Pero qué pasa cuando nos gusta a los tres? Quiere decir que la película es potente. Mi papá por regla de dedo se duerme cuando mi mamá y yo elegimos la película. Debo decirles que no se durmió durante Downton Abbey: una nueva era. Y es que este fin de semana fuimos a verla a instancias e insistencias del bloque femenino de la familia. Basada en la serie del mismo nombre que hace unos años fue euforia de señoras y jóvenes cursis (mi mamá y yo, por ejemplo), la película es de una fresés tremenda, melcocha sabrosa y muy británica.

Dowton Abbey narra las peripecias de los Crowley, una familia aristócrata de la Inglaterra de principios del siglo XX, un grupo de huevones que viven entre fiestas, rituales, casas de veraneo y cenas diarias con traje de gala. Creada y escrita por Julian Fellowes, el mismo descendiente de una familia noble, Dowton Abbey es una delicia: predecible, anticuada y adorable siempre.

La Primera Guerra Mundial llega a trastornar el mundo de la familia Crowley, personas de buen corazón pero cada vez más atorados en el pasado. La clase media crece y viene a quitarles privilegios. Los sirvientes, siempre tan dóciles y atentos en su anonimato, son tan liberales que se atreven a cuestionar el orden social impuesto por siglos de repetición. Los sentimientos contra la monarquía van llegando a cuentagotas a Yorkshire, donde viven nuestros protagonistas, pero llegan y los Crowley los resienten.

En la serie la servidumbre es tan importante como los Crowley, son ellos los que sirven de termómetro a tierra para entender los cambios sociales de la época. La señora Hughes, ama de llaves, es dedicada y eficiente, pero no siente que sea un honor servir a la familia, honor muy caro al corazón de Carson, el mayordomo. Carson detesta a Tom Branson, el chofer, porque es irlandés y tiene ideas raras sobre la independencia de su país. Thomas, asistente de Carson, es homosexual y se siente destinado a la soledad y la miseria emocional, así que desgasta su amargura siendo malo-malote con el resto de los sirvientes.

Pero las transformaciones sociales también llegan a los miembros de la familia Crowley. La hija menor, Sybil Crowley, se vuelve políticamente activa y, en contra de todo lo que aprendió como hija de un lord, se vuelve activista a favor del voto femenino. Edith, la fea hija de en medio, se vuelve periodista y frecuenta escritores y artistas (en una escena borrada, Virginia Woolf y Edith coinciden en una fiesta). Rose, sobrina, tiene un romance con un músico de jazz estadounidense (negro, por supuesto). Y Mary, la hija mayor, se enamora de un abogado de poca monta. No les revelaré más porque sería echarles a perder la serie. Háganme caso y véanla.

Otro cambio fundamental que Fellowes plasma con maestría: el empobrecimiento de la nobleza. Las poblaciones de la posguerra tendieron a volverse más urbanas y la aristocracia, que vivía de rentar sus tierras para que fueran labradas por campesinos, se iba quedando con pura llano vacío. Por primera vez algunos pares de los Crawley conocían la pobreza y necesidad. ¿Qué hacen ellos, como sobrevive la enorme casona, la Downton Abbey que da nombre al programa, en la que vive la familia? Ah, ese es el quid de la serie.

Dowton Abbey es protagonizadas por un elenco de grandes y en general desconocidos actores británicos. La gran estrella: la abuela, la condesa viuda de Grantham, interpretada por la majestuosa Maggie Smith. En una de las escenas más memorables, la condesa descubre qué es el fin de semana. «What’s a weekend?», pregunta alarmada. Para su escándalo se entera de que hay gente que ¡trabaja! en la semana y ¡descansa! un par de día que sabrá dios cómo distinguen. Maggie Smith es la pieza fundamental de la historia, personaje consentido de mi mamá y mío, así como de millones de fans de todo el mundo que siguieron con ansias la vida en la casona.

Pero yo les venía a decir que a mis papás y a mí nos gustó Dowton Abbey: una nueva era, la segunda película inspirada por la serie. No es que sea la gran cosa, es una cinta para fans, llena de halagos para la audiencia y regalitos aquí y allá para los seguidores más hambrientos. Hay un homenajes al mundo del cine y se muere un personaje amado. No voy a contar la trama, por supuesto, pero puedo decir a modo de reseña que se descubren esquinas desconocidas de la vida de los Crowley, algunos secretos se revelarán, subtramas evidentes quedan resueltas y a varios de los personajes centrales les hace justicia la revolución. Y fueron felices y comieron perdices.

Advertencia: si se quiere disfrutar por completo de la película, es necesario haber visto la serie. Ese es el defecto de Una nueva era, está hecha para un coto de raros que, cual lectores de Hola!, se sienten parte de una familia de nobles. A mí no me vengan con cosas , yo siempre he sido monarquista de clóset. Es un decir, a mí lo que me gustan son los vestidos moda del los locos veinte y el romance. Si son como yo, la disfrutarán ampliamente, y si son como mi papá, es posible que también les guste. Ya verán.

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