Los libros que me salvan


Por Irma Gallo

Cada día me cuesta más trabajo levantarme. ¿Para qué querría hacerlo si no tengo a dónde ir? Desde hace un mes, la rutina me la tengo que inventar yo. Desde hace un mes, cuando me pidieron la renuncia del trabajo en el que, apenas un día antes me habían dicho “estamos muy contentos con lo que estás haciendo”; del trabajo en el que llevaba apenas seis semanas.

Pero ya no vale la pena lamentarse. No me gustan las oficinas, es cierto. Después de casi dos años de trabajar desde casa, ¿quién no se resistía a regresar a un sitio en el que rara vez hay ventanas lo suficientemente amplias como para respirar, en el que tienes que compartir espacio con gente que no necesariamente te cae (o le caes) bien, en el que tienes que comer tu comida en un tupper (a veces fría porque Protección Civil prohíbe los microondas en las oficinas), en el que tienes que compartir baño con quién sabe cuántas personas más?

Lo malo es que la paga es indispensable para vivir.

Llevo un mes cobrando cositas aquí y allá. Les llamo así por lo poquito que pagan pero la verdad es que son las cosas que más me gusta hacer en la vida: entrevistar, escribir, grabar y editar vídeos, traducir.

Pero los gastos se acumulan, mis papás me ayudan, y ya no puedo con la vergüenza de seguirles pidiendo.

En este mundo individualista, capitalista, nos enseñaron que el dinero es la medida del éxito. Si no ganas lo suficiente para mantenerte, por lo menos en un nivel “aceptable”, básico, no eres nada. Casa día me cuesta más trabajo mirarme al espejo.

Y el regalito de este mes ha sido dos kilos de más. La báscula se burla de mí.

Muchas cosas buenas están sucediendo, no lo niego. Otras están por suceder. Pero mientras tanto, la angustia de la cuenta casi vacía y lo que hay que pagar muy pronto es real. Vaya, ni el SAT me devuelve lo que me toca.

Disciplina. Me cuesta mucho tenerla porque me siento ante la computadora y los pendientes me salen en unos cuantos minutos. Y el resto del tiempo procastino en Twitter, en Instagram, en Facebook. Abro mil veces la aplicación del banco para ver si ya “cayó” (que chistoso término, como si cayera del cielo) un pago que se ha retrasado desde hace más de un mes, o siquiera la pequeña devolución del SAT, pero nada. La cifra sigue igual: 121 pesos.

De pronto me da vergüenza estar escribiendo esto. Hay gente que está peor. Muchísimo peor. Por lo menos mi hija y yo tenemos un lugar en donde vivir (aunque la última renta la pagó mi papá); no hemos dejado de comer ni un solo día, ayer fuimos incluso al cine. ¿De qué demonios me quejo, entonces?

Sobre todo, doy gracias de que en este país de desapariciones y feminicidios estamos bien, estamos juntas, estamos vivas. Eso debería valer más que cualquier otra cosa, ¿no? Así vivimos, dando gracias por lo que debería ser una garantía mínima en cualquier lugar del mundo.

País feminicida. © Irma Gallo

Me duele haber votado a la izquierda toda la vida y hoy sentirme tan decepcionada. Pero es que si lo pienso bien, creo que la que nos gobierna hoy en México no es izquierda: anti mujeres, anti preocupación por el medio ambiente, anti cultura, anti ciencia, anti clase media. Esto no es, no puede ser la izquierda. Pero yo seguiré siendo de izquierda, por supuesto, esperando que algún día nos gobierne una verdadera izquierda. Lo malo es eso, siempre estar esperando. ¡Ay mi México!, tan cerca de Trump, tan lejos de Pepe Mújica.

Todos los días intento que no me gane la amargura. Por esto que acabo de escribir y por todo lo anterior. Pero por muy cursi que se oiga (a estas alturas, francamente me vale), en estos días aciagos me han salvado mis lecturas. Como me dijo ayer mismo por WhatsApp mi querida amiga (y colaboradora de La Libreta, tanto que ya parece mas bien La Libreta de Concha que La Libreta de Irma), @concepcinmoreno, Concha Moreno:

«Los libros siempre son buenos compañeros».

Elena Ferrante y su saga Dos amigas se convirtió, el mes que acaba de terminar, en un oasis en medio del desierto de ansiedad en el que he vivido. Mil quinientas (o mil seiscientas, no sé) páginas de una historia intensa y conmovedora que me sacó de mis miserias. El gran poder de la literatura. Gracias a Lila, Lenú, su amistad y sus escrituras (para salir de la miseria y para conectarse una con la otra), la historia de Italia y sobre todo de ser mujer en Italia durante la mitad del siglo XX y el inicio del XXI, me levanté cada día con un propósito intelectual. Sí, porque propósitos, a secas, hay muchos, pero de los otros, los que alimentan el espíritu cuando el cuerpo no encuentra el punto en el que debe saciarse después de comer lo suficiente, hay pocos que valgan la pena.

La saga de Ferrante ocupa un espacio privilegiado en mi librero

Luego me llegaron las dos Cenizas: Ceniza roja, de Socorro Venegas, y Ceniza en la boca, de Brenda Navarro. La belleza, tanto del texto de Socorro Venegas, como de las ilustraciones (a cargo de Gabriel Pacheco) del primero, un libro sobre la pérdida de un ser amado, sobre el duelo —que de alguna manera estaba viviendo yo también, porque la pérdida de un empleo, por muy poco que hayas permanecido en él, es un duelo—, sobre el salir poco o poco, día a día, después de un año, me volvió a conmover al punto que me sacó de esta depresión contra la que lucho todos los días, unos menos que otros, cierto.

La segunda Ceniza, Ceniza en la boca, de Brenda Navarro, es una ficción en la que un joven migrante mexicano en España se avienta desde un quinto piso hacia su muerte. Es una novela sobre el abandono de la madre, sobre el abandono del país en el que —una vez más lo compruebo— cada vez duele más vivir, pero en donde la migración se presenta como ese espejismo que tampoco es la solución: el racismo, la extrema soledad, la falta de empatía desde los otros, los que sí nacieron en el país de acogida y se sienten con derecho a tratar a los migrantes como poco más que mierda… y la única salida posible es el suicidio. No hay para dónde hacerse. Sin embargo, Brenda Navarro no deja el sentido del humor a un lado. Ese ácido, negro, que la caracteriza. Y las referencias a la música. En este caso se trata de Vampire Weekend, que es la banda que escucha Diego, el joven que vuela hacia su libertad.

Brenda también logró sacarme de mi depresión durante los dos días que me tardé en leer Ceniza en la boca y en preparar la entrevista que le hice.

Me salvó saberme «a salvo»; mi depresión no es como la de Diego; la mantengo a raya con mi dosis diaria de antidepresivos. Ni ahora ni nunca me he querido morir; no he tenido la tentación de volar, como él.

Todos los días pongo el despertador, aunque no tenga prisa por llegar a ningún lugar. He creado la rutina de posponerlo no sé cuántas veces —porque en estos días mi cama ejerce un poderoso influjo al que no quiero resistir—, pero una vez que, como dice Mafalda, consigo «juntar fuerzas para bajar al mundo» y lo apago, me levanto, tiendo la cama, me baño, y mientras me maquillo, desayuno algo que me haga feliz, que me dé cierta alegría; luego vengo a mi estudio y me pongo a sacar pendientes de mis chambas de free lance —que como dije, pagan poquito pero son las más agradables y emocionantes que podría tener—, y así, hasta la hora en que tengo que pensar qué vamos a comer mi hija y yo (y me vuelve a entrar la angustia del cochino dinero).

Pero hoy me levanté con la intención de escribir esto. Sigo en piyama porque, total, ¿quién me ve? Tengo mi café a un lado y por la ventana de mi estudio veo una fea barda de ladrillos. A mi orquídea blanca ya se le cayeron todas las flores; espero no haberle contagiado mi pesimismo.

Sin embargo mi rosa sigue en pie. No sé si me está presumiendo que ella sí puede o —que es lo más probable— sólo está ahí mientras pueda, porque es lo que le toca: una existencia hermosa, aunque frágil, efímera, pero digna de vivirse, como todas las que habitamos este mundo.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Irma no estás sóla, te acompaño y te comprendo porque paso por lo mismo desde que empezó la pandemia y estoy segura que con tu gran talento lograrás salir adelante. En lo que pueda ayudarte aquí estamos… a miles de kilómetros de distancia pero con el alma cerquita. Un abrazo, Selene

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