Stephen King da miedo


Por Concha Moreno

El escritor Jonathan Safran Foer, alumno de Joyce Carol Oates en Princeton, cuenta que la gran maestra le auguró buen futuro en la literatura no por su gran estilo, no por ser muy culto, ni siquiera por ser muy creativo. No, sino por su energía: para Oates la mayor virtud de un escritor es su capacidad de sentarse cada día y escribir. Disciplina, aguante, energía.

Si seguimos esa idea, Stephen King es uno de los autores mayores de nuestra época. Pero corrijo a Joyce Carol Oates, no solo escribir es una labor física y sudorosa, también es un acto de amor y un viaje al fondo de nuestra capacidad de engañarnos a nosotros mismos. La primera suspensión de la incredulidad, contrato fundamental de la ficción, debe ser la del propio autor.

Y en eso Stephen King es todo un maestro. De verdad que es una bestia. Stephen King da miedo por esa capacidad demoniaca de escribir una novela tras otra. Esa es una virtud que han tenido muchos escritores de sencillos best-sellers como Dan Brown o Tom Clancy, con la habilidad de repetirse una y otra vez y aun así vender millones de tomos gordos ideales para leer en la playa o en los aviones. Eso tiene su gracia, no lo niego.

Pero Stephen King es diferente a ellos. ¿Por qué? Porque no se repite nunca. Su espectro creativo es amplísimo, aunque lo haya ya caracterizado la mercadotecnia de las editoriales como el maestro del terror.

Creo que ya lo dije alguna vez acá en La Libreta, pero lo vuelvo a decir: la pedantería resta vida y mi propia pedantería me sustrajo años de conocer a don Stephen. Qué perdida de tiempo, pensaba yo, leer a un machacón «escritor comercial», cuando bien podría dedicar ese tiempo a cortarme las uñas del pie izquierdo.

Tonta. Ignoraba que conocer a Stephen King es amarlo.

La primera vez que lo leí fue cuando mi papá me pasó, impresionado, una novela que me dijo que debía perderme. Se trataba de 22/11/63, una fabulación stephenkingesta alrededor del asesinato de John F. Kennedy .

Qué viaje, una aventura desde la primera página. No la solté un momento en los cinco días en que la leí en un rapto cuasi religioso. Me uní a la iglesia de fans y no he mirado atrás desde entonces. Durante la pandemia (una situación que el propio King pareció vaticinar en una de sus novelas, The Stand) me entregué a la lectura de la serie de La torre oscura, que no he terminado porque encontrar algunos tomos: según me dijo un amigo librero, a pesar de que se reimprimen sin fin, igual se agotan. No sorprende saber que la fortuna de King asciende a 300 millones de dólares.

King puede escribir sin miedo historias de terror. También de suspenso, de infancia, de nostalgia, de fantasía. Tal parece que nada se escapa de su rango. Exagero: no le he leído una historia de amor convincente o una novela política que analice los grandes temas sociales, pero a quién le importa. A mí no.

Algo tiene Stephen King con los recuerdos infantiles. En It lo demuestra. Con The Body lo reafirma. En muchas de sus historias los niños y sus temores. Sabe, con tino, que nada es más inquietante que las espectros que nos rondaban en la infancia. Mezclemos eso con rock, una sapiencia enciclopédica de la cultura pop del siglo XX y una imaginación sin esquinas. Una bomba.

Ahora en Halloween sería un lugar común invitar a leer a King, pero háganme caso. No la pasarán mal, aunque no les auguro una noche de sueño reparador. Stephan King sí da miedo.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. ¿No te parece que La larga marcha y El fugitivo son dos novelas bastante políticas de King? A su manera, claro, poniendo la historia por delante, lejos del ensayo y cerquita de las personas. Pero novelas políticas al fin.

    Alguna vez el propio autor dijo que lo que nos aterroriza no está alejado de nuestro mundo, y que él creció con películas baratas de científicos locos… en una época que descubrió la bomba atómica. Nosotros, en cambio, estamos llenos de historias y películas como Elysium o Los juegos del hambre, en los que una clase dominante lo tiene todo y los excluidos son cada vez más pobres y desesperados. O dictaduras neofascistas como El cuento de la criada.

    Cada época con sus propios miedos, y Stehpen King también nos los cuenta.

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