Turistas de la guerra, héroes del momento en la Guerra Civil


Por Concha Moreno

Hay un algo muy morboso en los corresponsales de guerra, un querer ser parte de la acción bélica como si se fuera uno de los combatientes… sin serlo. Como si estar presente y contar lo ocurrido fuera una forma de empuñar un arma; como si ese gesto, tan infantil –niños jugando con pistolas– los convirtiera en héroes por interpósita persona.

Cuando comencé a leer Hotel Florida, de Amanda Vaill, me puse con veinte cuchillos a la defensiva. Nada más fácil que deslegitimizar a un grupo de gente que uno no conoce más que de oídas, pero sí siente un de entrada un rechazo por lo que hicieron. Turistas de la guerra, eso, por decirlo con sus letras fueron los escritores Ernest Hemingway y Martha Gellhorn en la Guerra Civil española (HBO hizo ya una película sobre esos dos, lo que resulta, cuando menos, injusto: la guerra como el patio de recreo de dos personajes ultraprivilegiados). Y con ellos un grupo de aventureros y buscavidas que, como en cada guerra, encuentran su dosis de adrenalina para regresar a su mundo cuando su editor los saca cuando la cosa se pone fea.

Gellhorn se paseaba por las calles de Valencia con un abrigo de zorro, siempre con su glamour de señoritinga de clase alta (aunque valiente, pues, eso no se le puede negar). Hemingway, como un macho-man insoportable que aprovechaba la guerra para demostrar, como siempre, que su pene era más grande que el de quien esté dispuesto a medírselo con él. Un par divertidísimo.

En Hotel Florida (Turner/Noema), Vaill nos hace partícipes de las aventuras de Hemingway y Gellhorn en el frente republicano. Pero no solo de ellos, también de dos parejas que vivieron la Guerra Civil en primera fila: los censores Arturo Barea e Ilsa Kúlcsar, y Robert Capa con Gerda Taro, legendarios fotógrafos de guerra. Los seis viven sus batallas a su manera, cuando los bombarderos fascistas les sobrevolaban la testa y hacían temblar las simientes de los hoteles en los que la prensa internacional se quedaba en los frentes de Madrid, Valencia y Barcelona.

De manera particular, el Hotel Florida, en donde las tres parejas coinciden con los actores, principales y secundarios, de aquel ensayo de la Segunda guerra mundial en las tierras españolas. Decenas de lenguas se hablaban en el Florida, en general la gente se entendía en francés, pero también en inglés, italiano, húngaro. Las lengua franca era el olor a cordita y del sudor de las barracas.

Podría parecerles, queridos lectores, que no disfruté la lectura de esta crónica que Amanda Vaill desmenuza con lentes de ver de lejos (finalmente es un libro escrito 70 años después de los sucesos; un verdadero tour de force de investigación histórica y periodismo narrado con mano de novelista). Aun cuando tuve la sensación a medida que pasaba páginas de una profunda antipatía por Hemingway en particular, no podía sino seguir leyendo con corazón acongojado sobre el destino de toda la gente que vivió aquel infierno no del modo vicario del turismo de lo tremendo, sino como soldados y víctimas. Hotel Florida es un libro inabandonable, lleno de giros narrativos, un retrato hasta cariñoso de los que sobre-vivieron aquella guerra perdida.

Si bien Hemingway y Gellhorn son los personajes cuasi-protagónicos del relato de Vaill, no son ni por los pelos sus personajes más seductores. Arturo Barea, un ejemplo del hombre común capaz de elevarse sobre sí mismo, sobre su terror, que se ve convertido en el censor del gobierno republicano: su papel era asegurarse que la información que los periodistas internacionales fuera controlado por lo que quedaba de la República. Los reporteros lo trataban con una camaradería extraña, llena de suspicacia, pero con cariño. Con él está una mujer políglota e izquierdista no muy convencida llamada Ilsa Kúlcsar cuyo nombre no sabe pronunciar, pero de la que enamorará como fulminado por un rifle.

Y en tercer lugar están mis favoritos: Robert Capa y Gerda Taro, dos fotógrafos jovencísimos cuyas fotos se convirtieron en el principal testimonio que la gente del mundo conoció de la guerra en España. Sus fotos aparecieron en medios como Life, Ce soir o el New York Times. Otro amor intensísimo entre ambos, solo rivalizado por su persecución de la nota y de la fama. Taro y Capo iban con los soldados a la primera línea de fuego, sus fotos son dramáticas porque están en medio de la tragedia. ¿Turistas ellos también? Pues miren: regresaban después de su temporada en el infierno a su estudio en París, pero su riesgo era muy superior al que vivían Hemingway y sus corifeos.

Hotel Florida es una investigación que fatiga los papeles, fotos y libros que sus personajes dejaron atrás como herencia. Es increíble como la autora logra poner en escena de manera precisa (o al menos eso parece) cómo fueron sucediendo los hechos, de este frente a aquel, de 1936 a 1939, de París a Nueva York, etcétera. Solo podemos imaginar el pizarrón llenos de post-its y líneas temporales que la autora seguramente tuvo en su oficina, su paso por bibliotecas y archivos, y además su gran imaginación para ordenar los hechos de manera que tenemos tres actos claros como si viéramos una película o una pieza teatral, una tragicomedia en la que los personajes bailan frente a nosotros con una música que Vaill hace que podamos escuchar a pesar de la distancia.

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