La mujer que se asumía neoyorquina hasta la médula nació en realidad en West End, New Jersey, el el 22 de agosto de 1893. Desde pequeña la soledad marcó su sino: su madre murió cuando Dorothy Rotschild tenía cinco años de edad. Después de una adolescencia que la segunda esposa de su padre volvió aún más sombría, envió unos poemas al editor de Vanity Fair, Frank Crowninshield, que le consiguió su primer trabajo en Vogue: consistía en redactar los pies de foto de la revista de modas. Sin embargo, la joven inquieta y rebelde no logró congeniar con la famosa editora Edna Woolman Chase y se “mudó” a Vanity Fair, en donde trabajó junto a escritores como  e. e. cummings y Aldous Huxley.

Durante su existencia, aderezada con varios amantes, matrimonios y hasta un aborto (en la época que sólo pronunciar la palabra era motivo de escándalo), Dorothy Parker, que adquirió el apellido de su primer esposo,  Edwin Pond Parker, publicó más de 300 artículos y relatos para publicaciones como Vogue, Vanity Fair o The New Yorker.

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Dorothy Parker. Foto: wikipedia

En 1918 se convirtió en la única crítica teatral femenina de Nueva York. Con sus críticas despiadadas se ganó el mote de “La diabólica Mrs. Parker”.

Sobre Dorothy Parker, escribió Virginia Cosin en Ñ:

” A veces ácida, otras amarga, siempre afilada, su lengua se nutría de las propias llagas y de un poder de observación depravada que ondulaba hasta llegar a zonas prohibidas desde donde rescataba aquello que nadie quería mostrar. El castigo por semejante impertinencia fue el dolor, la autodestrucción –intentó suicidarse varias veces, fue una alcohólica empedernida–, el rechazo de hombres y mujeres a los que amó, la soledad: cuando murió, nadie reclamó sus cenizas, hasta muchos años después”.

En 2014 se publicaron Los poemas perdidos de Dorothy Parker que recopiló Stuart Y. Silverstein.

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Me gusta tomarme un martini. 
Dos como mucho. 
Después del tercero estoy debajo de la mesa. 
Después del cuarto estoy debajo del anfitrión.

Es un departamento pequeño; 
apenas tengo lugar donde 
dejar mi sombrero 
y un puñado de amantes.

En la juventud, me esmeraba
Por agradar a mis amantes
Y cambiar -conforme cambiaba
De hombres -de gusto y semblante.

Pero ahora que sé lo que sé
Y que hago lo que me agrada,
Si no te gusto como soy, 
Te me vas, mi amor, a la chingada.


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