A las 4 de la tarde


Por Irma Gallo

Lo veía todos los días. Se sentaba en la misma banca del parque. Delgado como un Quijote. Con los ojos oscuros y unas ojeras que resaltaban en la piel transparente. Cabello rubio cenizo, rizado hasta los hombros, cejas que parecían encerrar un secreto. Sólo, siempre solo.

Siempre a la misma hora: las cuatro de la tarde, ese momento extraño en el que el sol martillea en las cabezas, cuando los estómagos todavía están llenos y al cuerpo le invade una nostalgia extraña, cuando las oficinas de los alrededores se comienzan a poblar de nuevo, con un enjambre de empleados que regresan de comer: ellas, tacones altos, cartera y celular en la mano; ellos, la corbata un poco floja, tal vez un cigarro a medio terminar, la conversación que pretende ser divertida.

Pero él hacía nada. No leía. No fumaba. No comía. No reía. No veía a la gente pasar. Sólo dejaba que el viento lo despeinara un poco. Que se resbalara por esa parte suave y con una depresión ligera encima de sus labios. Que jugara un poco detrás de sus orejas. Cerraba los ojos un momento. Luego se levantaba y se iba. No regresaba a una oficina. No se metía a un carro. Simplemente caminaba.

No me atreví a seguirlo. Nunca supe hasta donde iba. Sólo lo veía convertirse en un puntito en el horizonte hasta que desaparecía por completo. Y entonces me quedaba esa sensación de que nada había sido real.

Pero al día siguiente ahí estaba otra vez.

Y yo corría; me sentaba en la banca que estaba justo enfrente de la suya. Me ponía los vestidos más cortos y escotados que tenía. Al borde del escote la esquina del brassiere que resaltara más: si el vestido era verde agua, el bra tenía que ser color mamey. Y cruzaba las piernas de modo que se pudiera ver, si te fijabas donde debías, el borde de mis panties.

Pero él nunca me veía. Cuando no tenía los ojos cerrados parecía que su mirada se perdía en un lugar que sólo él conocía. En donde no había espacio para nadie. Para nada.

Un día no regresó más. Lo esperé más de una hora. Regresé al día siguiente, y al otro, y al otro, pero nunca más el viento lo despeinó, no resbaló por encima de sus labios, no jugó con la curva de sus orejas.

Ya no me queda el viento. Ya no bajo al parque. Miro todo desde la ventana.

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