Por Irma Gallo

En una entrevista que concedió a la Revista Ñ del diario argentino Clarín en 2011, a propósito de la publicación en castellano de su novela La viuda embarazada (Anagrama, 2011), Martin Amis confesó al reportero Diego Salazar:

“Envejecer es una experiencia bastante aterradora. Yo estoy aterrado. La idea de que este es el último fragmento, el último capítulo… creo que todos aquellos que sobrepasan los 60 sienten algo, tienen dentro algo que antes, con toda certeza, no estaba ahí. Quizá porque lo que viene es inevitable”.

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Martin Amis. Foto: Irma Gallo

En su novela También esto pasará (Anagrama, 2015), la española Milena Busquets -mucho más joven que Amis, nacida en 1972- escribe:

“Lo que más echo de menos de la juventud es la forma de dormir a pierna suelta”.

Y más adelante:

“Cuando el mundo empieza a despoblarse de la gente que nos quiere nos convertimos poco a poco, al ritmo de las muertes, en desconocidos”.

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Milena Busquets. Foto: Irma Gallo

Quien hoy esto escribe cumplió 45 años en noviembre. Nunca antes me había sentido vieja -y perdón, pero emplearé la primera persona porque sólo así podré ser tan honesta como me lo permita el ego- hasta que pasé, hace un par de días, por un episodio desagradable relacionado con mi salud. No entraré en detalles porque no considero que aporte a esta historia otra cosa que no sea ese efecto colateral. Repito: sentirme vieja.

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En algún lugar de Ensenada, BC. Foto: Irma Gallo

¿Qué es sentirse vieja? Vaya otra cita literaria -pues son los libros el eje de este sitio web y, de muchas maneras, de mi vida- para tratar de aproximarme a una definición:

“Pagué facturas, hice la compra y me revisé la vista mientras los días se desmoronaban como detritos cayendo por la pared de un acantilado. La vida, un continuo alejarse del filo”.

Emma Cline, Las chicas. Anagrama, 2016.

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Emma Cline. Foto: unitedagents.co.uk

Sí, definitivamente lo que siento es un poco de todo esto. Y no estoy deprimida. Aclaro, por si alguien estaba empezando a creerlo. Me preocupa el deterioro físico, sí, por supuesto, pero más allá me angustian estas cosas: estarme alejando, día a día, del filo; convertirme en desconocida para quienes hoy me ven con ojos de otra época, porque quienes me miran desde los alocados ochenta ya comparten mi edad y mis contemporáneos están empezando a morir; pasar los meses pendiente de las facturas que tengo que pagar, como si eso fuera lo más importante; sentir, como Martin Amis, que lo que viene es inevitable.

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Luna. Foto: Irma Gallo

Pero al mismo tiempo se que no tengo porqué pedir perdón. Que ya no siento la necesidad de estar al pendiente de lo que los demás puedan pensar o incluso decir, de mí y mis manías. Que mis neurosis son sólo mías y me responsabilizo de cada una de ellas. Que no me da vergüenza que las carnes me empiecen a colgar. Que si Sarah Durham, el personaje de De nuevo, el amor (De Bolsillo, 2007) de Doris Lessing, es capaz de enamorarse de un joven mucho menor que sus 65 años de edad, yo tampoco tengo que disculparme porque le llevo siete años a mi hombre.

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Doris Lessing. Foto: nobelprize.org

Pero me doy chance. Me permito sentirme angustiada, a veces. ¡Si hasta Simone de Beauvoir se asustó con la vejez!, ¿por qué no habría yo de experimentar ese estar tan cerca del precipicio, sólo un poco, sólo de vez en cuando, tal vez?

La gran Simone describió este momento así, en La fuerza de las cosas (De Bolsillo, 2011):

“Envejecer es definirse y reducirse. Me debatí contra las etiquetas pero no pude impedir que los años me aprisionaran”.

Y más adelante:

“En el fondo del espejo me acecha la vejez y es fatal”.

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Simone de Beauvoir. Foto: Pinterest

Estoy envejeciendo, sin duda. Pero, ¿quién ha dicho que eso esté mal?

Digo, ¿además de Martin Amis, Milena Busquets, Emma Cline (que, por cierto, nació apenas en 1989), y Simone de Beauvoir?

Creo que, a fin de cuentas, sólo tengo que dejar la cafeína y estaré bien.

 

 

 

 

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