Cuando los periodistas tenían ‘charola’


Por Concha Moreno

¿Qué definía a un buen soldado del PRI?

Su alineación perfecta, por supuesto. Su manera de caminar con disciplina. Su diplomacia de palmetazos y su apoyo incondicional al Señor Presidente.

Soldados del PRI había (¿o hay?) en todos los terrenos de la vida mexicana; ese definió nuestro siglo XX. Cachorros de la revolución, hijos de esa entelequia que era la revolución hecha edificio en Buenavista. Los soldados del PRI eran machotes, bigotones, gordos o flacos, arrogantes todos y se ligaban a sus secretarias en hotelitos de Tlalpan.

La crónica de aquellas vidas ya la hizo a todo detalle un escritor infravalorado: Luis Spota. Spota, con su serie “La costumbre del poder” — conformada por nueve novelas, espléndidas todas–, supo descifrar a esa fauna que se atrincheraba en oficinas de maderas finas y bebía Hennessy todos los días en el despacho “del licenciado”. En los libros de Spota hay personajes que son más reales que un puñetazo, pero a nombre cambiado. Uno lee desfilar, digamos, a Jacobo Zabludovsky pero con otro mote: se le reconoce por los modos, se entiende.

Eran otros tiempos. Decir la verdad era peligroso y aunque Spota mismo fue miles de veces acusado de parte de aquel status quo podrido tricolor, prefirió la novela en clave.

Corren otros tiempos y ahora Enrique Serna se lanza a terminar la tarea de Spota con El vendedor de silencio (Alfaguara, 2019), novela de una desnudez: la de Carlos Denegri, el periodista más influyente de cierta época del siglo pasado. Y Serna, nunca un autor tímido, pone claras las siglas sobre el banderín tricolor, por decirlo así. Por El vendedor de silencio posan, con nombre y tics retratados hasta lo engolado, príistas que definieron a ese partido: Echeverría, Díaz Ordaz, Carlos Madrazo… Y el propio Denegri, voz del poder, altoparlante presidencial, poderoso casi tanto como el que despachaba en Los Pinos. Un golpe de la máquina de Denegri podía destruir o hacer nacer carreras políticas.

Foto: Antonio Nava / Secretaría de Cultura de la CDMX.

Denegri era espécimen de un tiempo en el que los periodistas militantes tenían charola oficial, eran parte de la élite y se abrían paso en las romerías con una credencial. No hacían antesala: estaban en el despacho del secretario hablando de mujeres.

El vendedor de silencio, fresco primoroso en el que al centro pululan esos angelitos, deja varias lecciones al aprendiz de politólogo. Una podría ser que los años de AMLO no son los mismos que los de Salinas, pero se le parecen. Bueno, AMLO no necesita un Denegri, tiene él mismo todas las mañanas su stand-up profesional. Él mismo es su bocina.

En su novela, Serna se burla de todo y de todos. Le baja los pantalones al priísmo y le da de nalgadas. Y el lector millennial piensa: “Caray”. O carajo. O alv. Qué tiempos aquellos del oficialismo”.

Ahora los periodistas son perseguidos, no por el poder oficial, sino por los poderes de facto: el narcotráfico, los grandes consorcios, los patrocinadores mochos, etcétera. ¿Sería Carmen Aristegui posible en el mundo de los Denegri? ¿Es Aristegui ella misma un Denegri? Me pierdo: lo que yo quiero decir es que el rol del periodismo en el poder se ha transformado y lo que narra Serna es una buena monografía de ese cambio.

La novela no se cae de las manos. Es hilarante y con una estructura muy sólida. Vamos: hasta la misoginia serniana (evidenciada en varias escenas) se le olvida a una. Quizá su punto flaco sea el estilo del autor, que peca de pomposo y revuelto. Tiene Serna lo que él mismo llamó “voluntad de estilo”: prefiere que suene bonito a que sea eficiente.

Finiquito este oficio quedando toda suya y a las órdenes de Señor Licenciado. Me cuadro ante la pluma de Enrique Serna.

Me llamo Concha. Nos vemos en el próximo libro.

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