El tick tack


Por Fanny Morán

Foto de portada: Tristan Colangelo en Unsplash

Todas estábamos reunidas en la sala, excepto la abuela. Era su turno de cuidar al abuelo convaleciente en el cuarto al fondo del pasillo, aquel que sólo ocupaban las visitas foráneas y que a nadie le gustaba porque era el más apartado de la casa y la soledad era un mueble más. Tick tack, el viejo reloj de madera transgredía el silencio en la sala.

En quince minutos hora me tocaría a mí cuidarlo. En realidad, tendría que sentarme a su lado, vigilarlo, tomar de cuando en cuando su mano arrugada para saber si su cuerpo aún expedía calor o acercarme a su pecho y escuchar si aún respiraba. No me gustaba hacerlo. Prefería ayudar con cualquier otra cosa, lo que fuera con tal de no estar a solas con él.

Cada una estaba desparramada en su pedazo de sillón. Katia, Aurora, tía Mercedes, tía Paula, mamá y yo. El asiento para una persona estaba reservado para el tío Samuel, quien, por cierto, no estaba. Él trabajaba, lo había dejado claro. “Las mujeres deben cuidar a los enfermos. Para eso te tiene a ti, a sus hijas y nietas. Yo iré a verlo en cuanto salga de trabajar”, le dijo a la abuela por teléfono, lo escuché cuando levanté el aparato de la sala. Aún con su ausencia, el asiento estaba reservado para él. Cuando me senté, después de terminar de lavar los trastes de la comida, apareció, inmediatamente, mi tía Mercedes de quién sabe dónde para decirme que me fuera a otra parte, porque ese lugar le correspondía a Samuel. Protesté que él ni siquiera estaba ahí. “Pero es su lugar”, sentenció. De alguna forma, el simple hecho de que el abuelo ya no pusiese sentarse en aquel lugar era suficiente para que su trono pasara al siguiente y único hombre de la familia.

Katia y Aurora miraban sus redes sociales en el teléfono. Cada cinco minutos posteaban algo sobre la pena que sentían que el abuelo estuviese tan enfermo y los estragos del cansancio que sus delgados cuerpos no podían soportar. Todo el texto iba acompañado de una fotografía de ambas desparramadas en el sillón, en las sillas, en las camas o en las escaleras. Sus gritos de emoción cuando recibían un like eran lo único que ahogaba el tick tack así como los gritos de Harry que salían de la película que veían en el celular.

No es que deseara que el abuelo muriera, pero nos habría ahorrado tiempo valioso de estar sentadas escuchando el sonido del viejo reloj que se atrasaba cada día, como postergando la hora final de su muerte. Estaba a punto de llegar al piso cuando la abuela apareció a un costado de las escaleras. Se le notaba un brillo en sus ojos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, por una fracción de segundo,  fue como cuando me daba un billete de a $100 a escondidas de mi mamá. “Para tus chuchulucos”, decía.

 —¿Mamá? —habló tía Mercedes.

 La abuela bajó la cabeza y comenzó a arrastrar los pies.

 —Está dormido —dijo la abuela con parsimonia.

Se escuchó un suspiro al unísono. Yo resoplé; era mi turno de vigilarlo. Para mí no tenía sentido, como si nuestra presencia en la habitación asustara a la muerte.

—¿Recuerdas cuando papá nos llevó en Semana Santa a Veracruz y nos tocó ver el carnaval?

Me detuve antes de llegar al cuarto del abuelo. Prestaba atención a cualquier cosa que retrasara mi estancia en la habitación.

—Estábamos maravilladas con los trajes y los carros alegóricos —contestó tía Paula a tía Mercedes.

—A mí me cargó en sus hombros para poder ver, porque no podía hacerlo entre tanta gente.

—Siempre has sido la favorita de papá —alegó tía Mercedes—. Pasamos un buen día.

—Si no fuera por aquella señora que acuso a mi papá de haberle agarrado una nalga todo habría sido perfecto.

 —¡Gente loca! —replicó mamá.

 —Su padre siempre ha tenido algunas mañas —Escuché la voz de la abuela.

  —Como todos, mamá, pero no de esas.

  —En el rancho, antes de que me llevara con él, muchas mujeres lo acusaron de hacerlo.

Photo by hesam jr on Unsplash

 

Abrí y cerré la puerta de la habitación, pero no entré. Me pegué a la pared a donde la luz no iluminaba para que, en caso de que a alguien se le ocurriera mirar hacia el pasillo, no pudiera verme

—Tonterías de las chamacas —dijo tía Paula—. ¿A poco contigo lo hizo?

—¡A mí me robó! —sonó más fuerte la voz de la abuela.

—¡Ay, mamá! No digas eso. Esas eran las costumbres del pueblo en aquella época —argumentó mamá.

—Sólo tenía trece años, era una chamaca. Durante días me tuvo encerrada en su casa y cuando pude escapar, un día que salió a vender unas chivas, mi papá ya no me recibió en la casa, porque dijo que era una buscona y que seguramente yo me había ido a meter a la cama de él, que me regresara, porque ahí no había lugar para mí.

—¿Te regresaste? —preguntó tía Mercedes.

—Caminé sin ninguna dirección hasta que él me encontró en el camino. Me subió de las greñas a su caballo y me llevó de vuelta. Volví otros días a casa y mi papá seguía negándome la entrada. Después, cuando descubrí que estaba embarazada, ya no regresé.

Caminé hacia la sala para poder escuchar mejor.

—Así eran los tiempos, mamá. Ahora las chamacas sólo quieren andar cogiendo sin compromiso y luego andan ahí abortando o tirando a los escuincles. Ya no les interesa el amor.

—Cuando tu papá me robó, yo sólo lo había visto un día en la plaza cuando fui a comprar los frijoles que mi mamá me había encargado. No sentía nada por él más que coraje. Él tenía veinte años más que yo y se la pasaba persiguiendo chamacas los días de plaza.

—Pero no digas que no lo querías, ¡si hasta tuvieron más hijas! —habló mamá.

Regresé por el pasillo hasta la habitación. El abuelo dormía en una orilla de la cama. Sus bigotes blancos le cubrían gran parte de los labios y sus pies sobresalían un poco de entre las cobijas. Si la muerte llegara en esos momentos, no giraría la cama para ponerlos en la cabecera.

Me quedé un rato de pie frente a él tratando de recordar algo bueno, porque la narración de la abuela me había dejado helada. Cuando el abuelo enfermó, durante semanas, ella se dedicó a contar las cosas buenas que él siempre hacía: que si la llevaba a pasear, que si le compraba lo que quería, que si elogiaba su comida y sazón. Una siempre guarda los recuerdos felices y con mucha luz para tapar los oscuros. Tal vez ahora que él se encontraba postrado en cama ya no había nada más que esconder.

La cabeza me dolió de tan sólo tratar de recordar algo, pero no podía pensar en nada más que en el tick tack y en aquel día cuando lo descubrí espiándome por la puerta de la que fue la habitación de mamá. Yo me cambiaba la blusa que se manchó con el mole que le ayudé a preparar a la abuela y vi por el espejo como el abuelo se asomaba. No dije nada porque seguro no me creerían y traté de olvidar ese suceso, pero, desde entonces, evitaba mirarlo; me hacía sentir sucia, como si yo hubiese hecho algo malo.

La abuela tampoco hizo nada malo. El hombre la había robado y llevado a su casa. Quizá hasta la habría obligado a tener sexo… Lo había hecho o ¿de qué otra forma nació el tío Samuel? Pensarlo me hizo sentir rabia. Era nieta de una violación, porque, cuando mamá nació, la abuela tenía tan sólo diecisiete años y el abuelo casi cuarenta. Sentí nauseas.

Cuando entró Katia a relevarme, caminé por el pasillo viendo fijamente el reloj de madera que el abuelo cuidaba como su tesoro más preciado. El tick tack retumbó en mi cabeza. Aurora veía en su celular la escena donde Harry clava el colmillo en el horrocrux. Tal vez todo este tiempo nos habíamos equivocado, tal vez todo este tiempo debíamos cuidar que el reloj siguiera su curso.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s