Bestiario


Por Gabriela Delgadillo Guevara

Foto de portada: Dorothea OLDANI para Unsplash

El insecto llegó el mismo día que trajeron a la nueva visita, así le digo yo porque viene de pasada, sea para bien o para mal. Se entrampó en el tubo de la ventilación y cayó adentro armando un desmadre. El lugar que nos dieron para trabajar era una fonda inmunda. Había manchas de grasa y salsa en las paredes, unas mesas Corona oxidadas, un refrigerador inservible y ventilas de esas que son como gusanos metálicos; por uno de los gusanos cayó el insecto. Era casi del tamaño de una mano, acorazado, renegrido y con tenazas y patas dentadas, repulsivo como todos los insectos. Hacía un zumbido ruidoso y desesperante y chocaba torpemente contra nosotros y contra las paredes intentando escapar. Llegó cuando estábamos acomodando a la visita y tensó todavía más la bienvenida. 

Resultó que la visita era el Beto, primo del Panda. Sin querer queriendo la mamá fue quien lo puso. Ya tenía tiempo que lo habían ubicado porque traía buena nave y buena hembra, y lo treparon el día que se supo que era hijo de la güera de la pollería del centro que no había querido pagar la renta. Papá se encabronó y luego luego mandó a los compañeros —al jefe le decimos Papá porque es el que nos da dinero, nos da de comer, nos viste y, si se puede, hasta nos protege—. El Panda miraba de frente y no le gustaba usar pasamontañas, así que lo primero que vio el Beto cuando le quitamos la capucha fue la cara del primo. Desde el principio chilló como una nena. Pero el Panda ni se inmutó; le puso el cincho en los pies, las esposas y la venda en los ojos, e igual que siempre se encargó de todo, inclusive era él quien le ponía las chingas cuando no quería cooperar. Salvo el bicho y el drama anticipado del Beto, el ritual fue el de costumbre. Yo creo que al Panda le bastaba con no pensar que la visita era el Beto con el que partió el pastel de cumpleaños hasta los diez porque eran del mismo mes, ni en los consejos del tío antes de largarse de la casa a los once. Es como hay que hacerle cuando te andan queriendo dar lástima: nomás no piensas en su triste vida. No falta quien da la bacha y termina perdiendo. 

*

Foto: © eleonora para Unsplash

—Nunca te acostumbras del todo y al olor de la cocina, menos —le dijo Papá al Panda cuando le tocó comisión—. Nomás acuérdate que todos estos culeros se lo buscan, y pues ahorita a ti te toca lo que te toca.

Lo tenía de la barbilla, y remató la sentencia con dos manotazos secos en la cara. Él estaba bien parado, se veía entero. Pero fue como si Papá supiera que por dentro de los pantalones las piernas de tan duras se le habían convertido en dos tallos secos que estaban a punto de quebrarse. Para ese momento ya los compañeros estaban terminando de vaciar los tambos en el riachuelo. La cosa es que cuando baja la adrenalina es cuando el cuerpo se te vuelve un pedazo de trapo, entonces es cuando muchos la cagan, y pues el Panda apenas se había integrado. Estaba bien morro, era entrador pero estaba tiernito. Lo pusieron de halcón un día y al otro ya andaba en comisión. Por lo general pasan unos años en lo que haces callo y si la armas entonces sí te empiezan a jalar. Como hubo mala racha esa vez se necesitaba personal así que el Panda se fue directo a las grandes ligas. De ahí se puso macizo; seguía teniendo la cara de oso tierno que le valió el apodo pero la mirada se le puso rara, profunda, como si se le hubiera envejecido. Y creo que ni un mes había pasado cuando ya andaba como si nada. Metía las manos y sacaba la chamba como el más experimentado: frío y eficiente. Se ganó la confianza de Papá y de volada se convirtió en el segundo al mando.

*

Foto: © Sinitta Leunen para Unsplash

Ya que lo instalamos intenté matar al bicho a escobazos. No le di y se quedó quieto en una repisa alta, como diciendo acá no me alcanzas, ojete. Pero en la madrugada, después de terminar la llamada de rutina, cuando el Beto estaba rogando que lo desamarráramos para ir al baño, el bicho se puso loco; había agarrado fuerza y se echó a volar por el techo con su pinche zumbido. Nos empezó a poner bien nerviosos. A un compañero se le pasó la mano con el madrazo que le tocaba al Beto por andar de llorón, y yo hasta saqué el fierro cuando el bicho se estrelló con la pared y cayó al suelo zumbando más fuerte. Obvio el Panda me pendejeó; le puso encima el unicel de las quecas y lo sacó a la zotehuela, un mísero patio de dos por dos. Lo liberó pero apenas se elevaba a medio muro y caía, su vuelo enclenque ya no le dio para escapar. Eso sí, siguió zumbando. Tuvimos que fumar adentro entre el olor a tortas y chela, el tufo del baño y el hedor a enfermo que ya pasados los días va soltando la visita. El Panda era el único que se iba a la zotehuela a darse su toque. Se quedaba mirando al insecto que, aunque con letargo, para el cuarto día seguía rebotando del piso a las paredes y haciendo escándalo con su aleteo. Cada que le tocaba la guardia de noche, el Panda se echaba su tarjetazo de azuquítar, se iba a la zotehuela con su caguama y presenciaba el ritual del bicho: día y noche se arrastraba hacia un bloque de piedra e intentaba trepar, no paraba, en ese intento a veces se volteaba y la lucha siguiente era girar, cuando por fin conseguía voltearse y trepar la piedra se aventaba a volar, pero ya no podía, de nuevo caía, siempre con el gesto desesperado de las patas para arriba, luego intentaba girar, y de ahí arrastrarse, trepar, para volver a caer, y seguir y caer. A los diez días ya ni zumbaba. Vi al Panda caminar directo hacia él. El miserable bicho llevaba más de medio día pataleando patas pa’ arriba y pensé que lo iba a ayudar con un buen pisotón, pero no. Lo volteó con el casquillo del zapato, y el bicho siguió su marcha hacia la piedra y la caída.  

Las llamadas de la negociación se fueron haciendo más esporádicas y el Beto cooperaba cada vez menos. No quería hablar al teléfono y había que obligarlo a gritar. Una día, le dijimos que tenía que suplicarle a la güera que consiguieran toda la feria porque le íbamos a cortar el dedo meñique. A nosotros no nos late eso de cortar varilla, es nomás una amenaza para sacar el negocio a flote, pero el Beto se negó a hablar, apretó los ojos y la boca. Y pues ni modo, a esas alturas ya el tiempo apremiaba, Papá estaba comenzando a impacientarse. 

Poco después se llegó al trato, pero el Beto ya no llegó a la cita.

En el patio, el insecto estaba sobre una hoja verde. Por fin quieto. Brillaba, se veía imponente, con sus tenazas alineadas y las alas recogidas, se veía entero, bien parado. Me acerqué. Cientos de hormigas diminutas comían su carne bajo la coraza.

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