El sol del infierno


Por Citlalli Cajigas Bodegas

Foto de portada: Max Kukurudziak para Unsplash

Sandra cumplía años ese día. Su madre se había preparado para el festejo; al salir del trabajo la recogería, esperarían a su padre para irse al local de piñatas. El vestido de princesa lo tenía listo la costurera hace una semana, el payaso haría un show de magia y figuras de globos; ¿qué quieres pequeño?, ¿Un perro?, ¿una espada?, ¿una flor?

Al despertarse sus padres la llenaron de besos, le dijeron cuanto la amaban y que ahora era una niña grande, los abrazos fueron eternos. La espera del gran día estaba a punto de terminar; el papá cargó a su hermanita de cinco meses, mientras Sandra tomo la mano de su mamá para subir al carro y marchar a la guardería. Las responsabilidades de adultos eran bien comprendidas por Sandra, sabía que papá y mamá debían trabajar, pero no era tan malo, tenía amiguitos que se marchaban junto con las maestras porque sus papás trabajan por más tiempo y veían partir a sus amigos anhelando su turno. Al entregarlas, mamá sintió un escalofrío, por alguna razón no quería despegarse de ellas, pero el jefe marcaba sin tregua a su celular, se le había hecho tarde haciéndole los hotcakes de colores a su pequeña. –Pórtate bien, mi amor, saldré temprano para tu fiesta, te amo- le gritó mientras veía como se alejaba de espaldas. –Cuídelas mucho, por favor.- Le rogó a la maestra.

El sol nunca había ardido tanto como ese día, 2:45 de la tarde, la hora de la siesta fue para siempre. A  mamá le sonó el celular, -todo está en llamas, ven ahora- le dijo una voz. Al llegar el lugar estaba consumido, las tejas de poliuretano caían como bloques de lava, crueles, sin algún pudor. Unos vagos entraban y salían con pequeños calcinados envueltos en sus camisas, algunos como bolas de cañón, rostros sin reconocer, el fuego gritaba “mama-papá”. Los cuervos no permitían el paso, de pronto el silencio. El humo se podía distinguir a kilómetros, el hedor inundaba la ciudad. 

© Ricardo Gomez Angel para Unsplash

Mamá no pudo salir temprano ese día, su jefe le había hecho pagar el retardo mañanero,-“maldito”- pensaba arrodillada en el asfalto con 51 grados de temperatura del junio ardiente, lloraba muda de impotencia al no poder entrar al bodegón a buscar a sus hijas, aunque sea en llamas, quemadas, aunque sea muertas.

Los buitres con banderas de colores se hicieron presentes, a nadie le importó. -¡¿Nadie va hacer nada?!- gritaban aterrados maestras y padres

-Lo sentimos, no podemos arriesgar más vidas, pero les prometemos que se llegara al fondo de esto.- En el infierno a nadie le importan los culpables, todos lo son.

Era de noche, no había luna y nadie sabía dónde estaban los niños, todos corrían de la morgue al hospital, del hospital resignados a la morgue; El lugar era frio, blanco, con unos pisos cuadrados, tan tristes, tan grises: -es ella- dijo mamá. Sandra tenía adherida a su piel el mallón rosa y en su pecho resaltaba el arcoíris de su camisa blanca indicando “birthday girl”. Los padres entraban con la esperanza de que no fueran sus hijos, que fuera un sueño, una pesadilla, pero el aroma a muerte recordaba que todo era real.

Papá se había quedado en el hospital, la pequeña de meses estaba muy grave, con un setenta por ciento de su indefenso cuerpo carbonizado.

Pasaron los meses, la bebé se recuperaba, ella estaría bien confortaban los doctores. Pero, mamá seguía preparando las cosas para la fiesta de cumpleaños y, papá se cuestionaba ¿Quién estaba más muerto? 

El tiempo tampoco existe en el infierno. 

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