No hay un viaje tan largo de Comala a Macondo: Salman Rushdie


Lleva un traje de corte impecable, color plata como el cabello que queda sus sienes y en la barba de candado. Camina con calma. Sir Salman Rushdie ya pasea sin guardaespaldas por todos lados. Atrás quedaron los tiempos en que el Ayatolah Jomeini puso precio a su cabeza por haber escrito Los versos satánicos, aunque la fatwa no murió con el líder que la impuso.

Rushdie en el HAY
Salman Rushdie en el Hay Festival 2014. Foto: Irma Gallo
Pero él ha elegido vivir sin miedo. Quizá lo único que queda de aquellos días es un insistente tic que hace que la nariz se le retuerza constantemente, provocando un movimiento singular también en el labio superior. O tal vez esto ya lo traía de nacimiento.

Y a pesar de que ya está harto de volver al tema una y otra vez, los periodistas le siguen preguntando al respecto: “Si digo algo que no te gusta, me lo puedes decir, pero si me matas por eso, te conviertes en un asesino”, respondió, en su visita a Xalapa, la ciudad de la bruma y el verde eternos.

Después de aclarar que por supuesto que le dolían los asesinatos de algunos traductores de su obra a manos de extremistas islámicos, advirtió que:” No se puede culpar a un texto porque la gente haya asesinado por él”.

El niño que nació en Bombay en 1947 siempre quiso contar historias; su madre compartía con alegría y sin dejar pasar el menor detalle las novedades en la vida de los que la rodeaban, y su padre le presentó los grandes relatos: “Escuchar a mi madre hablar de los vecinos era educacional. Mi papá me introdujo a la lectura de los clásicos, a este cúmulo enorme de historias fabulosas. Mis papás me infectaron con esta enfermedad de contar historias. Es contagiosa”.

Quizá el contagio no fue inmediato; a Rushdie le tomó 30 años dedicarse a escribir. Hasta 1975 publicó Grimus, un relato de fantasía. Pero fue Hijos de la medianoche, de 1980, la historia semiautobiográfica de un niño que nació el mismo día en que India se independizó del Imperio Británico, la que develó al gran escritor en que se convertiría y le valió el Booker Prize. “Empecé a escribir porque estaba en Londres, lejos del lugar donde crecí. Así que escribí sobre mi infancia, y era un libro sin mayores pretensiones. Pero luego me di cuenta de que tenía una historia mucho más grande. Nací ocho semanas antes de que India se independizara del Imperio Británico. Y me tomó cinco años averiguar cómo escribirlo”. Cuando encontró la voz correcta para contar esta historia, Salman Rushdie pudo terminar el libro. “Hasta que no sepas quién eres, no sabrás cómo escribir”.

Al autor de El último suspiro del moro lo han catalogado como escritor de realismo mágico. Pero está seguro que muchos críticos no entienden a cabalidad a qué se refieren con esto: “Cuando la gente dice realismo mágico sólo escucha mágico, no realismo. Pero en ambas palabras reside la importancia del género. El surrealismo, para mí, siempre fue una manera de describir la verdad, nunca de esconderla”.

No es raro que a este caballero inglés lo hayan emparentado con el género que mejor representó Gabriel García Márquez. Gracias a su amor por la buena comida, Salman Rushdie conoció a Carlos Fuentes en Tequila, en un almuerzo con el que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara agasajó a sus invitados especiales hace ya un par de décadas. Y fue Fuentes, a quien describe como un gran amigo, quien una vez lo puso al teléfono con el autor de Cien años de soledad. “Tuve una conversación extraordinaria con García Márquez porque a él realmente no le gustaba hablar inglés, aunque entendía más de lo que reconocía, y mi español es terrible pero entiendo un poco. Así que teníamos al francés un poco en común. Entonces conversamos en tres idiomas, pero en mi recuerdo no había problemas de idioma, sólo hablábamos. Fue una conversación como de 25 minutos”.

Lector ávido de Ítalo Calvino, Milán Kundera, Gunter Grass y Gabo, Rushdie confiesa que la primera vez que leyó Pedro Páramo no le pareció excepcional. Culpa de este desencanto a la primera traducción al inglés de la obra de Juan Rulfo. “Pero 20 o 25 años después hubo otra traducción mucho mejor. La leí de nuevo y quedé impresionado. En Pedro Páramo puedes ver los inicios de Macondo. Puedes ver que no hay un viaje tan largo de Comala a Macondo”.

A Borges no lo conoció en persona. Pero su literatura tuvo una influencia decisiva en él. Admite que leyó Ficciones (que en inglés tradujeron como Paperback) una y otra vez. “Estuve en Buenos Aires a mitad de los noventa y él ya no vivía. Pero sí conocí a su librero y a su viuda, María Kodama. Ella me llevó al cuarto en donde escribía, y recuerdo que era como una celda monacal”. En ese espacio aislado del mundo, con una mesa de madera tosca y una silla, Borges había escrito El Aleph. “Pero el resto del departamento estaba lleno de libros”, continúa Rushdie “Así que no conocí al hombre pero tuve la maravillosa experiencia de pasar algún tiempo con sus libros”.

Los ojos grises del autor de Harún y el mar de historias brillan detrás de sus lentes de medio aro. Hablar de su oficio le emociona: “Todos somos gente que sueña. Y hasta que perdemos la habilidad de soñar perdemos la habilidad de inventar cosas. Somos, de alguna manera y por naturaleza, gente que cuenta historias. Los seres humanos de todo el mundo, desde el comienzo de los tiempos, han contado historias para intentar conocerse a sí mismos. Cuando nace un niño, después de que está alimentado, vestido y seguro, nace una historia. “Cuéntame una historia”, es una de las primeras cosas que le pide a un adulto. Así que tenemos ese imperativo: crear historias. Y qué bueno, porque si no, yo no tendría trabajo”.

(Esta nota se publicó en la revista Gentleman México en noviembre de 2014).

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