Por Pedro Paunero

Uno de los marineros ingleses notó al pescador belga que le hacía señas desde el muelle. Con interés vio que le ofrecía una cosa monstruosa, de vagos rasgos humanos y que la levantaba con la mano derecha sobre su cabeza. El inglés se inclinó sobre la borda. La barrera del idioma se interpuso.
-¿Qué es eso? –gritó el marinero.
-¡Te la ofrezco barata! –gritó el pescador y puso frente a sus ojos a la cosa- Yo creo que se parece a una novia que tuve… Daba en pasearse por todos los muelles y convertía en amante a todo marino extranjero que conocía. La llamaban “Jeanne, la de Amberes” –el pescador rio de buena gana.

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Falso dragón según Ulisse Aldrovandus
-¿Qué has dicho? ¿”Jenny Haniver”? Pero ¿qué es esa cosa? ¿A eso le llamas Jenny Haniver?–gritó el inglés.
El belga, acaso por el tono de voz del marinero, adivinó una pregunta.
-¡Es un basilisco! –gritó, y en seguida-: ¡Dame una moneda por él! –cerró el pulgar y el índice izquierdos en círculo y de inmediato levantó el dedo índice indicando la cantidad.
El marinero sacó una moneda y la arrojó al muelle, el pescador la atrapó en el aire, la guardó en su bolsillo y arrojó el pequeño monstruo hacia el barco. El inglés lo atrapó con ambas manos y lo ocultó entre sus ropas. El barco zarpó. Cuando se encontró solo el marinero examinó la cosa que había adquirido, le dio varias vueltas sobre las manos, le pasó el dedo a lo largo y ancho, entre las rugosidades y los apéndices que semejaban brazos y piernas. Y sobre esos ojillos diabólicos y la boca torcida. El bichejo tenía un par de alas en abanico rodeándole la cabeza.
A la hora de la comida extrajo la criatura de entre sus ropas y la mostró a los demás. Alguno de los compañeros se echó hacia atrás. Otro quiso arrebatársela. Uno más se rio de él en plena cara.

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Criaturas inexistentes, según el libro de Ulises Aldrovandus
-Esa cosa es una patraña… -le dijo.
-¡No! Es una Jenny Haniver.
-¿Una qué?
-Parece un pescado seco… debe ser un pescado seco…
-¡Ya!– expresó otro, fumando su pipa, cada frase le obligaba a morderla para que no se le escapara de la boca- A esas monstruosidades les llaman “basiliscos” por aquí.
-¿Basiliscos? –dijeron tres marinos al unísono.
El de la pipa siguió hablando sin perder la pipa.
-O peces diablo. Hay quien opina que son sirenas en realidad. ¡Buena la has hecho dando dinero a cambio de un fraude!
Alguien le arrebató el monstruillo a su dueño y se puso a examinarlo ante sus ojos.
-¡Conque una sirena! ¿Eh? ¡Pues yo no le veo por ningún lado ni las tetas ni el cabello! Debe ser un engaño…
El dueño recuperó al bicho y lo guardó entre sus ropas, protegiéndolo bajo el brazo.
-El belga dijo que se trata de una Jenny Haniver y me interesa una lenteja podrida lo que sea en realidad.
-¿Una “Jenny Haniver”?– el de la pipa comenzó a reírse y tuvo que quitarse la pipa de la boca -¡Has pasado mucho tiempo en el mar, muchacho, y ya ves mujeres hasta en los monstruos fabricados en serie! Esas cosas son muy comunes en los muelles de Amberes. Los pescadores obtienen un poco de pasta extra vendiéndolas y haciéndolas pasar por basiliscos o sirenas.
-Es una Jenny Haniver –opinó el dueño del monstruo-, y si por la noche se te hecha encima y te muerde el miembro… ¡te lo tendrás bien merecido!

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Grabado de Konrad von Gessner en Historia Animalium
Todos rieron. El barco se internó en la estela de una luna llena y pálida. Alcanzaría las costas de Inglaterra varios días después. Por las noches, debido a la naturaleza supersticiosa de los marinos, más de uno vigiló la puerta… por si acaso la cosa esa se les echaba encima como un pequeño y reseco súcubo. Al llegar a su destino, el marinero haría popular su animalejo en los pueblos de la costa y les comunicaría a todos el nombre que había creído escuchar de los labios del belga. Mientras tanto, diariamente, en los muelles de Amberes el pescador siguió vendiendo sus bichos y opinando lo parecidos que eran con su novia callejera. Muy pronto fue imitado por varios colegas que vendían sus monstruos en los muelles a los marinos de los barcos extranjeros que los compraban con una mezcla de fascinación y extrañeza. Algunos creían, o querían creer, que se trataban de verdaderos ejemplares de sirenas. Otros, más cautos, adivinaban un fraude simpático e inocuo detrás de esas grotescas sirenas que en Inglaterra llamaban “Jenny Haniver” y comenzaron a importarlas y revenderlas entre los curiosos.

Por lo menos dos naturalistas europeos del Siglo XVI dieron cuenta en sus obras de las Jenny Haniver, antes de que dichas criaturas recibieran ese nombre. Imaginemos el intercambio epistolar de dos de esos estudiosos. Uno de ellos se trata de Konrad von Gessner, considerado como el fundador de la zoología moderna e inventor del lápiz en su forma primitiva al sostener una barra de grafito en medio de un trozo de madera. El segundo se trata del erudito italiano Ulisse Aldrovandus, cuya vida y obra fluctuó entre la herejía y la proto ciencia.

Marzo, 1558 a. D.
(Fragmento de una carta, redactada con grafito)
(…) Tengo en alta estima vuestra sabiduría en el arte de conocer las creaturas marinas de las que, sé muy bien, estáis formando un volumen de los monstruos e errores de la naturaleza (…) Yo he ido sumando animales e otras creaturas para mis estudios de la obra que preparo, “Historia Animalium”. Los pescadores venden en los muelles un monstruo al que llaman “diablo marino” e “basilisco” e “sirena” e estoy seguro que bien podrá vuestra merced saber qué especie de creatura es, pues sospecho que han creado una quimera con partes de otros seres…
Konrad von Gessner, Basilea.

Agosto, 1558 a. D.
(Fragmento de la carta, redactada a tinta, en respuesta a la anterior)
Vuestra merced me elogia al considerar mi nombre entre los sabios (…) E tengo que esas creaturas llamadas “basiliscos” e “dragones marinos” e “sirenas” son rayas puestas a secar al sol e atados con hilos para que las aletas formen unos como miembros humanos… E citaré tales creaturas e simulaciones en mi obra “Monstrorum historia” pues de esas tuve conocimiento cuando preparaba mi otra obra “Historia serpenta et draconi” (…) e no tengo duda que son obras humanas.
Ulisse Aldrovandus, Padua.

Y ahora entremos en el terreno de lo práctico, de acuerdo a los métodos más comunes que dan los pescadores para la confección de una Jenny Haniver, que entre los pescadores del estado mexicano de Veracruz recibe el nombre misterioso e ilustrativo de “pez diablo”.

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Ejemplo de Jenny Haniver en Museo de Historia Natural de Londres
En el libro Animal Fakes and Frauds de Peter Dance, se ofrece una receta para crear una Jenny Haniver, según el procedimiento descrito por el ictiólogo australiano Gilbert P. Whitley (1903-1975). Se necesita un ejemplar pequeño de pez guitarra o pez ángel, es decir, una raya de la familia Rhinobatidae:

“(…) tómese una pequeña raya muerta; tuérzale las aletas laterales encima del lomo y fije la cola en la posición deseada. Detrás de las mandíbulas ate un trozo de hilo alrededor de la cabeza, para formar el cuello, y póngase a secar al sol. Mientras se va encogiendo, las mandíbulas empiezan a sobresalir en forma de hocico y un arco de cartílago, hasta entonces oculto, empieza a destacar, adoptando la apariencia de unos brazos doblados. Las branquias, situadas un poco arriba de las mandíbulas, se transformarán en un curioso par de ojos, en los cuales las “láminas” del olfato parecerán pestañas, el resultado de este sencillo proceso, preservado con una mano de barniz y adornado quizá, con unos cuantos toques de pintura, es un Jenny Haniver destinado a despertar el asombro de cualquier persona interesada en las curiosidades marinas.”

Ya tiene usted su ejemplar de pez diablo, dragón marino, basilisco, sirena o Jenny Haniver para mostrar y sorprender a sus incautos amigos. Por cierto, los ejemplares más antiguos (de unos cuantos siglos de antigüedad), son venerables piezas de museo que alcanzan precios altos entre los coleccionistas de curiosidades y criaturas criptozoológicas de todo el mundo.
¡Cosas veredes, amigo Sancho!

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