El disoluto. Otto Gross, el antepenúltimo dionisíaco


Por Pedro Paunero

Para Veros Ruíz

Haga lo que haga nunca pase por un oasis sin detenerse a beber.
Otto Gross

Monte Veritá, Cantón Suizo del Tesino
A principios del Siglo XX
El sol es dios –había dicho Ida Hoffman-, y baña con sus rayos a la diosa madre, la Tierra. Otto Gross miró el cielo de la mañana. Algún ave planeaba encima de las montañas. Desde la terraza de la mansión podía verse, abajo, la fila de cuerpos desnudos, hombres y mujeres, que salían de la casa, en fila india, como el cuerpo sinuoso de una serpiente, hacia los campos iluminados. Poco tiempo después danzaban en círculos, bañados los cuerpos en sol y un sudor ligero.
Gross escuchó en su cabeza las palabras de Ida:
Nacidos en una realidad donde las relaciones humanas están dominadas por el egoísmo, el lujo, la apariencia y la mentira, conscientes de esa condición a través de las enfermedades del cuerpo y del espíritu que nos aquejan, hemos decidido cambiar nuestras vidas por una forma más natural y saludable de existencia.
En seguida las palabras de Henry Oedenkoven se escucharon claras:
La verdad, la libertad de pensamiento y acción acompañarán nuestras aspiraciones como constantes puntos de referencia.
-La utopía se llamó Monte Veritá –dijo Gross-, la Montaña de la Verdad. ¡Hela aquí! Donde podré desarrollar y poner en práctica mis ideas.
Respiró profundamente el aire limpio y fresco y sintió la dureza del libro que sostenía bajo el brazo, un ejemplar del Emilio de Rousseau, uno de los textos fundamentales en la utopía, cuando Frieda von Richthofen y su hermana Else, vestidas sólo con túnicas transparentes y los cabellos alborotados como bacantes, llegaron a él por detrás, haciéndole cosquillas y lo sacaron de su ensimismamiento.

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Otto Gross con Carl Gustav Jung y otros

-¡Vamos a la cama! –dijo Else-. Quiero un hijo tuyo.
-Puedes tener todos los hijos que desees con todos los hombres que desees… -dijo Gross.
-Pero en este momento quiero un hijo tuyo –insistió Else.
Las mujeres tiraron de Gross por los brazos, el libro cayó al suelo. Los tres se dirigieron a una habitación. Estuvieron todo el día teniendo sexo, alternando las breves pausas para comer frutas, verduras y preparados de soya, únicos alimentos disponibles en Monte Veritá, donde la carne estaba erradicada junto con los males del mundo capitalista y urbanizado. Charlaban durante uno de esos descansos cuando Frieda, comiéndose una manzana, recordó una anécdota:
-En torno a la comida ¿saben lo que pasó cuando Henry y los demás construían Monte Veritá? Se encontraba aquí Erich Müsham, el anarquista. Habían estado trabajando duro, con el azadón y clavando tablas y moviendo piedras, cuando Erich se sentó en el suelo, muy cansado. Henry le preguntó qué es lo que estaba haciendo. “Siento que voy a desfallecer”, le contestó Erich, “sólo he comido una manzana y un durazno”. Henry montó en cólera y le gritó: “¡Debes trabajar como todos! ¿Acaso ves que los demás se quejan por eso? ¡Mira a Ida, sigue como si nada!” “Yo no puedo más, Henry”, continuó quejándose Erich. Entonces Henry le expulsó: “Te puedes ir, no perdemos nada contigo”. Erich contó que se fue a Ascona, entró en un restaurante y pidió un bistec y una buena copa de vino que disfrutó como nunca.
Los tres rieron y siguieron comiendo. Else salió de la habitación para llenar de agua una jarra. Cuando volvió les dijo a Frieda y Otto:
-Hace un momento escuché a Ida discutir con alguien sobre el uso o no de la energía eléctrica. Ella dice que en nada contraviene a los fundamentos de Monte Veritá, el otro, no sé quién era, opinaba lo contrario.
-Los anarquistas consideran que Monte Veritá es el experimento de unos burgueses excéntricos, y tiene razón –dijo Gross-, ¿acaso no se ha abierto el sanatorio y se cobra por la entrada?
-¿Cómo alcanzar la Tercera Vía entonces…? –preguntó Else pero Gross la rodeó con los brazos de las caderas y la atrajo hacia sí. Entró en ella de golpe mientras Frieda, tendida a su lado, le besaba los labios a Otto.

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Otto Gross en 1909

Con los brazos y las piernas entrelazadas, los tres se quedaron dormidos. Afuera, la tarde se estaba oscureciendo. Frieda se estiró como gatita adormilada y despertó a Otto.
-¿Y si nos preñas a ambas? –preguntó Else, montando en su erección.
-Debemos volver a los principios comunistas del matriarcado –opinó Gross, jadeando-, cuando el amor era libre y no se buscaba un padre para los hijos y la comunidad criaba sólo seres humanos y no herederos.
-Ahora entiendo que tu padre te haya desheredado y te crea loco –dijo Frieda, entre risas.
Gross apartó a Else de encima de él y gritó:
-¡No menciones a ese tirano y dictador! Se cree un genio con sus teorías sobre criminalística pero él mismo es un criminal!
-¿Sabes cómo nos llaman en Ascona a los monteveritanos? –dijo Frieda, tratando de distraer la atención de Otto- los balabiott, los que “bailan desnudos”. Y a nosotras nos llaman las putas, las endemoniadas, las disolutas. Somos súcubos para esos pueblerinos.
Gross arrugó más el entrecejo.
-Otto es “el disoluto” –dijo Else-, el Maestro de las Orgías –y le lanzó un beso a su hermana.
Gross se levantó, exasperado. Las mujeres miraron a aquél hombre apuesto, de intensos ojos azules, de un rubio límpido, de cuerpo esculpido en porcelana carnal y al que cualquiera se entregaba de buena gana. Su presencia era magnética y quien caía en su círculo de poder no salía tan fácilmente. Frieda pensó en Lord Byron, tan vampírico como Gross, tan vitalista como Otto, tan dionisíacos ambos. Un par de masculinidades perfectas… hasta que se recordaba el pie contrahecho de Byron y se quedaba uno viendo el hombro deforme de Gross. Frieda le pasó el brazo por el hombro a Else, estaban sentadas en la cama, y los ojos de ambas recorrieron la espalda de Otto y bajaron hasta las nalgas. Él, en cambio, se inclinó sobre la mesita y preparó la dosis de cocaína, se dirigió después a la puerta, la abrió y salió.
-¡Mi hermoso Dionisio blanco! –Imploró Frieda, tendiéndole el brazo desde la cama- ¿Dónde vas? –pero Gross no la escuchó.
Un instante después deambulaba por el pasillo curvo, habitado por esculturas de dioses paganos, cuyas vidrieras daban hacia el paisaje.
Los cantos rituales llegaron hasta sus oídos. En la noche, fuera, se encendieron antorchas. Otto bajó al bosque, respiró el humo en el aire y se encaminó hasta la ruinosa cabaña de Lotte, bajo los árboles. Ella también estaba desnuda, frente a la casa y había encendido su propia hoguera. Levantaba los brazos al cielo, con los ojos cerrados. Sus pezones erectos horadaban, punzaban y erotizaban el aire nocturno. Lotte escuchó los pasos entre la hojarasca del sendero y abrió los ojos.
-¡Otto! –gritó- ¡Otto, ven! –le tendió la mano-. Hoy encendí otra vez la hoguera. Mira su fuego: a veces puedes ver el futuro del mundo danzando ente las llamas. Hoy me sentí perdida como nunca… Hoy lloré todo el día, pero no llamé a Ida o a Henry. ¡Esta noche purifiqué este mundo que no es sino la ilusión de ese otro que se oculta tras el velo! ¡Ven, hagamos el amor!
Lotte le ofreció una bebida que vertió de una crátera de estilo griego a un ritón aún más antiguo y con forma de cabeza de perro.
-¡Bebe! –le dijo- Te lo ofrezco libremente, como mi cuerpo.
-No bebo alcohol… tú lo sabes.
-¡Es sangre, no alcohol! ¡La sangre del dios hecho carne! La sangre viva de la vid. La sangre de Dionisio.
-Vitis vinífera –pronunció Otto el nombre científico de la vid, recordando sus lecciones de botánica- ¿Acaso no es la botánica el último reducto de la poesía en la ciencia?
-¡Tú eres Dionisio, Otto Gross, tú eres Baco en las hojas verdes! ¡Tómame toda la noche que yo tomaré tu fuerza y rejuveneceré!
A la mañana siguiente Lotte bajó a cuatro patas del lecho cubierto de hojas donde había amado a Otto. Estaba agotada y se sentía partida por la mitad. Se arrastró hasta la entrada de la cabaña y se tendió como una lagartija al sol. Gross abrió los ojos y sintió que renacía.
-La mañana del mundo –murmuró- ¿Dónde estás, bacante rosácea? –preguntó. Se incorporó sobre el codo y localizó a Lotte en la entrada. Puso un pie en el suelo y se sintió mareado. Fue hacia ella, tambaleándose y se echó a su lado- Se está muy bien aquí.
Ella señaló con el dedo la figura de un hombre de cabello largo, enmarañado, desnudo y quemado por el sol.
-¡Gusto Gräser! ¿Vas a tu refugio entre las piedras? –gritó Lotte- ¡Ven a compartir un poco de vino!
Gusto se acercó. Olía a hierbas y mugre.
-Acepto –dijo Gusto-, pues debo volver a mis apuntes sobre Lao Tsé.
Bebieron y volvieron a beber.
-¡Soy tan feliz! –lloriqueó Lotte, echándole los brazos al cuello de Gusto.
Gross supo que algo andaba mal pero le permitió liberarse y llorar y gritar.
-¡El mundo continuará sin mí! –dijo ella- ¡Así debe ser! ¿Volveré al útero de la Madre, estará el padre Sol para besar mi frente?
-Te inclinas tanto ante la vida y la tragas a sorbos largos, porque en realidad te ronda la muerte –dijo Otto, como un iluminado-, nadie puede hacer nada por ti si ya has aceptado ser la novia blanca.
-¡Ah, Otto! –ella se colgó del cuerpo marmóreo de Gross -¡Ah, Otto, que mi cabaña se cierre en invierno y acoja a mil amantes, que se abra en verano a los niños que nacen!
Gusto se deslizó fuera, medio ebrio, también algo iluminado pero, ante todo, discretamente. Gross se quedó varios días con Lotte, siendo testigo de su caída, conforme pasaba el tiempo, de cómo iba empeorando. Una mañana los sollozos de ella lo despertaron. Otto tenía frío y la vio arrodillada ante los leños humeantes de la hoguera, afuera, con tan sólo la túnica de lino encima. Buscó otra túnica y se la puso. Salió de la cabaña y se arrodilló a su lado.
-¡Otto, he apagado la hoguera, ya no arderá más, el mundo se me ha detenido!
-Si te tiras de un acantilado es probable que sobrevivas y quedes destrozada, entre las rocas. Sufrirías mucho antes de morir. Hay otras maneras.
-¿Cuáles?
-Te traeré algo. Debo ir a la casa. Mezclarás con el vino cinco gramos de cocaína y diez de morfina.
Ella asintió con la cabeza.
-Pero te suplico, amor, que no lo hagas antes de que yo haya partido a Graz.
Lotte volvió a asentir con la cabeza, luego le echó los brazos al cuello y lo besó en los labios. Fue como el primer beso, desesperado, intenso, pero le supo amargo, como si ella le hubiera pasado una moneda de cobre sobre la lengua.
Cuando Gross dejó Monte Veritá, al día siguiente, sabía que la utopía se estaba cerrando detrás de él. Volvería varias veces, los años que vendrían, a Ascona, pero el inicio de su propia caída se había escrito cuando en Graz recibió el telegrama de la muerte de Lotte.

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Entrada del sanatorio Monté Veritá

Marco Antonio, amante de Cleopatra VII, vencido ya por Octaviano (César Augusto) y muy entrada la noche en la por entonces ciudad cosmopolita de Alejandría, escucha el sonido lejano -que aumenta poco a poco, hasta hacerse insoportable-, de un canto sobrenatural. Sabe de qué se trata: del Thíasos. Un coro. Gritos salvajes. El coro de las bacantes. Y supo que su dios y a quién él mismo se suponía semejante, le abandonaba. Antonio opta por dejarse caer sobre su espada y morir.
Plutarco (Vidas paralelas, Cap. 75) dice:

Se cuenta que en aquella noche, como al medio de ella, cuando la ciudad estaba en el mayor silencio y consternación con el temor y esperanza de lo que iba a suceder, se oyeron repentinamente los acordados ecos de muchos instrumentos y gritería de una gran muchedumbre con cantos y bailes satíricos, como si pasara una inquieta turba de bacantes: que esta turba movió como de la mitad de la ciudad hacia la puerta por donde se iba al campo enemigo, y que saliendo por ella, se desvaneció aquel tumulto, que había sido muy grande. A los que dan valor a estas cosas les parece que fue una señal dada a Antonio de que era abandonado por aquel Dios (Dionisio) a quien hizo siempre de parecerse, y en quien más particularmente confiaba.

Uno de los poemas más bellos y dolorosos de uno de los poquísimos verdaderos poetas del Siglo XX, el griego Konstantinos Kavafis, El dios abandona a Antonio, versa así:

El dios abandona a Antonio
Cuando, de pronto, se deje oír a medianoche
el paso de una invisible comitiva,
con músicas sublimes y con voces,
tu suerte que cede, tus obras
malogradas, los planes de tu vida
que acabaron todos en quimeras, será inútil llorarlos.
Como el que está listo ya hace tiempo, como el valiente,
despídete de ella, de la Alejandría que se marcha.
Sobre todo, no te engañes, no digas que fue
un sueño, ni que se confundieron tus oídos;
no te rebajes a tan vanas esperanzas.
Como el que está listo ya hace tiempo, como el valiente,
como te corresponde por haber merecido tal ciudad,
quédate firme frente a la ventana
y escucha con emoción
—no con las súplicas y las quejas de los cobardes—
el rumor, cual un último deleite,
los sublimes instrumentos de la secreta comitiva,
y despídete de ella, de la Alejandría que pierdes.

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Konstantinos Kavafis

Dionisio marca un límite para sus seguidores. Como apunta Kavafis, Antonio no es “abandonado” en la nada sino invitado a ser valiente para seguir al dios. Suicidarse es aceptar el fin de los placeres dionisíacos en vida y si el dios canta y se aleja es porque invita a seguirle en la Otra Vida. Podría parecer que, en medio de una guerra, un dionisíaco como el guerrero Marco Antonio, que opta morir, puede darnos la ilusión de que ha sido derrotado pero sólo un iniciado como él podrá escuchar el Thíasos y seguirlo resueltamente cuando se aleja. Dionisio es un conductor de almas: que se distancie es, entonces, una invitación a ir tras de sí y de su corte de sátiros, ménades y centauros y gozar del Misterio Mayor que se resuelve en la cueva de Eleusis, en Grecia: la apertura de los ojos.

El “abandono”, pues, es un don en el sentido más profundo y dionisíaco.
Cuando Otto Gros, olvidado por todos (su padre había muerto en 1915), murió en una calle de Berlín (en la Breite Str. 18) en la indigencia, debió escuchar al Thíasos que le daba alcance y lo dejaba atrás. Debió ver el carro hecho de plata (el metal lunar) de Dionisio, tirado por las panteras rugientes del dios, debió ver a las bacantes abriéndose con los dedos el sexo y mostrando los dientes y a los sátiros de falos enhiestos, tocando las flautas, y danzando salvajes. Y debió saber que Dionisio no abandonó a Antonio, como tampoco le abandonaba a él. Al contrario. Como seguidor del dios contemplar el Thíasos es un acto glorioso de culminación de una vida de logros, casi siempre incomprendidos. Es ser invitado a seguirle. Un don divino y una visión triunfal: la aceptación de que la vida mortal ha terminado, y de que comienza el ascenso sobre la estela de plata que van dejando atrás los sátiros y las bacantes.
El dios les había moldeado la arcilla del cuerpo y abrillantado la gema divina del alma. De esta forma tanto Marco Antonio como Otto Gross, entraban ya en la leyenda.

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Hermann Hesse

Otto Gross (1877-1920), fue el padre bastardo de la contracultura (en una de sus vertientes más profundas, la exploración de la mente a través del uso de psicotrópicos); un pionero de la revolución sexual con -y antes que- Wilhelm Reich, quien fuera perseguido por los capitalistas y comunistas por igual debido a sus tesis, posiblemente influenciadas por las ideas de Gross; un izquierdista freudiano (del tipo comunista y matriarcal a partir de las obras de Kropotkin y quizá de las de Bachofen) y un utopista que se trasladaría un tiempo al enclave de Monte Veritá, sobre la ciudad de Ascona, hacia 1905, en los Alpes Suizos, donde pasarían un tiempo significativo para el desarrollo de sus obras e ideas, personajes variopintos de la cultura, la teosofía, el naturalismo, el neopaganismo y la vanguardia literaria y artística como Herman Hesse y Paul Klee. Pero también fue alumno aventajado y paciente de Sigmund Freud y Carl Gustav Jung.

De Gross diría Richard Noll (n. 1959), controvertido psicólogo clínico, gran conocedor de la obra de Jung y autor de bestsellers sobre este:

Era médico nietzscheano, psicoanalista freudiano, anarquista, sacerdote de la liberación sexual, maestro de orgías, enemigo del patriarcado, cocainómano y morfinómano disoluto.

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Vincent Cassel como Otto Gross en la película de David Cronenberg, Un método peligroso

En la fallida película de David Cronenberg Un método peligroso (A Dangerous Method, 2011), que intenta indagar en algunos de los pasajes más significativos sobre el surgimiento y desarrollo del psicoanálisis, Otto Gross (interpretado por Vincent Cassel) juega el papel de catalizador para el desarrollo de las ideas tanto de Sigmund Freud (interpretado por Viggo Mortensen) como en las de Carl Gustav Jung (interpretado por Michael Fassbender). La película es toda intención pero se queda en eso solamente, una decepción en la filmografía del profeta de la Nueva carne, que se acerca a ser una mala biopic de Otto Gross, personaje que, en cuanto aparece en pantalla, se roba las escenas. El espectador se queda con eso, y con deseos de ver, saber e indagar más sobre Gross.

Otto Gross, influenciado por los arrebatos psicoanalistas de su padre, Hans Gross, uno de los fundadores de la criminalística, era pues, un paciente psiquiátrico perturbador a la vez que un psicoanalista genial. De él diría Freud, citado en la misma película:

El doctor Otto Gross, un muy brillante pero errático personaje, necesita urgentemente de tu ayuda. Lo considero, además de ti, el único hombre capaz de hacer una gran contribución a nuestro campo.

Añadiendo:
Recuerda la advertencia de su padre, cuando Otto era pequeño, “ten cuidado, muerde”.
Es pues, a partir del encuentro entre Jung y Gross (siempre según el guion) que el primero es asaltado por la “transference” de Gross. Uno de los diálogos más interesantes es el que se desarrolla entre Jung y Gross.

Cuando la transferencia se produce, cuando la paciente se fija en mí, le explico que esto no es más que un símbolo de sus hábitos monógamos miserables. Le aseguro que está muy bien que quiera dormir conmigo, pero sólo si, al mismo tiempo, se reconoce a sí misma que ella quiere dormir con un gran número de otras personas. (…) Me parece una medida de la verdadera perversidad de la raza humana, que una de sus pocas actividades placenteras fiables deba estar sujeta a tanta histeria y represión. (…) Nuestro trabajo es hacer a nuestros pacientes capaces de ser libres.

A lo que Jung replica: “He oído decir que usted ayudó a una de sus pacientes a suicidarse”.

Gross contesta:

Ella era decididamente suicida. Solo le expliqué cómo podía hacerlo sin estropearlo. Entonces le pregunté si no prefería convertirse en mi amante. Ella optó por ambos.

Aunque no lo aclaran en la película, se refieren al caso de suicidio de Charlotte “Lotte” Hattemer, una de las fundadoras de la utopía de Monte Veritá a quien Gross, el 19 de abril de 1906, proporcionó el veneno que le pedía para suicidarse y no continuar sufriendo debido a su psicosis. Cuando ella lo hizo, Gross no estaba presente pues había salido de Monte Veritá un día antes. Otra paciente de Gross, Sophie Benz, psicótica incurable, moriría envenenada por su propia mano en 1911, también sin la intervención directa de Gross, quien jamás había querido remitir a una clínica psiquiátrica, pues le parecía a este como la última opción en una serie de posibilidades que iban de la mejor a la peor. A pesar de no estar presente en el momento de ambas muertes, se le acusaría de asesinato y de suicidio asistido en 1913 y sería detenido en Berlín como si de un psicópata se tratara. Jung había firmado el certificado médico para tal efecto.

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Lotte Hattemer

El siguiente dialogo, entre Jung y Sabina Spielrein, pionera del psicoanálisis, también es significativo. Dice ella:

Si no me equivoco, sólo el choque de fuerzas destructivas puede crear algo nuevo.

En toda la película hay un implícito, para quien sepa leer, un trasfondo nietzscheano que pronto se aplicaría a las tesis antisemitas (nazis en este caso, que hay otros antisemitismos) porque, debemos saber, mientras Jung y Gross son “arios”, Freud es un judío que necesita alumnos de aquella raza para servir en las filas del psicoanálisis. Es decir, para darle realce a su cruzada.
Es importantísimo lo que señala Richard Noll sobre Jung ya que, mientras el dionisíaco Gross sirve a una causa comunista, Jung va volcándose, paulatinamente, en un culto mistérico, espiritista de renovación y renacimiento, a partir de las tesis neopaganas de la época (una vez dada su ruptura con Freud), y que lo llevarían a ser un simpatizante del Nacional Socialismo.

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Franz Kafka

Poco tiempo antes Gross había dado en deambular por las calles de Praga, donde conocería a Franz Kafka, en quien influyó en la creación de su novela póstuma El proceso (1925), en cuya complejidad narrativa hay quien ha sabido ver parte de la personalidad de Gross, específicamente en el pasaje del arresto del personaje Josef K, que bien podría reflejar el arresto de Gross por parte de su autoritario padre en 1913, así como en el tratamiento de la sexualidad que da D. H. Lawrence en sus obras, pues Frieda von Richthofen, una de las orgiásticas mujeres de Otto Gross, fue después esposa de Lawrence.
Sobre Gross dijo Vincent Cassel en una entrevista, al interpretarlo:

Otto Gross toma drogas, tiene relaciones amorosas con numerosas mujeres y deja hijos por todas partes. Hay una frase en el diálogo que resume a la perfección el carácter de mi personaje: ‘Nunca reprimas nada’. Y hace exactamente lo que le apetece, por lo que es una especie de nihilista. Otto Gross era un gran seductor, un hombre muy inteligente, atrevido y osado al llevar sus teorías a la práctica en aquella época. Tengo la impresión de que cuando Jung habla con él, busca su aprobación, y Otto Gross le dice lo que quiere oír.

Gross, durante su internado en el manicomio de Burghölzli, se convenció de que Carl Gustav Jung, su médico y anteriormente su amigo, era tanto un charlatán como un fanático religioso, aspectos que no son sino grados en el auto convencimiento de una falacia.
Gross luchó, y perdió, desde las imposiciones de su padre, contra la autoridad patriarcal, abogando por una solidaridad matriarcal de la que no gozó tampoco.

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Jim Morrison

Más adelantado el siglo XX el dios del éxtasis, el de las máscaras, el de la embriaguez mística, el de la inestabilidad lúcida, el Señor de los hongos, llamado Eleuterio (el libertador), el creador del teatro y patrono de los actores, el conductor de almas y de sátiros y de centauros, la sangre derramada del toro y la savia en las plantas verdes, el pansexual dios Dionisio, tuvo otra encarnación, o avatarización, en Jim Morrison, vocalista de The Doors. No importa que para efectos dramáticos (un juego dionisíaco al fin y al cabo y siempre), Otto Gross nos parezca el antepenúltimo dionisíaco. Todo avatar dionisíaco es siempre el primero en realidad.
Sobre Otto Gross, antipsiquiatra avant la lettre, escribió José María Pérez Gay un ensayo titulado Para llegar a Otto Gross, una fantasía literaria, en La profecía de la memoria. Ensayos alemanes (Ediciones Cal y Arena): Más que un psicoanalista fue un anarquista, un patriota del cielo, “patriot of heaven”, como diría Herman Melville, un ciudadano del mundo, un “weltbürger”, como diría Nietzsche.
Añade más adelante en su ensayo:

Las historias del psicoanálisis han borrado la memoria de Otto Gross; desterraron con espanto sus máscaras sucesivas y transitorias.

La otra víctima, tanto de Freud como de Jung, sería Sabina Spielrein, mencionada antes, también pionera del psicoanálisis y paciente de aquellos, que constituye el otro borrón significativo en la historia de la psiquiatría, durante el período de autoridad tiránica ejercida por la dupla “patrística” (uso el término deliberadamente, en términos religiosos), de Freud-Jung en este juego de poder.

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Sabina Spielrein

La figura de Gusto Gräser, el prototipo del hippie en la utopía monteveritana, que ya en sí misma prefiguraba el movimiento hippie de los años 60 del siglo XX, tan ingenuo durante la Guerra de Vietnam como durante los días de Ascona, inspiró a varios de los personajes de las obras de Herman Hesse, quien jamás pudo imitar del todo el modo de vida de los utopistas monteveritanos. Hoy en día el resto de los edificios de Monte Veritá han hecho de Ascona un lugar turístico de clase alta, muy del gusto del movimiento New Age, siendo asimilado ya a las corrientes capitalistas (como suele ocurrir con todo acto contracultural) que tanto se pugnó por mantener a raya, en los gloriosos días en que Gross y los demás pioneros, ocuparon el monte y sus alrededores.
Sobre el fracaso de la utopía de Monte Veritá escribió una reflexión el escritor y poeta anarquista Eric Mühsam (muerto en un campo de concentración nazi):

Los primeros pobladores construyeron allí alguna que otra cabaña y parece ser que al principio se desarrolló una bonita vida comunista, bonita sobre todo para aquellos que se unieron a ellos sin un duro en los bolsillos. El diletantismo de una tal empresa es obvio. Las colonias comunistas que no tienen su base en una tendencia socialista revolucionaria, están necesariamente condenadas al fracaso.

.
Así, la dionisiaca, poderosa e influyente figura de Otto Gross aún permanece en espera de ser rescatado de las brumas de la historia.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Veros Ruiz dice:

    Muchas gracias Pedro por compartir conmigo tu saber.

    Le gusta a 1 persona

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