Por Pedro Paunero

4 de julio de 1816. Costa de Mauritania. África

La fragata Méduse, vieja embarcación destinada para la guerra, habilitada como barco de pasajeros y perteneciente al restaurado régimen monárquico francés, tiene como misión transportar al nuevo gobernador, el coronel Julien-Désiré Schmaltz, al puerto de Saint-Louis, en la colonia africana de Senegal, recientemente cedida por Inglaterra; viajan con él su familia (que han ayudado a abordar sobre sillas doradas, llevadas en andas por criados), personal militar y administrativo y varios pasajeros, entre colonos de diversas profesiones y algunos subsaharianos. El soberbio, inexperto, e inepto capitán, el vizconde Hugues Du Roy de Chaumereys, aristócrata que goza y sabe más de salones de baile que de marinería, gobierna la nave.
Se les ha instruido de formar parte de un convoy, que integran el buque bodega Loire, la corbeta Écho y el bergantín Argos, y de tomar precauciones al acercarse a las costas africanas. El capitán Du Roy, en un afán de llegar el primero, ordena separarse del resto de las naves.
La fragata experimenta una maniobra indebida. El barco se mueve de forma violenta, cortando las aguas. Es a la altura del Finisterre que se escucha un grito.
-¡Hombre al agua!
Hay movimiento en cubierta, sobre la cual viajan, hacinados, los pasajeros de clase baja. Una mujer comienza a gritar, desgarradoramente:
-¡Mi hijo, mi hijo! –ella quisiera arrojarse al mar, ir por su niño, alcanzarlo o hundirse con él. Pero nadie, excepto los pasajeros pobres, intenta algo para rescatarlo. Tiran una cuerda, que el pequeño no alcanza, una tabla, que el oleaje aleja.
La Méduse parte a gran velocidad, pasando a los otros barcos, dejándolos atrás, mientras la corbeta Écho, a una distancia cada vez más distante, le hace señales luminosas preventivas. Los bancos de arena son peligrosos y podrían ocasionar el encallamiento de cualquier embarcación en manos incompetentes. En la Méduse el capitán Du Roy, ensoberbecido, ignora las señales de advertencia.
Tras sondear la profundidad, el alférez Maudet se vuelve hacia uno de los marinos y le dice, horrorizado:
-¡Seis brazas!
-¡Vamos a encallar! –grita el marino.
Corre al castillo de popa y se lo comunica al capitán Du Roy. El hombre todavía busca, sin creerlo, en la carta de navegación. Ahí está. El banco de arena de Arguin: consecuencia natural de la unión de las arenas del Sahara con la costa atlántica. Como un endemoniado Du Roy sale a cubierta, gritando:
-¡Todo a estribor!
Pero ya es tarde. Sienten el golpe de la quilla y el deslizarse de la nave y el terrible chirrido de su esqueleto de madera quebrándose a lo largo. Luego se detienen. El mar está en calma, el cielo apacible y el sol brilla.

Théodore Géricault-Autorretrato
Géricault. Autorretrato

Cuando Théodore Géricault lee la crónica de Henri Savigny, cirujano y sobreviviente del naufragio de la Méduse, se siente indignado y horrorizado. La prensa va dando cuenta de la historia y Francia se escandaliza. Para el régimen el naufragio es causa de humillación y vergüenza. Al principio tratan de ocultar los hechos. Algunos de los sobrevivientes son encarcelados para callarlos.

El mar barre las cubiertas y con sus aguas a varios hombres.
-Es la temporada de aguas vivas… Si no hacemos algo el mar nos tragará–recuerda un marino.
A su lado, otro pierde la vista en el agua, inclinándose sobre la borda.
-El equinoccio… el nivel del mar subirá…
Unos pasos precipitados los obligan a volverse.
-¡Aligeren la nave! ¡Aligeren la nave!– El capitán Du Roy no deja de dar profundos y desesperados tragos a su botella, mientras grazna las órdenes-. La culpa es de ustedes –se vuelve hacia el alférez, luego desaparece tras su escolta.
El alférez tiene otra preocupación. Las velas están desplegadas y golpean atronadoramente contra las maderas de la fragata. En ese momento, uno de los hombres, que carga una mesa para arrojarla al agua, es golpeado por las velas y su cuerpo rueda hasta sus pies.
-¡A plegar las velas! –grita.
Pareciera que el mar completo quisiera tragarse la nave. Esta segunda oleada desprende los remaches del timón y lo arranca.

Para Géricault se trata de una doble cuestión, en la cual la moral (el afán de denunciar el hecho), se verá recompensada por la oportunidad. Su carrera artística depende de que pinte una tela que cause la impresión necesaria para dar de qué hablar. Para que se volteé a mirarle. Para que nadie olvide la tragedia, pero también para que nadie lo olvide e ignore, a él, como artista.

Con ojos desorbitados, el capitán soporta los embates del mar, pero detrás de sus hombres fieles. La nave gime, ladeándose. Todo rueda y se desliza por cubierta.
-¡Abandonen la nave! –grita Du Roy.
Así comienza la desbandada. Ante el azoro del resto de la tripulación, los oficiales, a punta de pistola, comienzan a ocupar los botes salvavidas.
Hacen abordar al gobernador en uno de los botes, sentado sobre su sillón de terciopelo, a la vez que le hacen honores militares y tocan un himno, mientras el barco se hunde. Se toman su tiempo para ir descendiendo las posesiones materiales del gobernador, muebles, vestuario, joyería, que ocupan un espacio vital en el bote.
Hay insultos y rechiflas pero eso no le importa en absoluto a la gente de confianza de Du Roy. Cada uno de los botes va cayendo sobre las olas con un estrépito que sella el destino de los que se quedan. El bajel, la falúa, la chalupa, son ocupados por la privilegiada tripulación y los pasajeros ricos, que se proponen salvarse sin mirar atrás. Los mueven catorce remeros en cuyas mentes nace una esperanza de escape. Durante el juicio, el déspota Du Roy asevera:

Los que se quedaron en la nave, lo hicieron por el pillaje de la misma.

La balsa de la Medusa.
Géricault. La balsa de la Medusa

Su taller está situado en la Rue du Faubourg-du-Roule. Es un local amplísimo, donde puede trabajar libremente. A poca distancia se encuentra el hospital Beaujon. Gericault pide permiso para visitar sus pabellones. Lleva hojas de papel y plumillas y realiza numerosos dibujos. Quiere captar la expresión del dolor, de los rostros emaciados por las enfermedades, las profundas ojeras y el hundimiento de los ojos.

Los abandonados son ciento cincuenta. Los separan 37 millas de la costa. Le han ordenado al carpintero Lavillette que construya una balsa. A hachazos tiran los mástiles y entre varios los echan al mar. Forman una armazón. Atan tablones y palos. Sobre la agónica Medusa van y vienen, desarmándola, desmembrándola, desintegrándola pedazo a pedazo, tabla a tabla y echándolas sobre la borda a las aguas espumosas. La balsa resultante, un tejido de maderas muertas que pretenden que salve sus vidas, es denominada La Machine, una cosa insegura y vacilante, hecha de palos de aproximadamente 20 metros de largo por 7 de ancho, que, apenas terminada, ya hace agua. Las maderas crujen bajo el peso. No hay de dónde agarrarse, de dónde asirse; así, presas del miedo, los náufragos de la balsa tienen que agarrarse, desesperadamente, los unos de los otros para no caerse.
Acomodan cinco barricas de vino y dos de agua y tratan de acomodarse ellos. La balsa se hunde todavía más. Varios náufragos ruedan por el suelo anegado. En esos momentos aún son solidarios. Ayudan a sus compañeros, los levantan, les preguntan si se han herido.
Los botes remolcan a la Machine. De pie, sobre la balsa y los botes, en un mar ajeno a los dramas humanos, juran solemnemente no abandonarse ni separarse hasta alcanzar tierra. En los restos de la Méduse se quedan diecisiete tripulantes que los ven partir hacia lo desconocido.
No pasan ni dos horas cuando el mar se encarga de volver imposible la tarea de tirar de la balsa. Temerosos de que la Machine choque con los botes por el oleaje salvaje, y del lento avance de los mismos, el gobernador ordena cortar las sogas que los unen. Hay discusiones en el resto de los botes, aquello es inmoral, dejar al garete a los demás, pero ¿y si el bote del gobernador se pierde? ¿Y si los deja atrás? Tras una breve, pero acalorada discusión, los capitanes de los otros botes también cortan las amarras. La balsa está, ahora, entregada al mar y sus pasajeros, sin poder creerlo, y gritando improperios, pidiendo ayuda, clamando a Dios, los ven alejarse.

Géricault hace pasar a Eugène Delacroix a su estudio.
-Hace más de una semana que no sales. ¿En qué está trabajando?
Géricault le muestra una serie de publicaciones y grabados. Le señala una líneas del Journal des Débats.
-¡El naufragio de la Méduse! –exclama Delacroix.
Géricault asiente con la cabeza, lee en voz alta:

 

No hay en los anales de la Marina ejemplo alguno de un naufragio tan terrible como el de la fragata Méduse. En medio del más cruel de los sufrimientos imaginables, tomamos la solemne resolución de poner en conocimiento del mundo civilizado todos los pormenores de nuestra infortunada aventura, si es que los cielos tenían a bien permitir que volviésemos a nuestra nación. Nos convencimos de que habríamos faltado a nuestro deber, para con nosotros mismos y para nuestros conciudadanos, casi de haber relegado al olvido hechos que el público tenía que conocer.

-Alguien tiene que pintarlo –expresa.
Delacroix lo mira a la cara. Le parece alguien transfigurado. Una verdad lo hiere y lo atraviesa. Delacroix se hiere a sí mismo. Permite ser herido. También él pintará telas que retraten el drama del acontecer. El del presente.
Interviene Louis Alexis Jamar, alumno y ayudante de Géricault, devolviéndolos a la realidad del taller.
-Y el Maestro trabaja, y me hace trabajar a mí, desde que sale el sol hasta que se pone.

Uno de los supervivientes, De Savigny, contaría su experiencia en The Instructor, veinte años después:

 

No podíamos creer que nos habían abandonado hasta que dejamos de ver los botes en la lejanía, y entonces caímos en una profunda desesperación.

El primer día dan con todo el contenido de una caja de galletas. En la noche, entre la angustia y la lucha por no caer al mar, la barrica de agua potable se desliza por la balsa y cae entre las olas. Apretados y temerosos, bajo el sol ardiente, los hombres se empujan entre sí. Uno a uno, van cayendo al mar, primero los niños, los ancianos y las mujeres, a la vez que las corrientes los van alejando de la costa.
Al no tener más bebida que el vino, la embriaguez acentúa la violencia y las peleas por alcanzar el centro de la balsa. Entre golpes y puñetazos, entre gritos y sangre, los náufragos restantes miran con alivio cómo sus compañeros son arrastrados al fondo de las aguas. El herido, por las dagas o por los golpes, o por las dagas y los golpes, que cae al suelo, es rápidamente echado al mar. De pie, entre dolorosos calambres por mantener una posición, de pie, en su sitio, se forman grupos compactos que luchan, espalda contra espalda, contra los otros.
Entre las treguas se acuerdan de otro tipo de sufrimiento. Tienen hambre, pero no hay más comida que el cuero de los sombreros, los cinturones, las correas y las bolsas de municiones, que no tienen más remedio que comer.
El grumete Léon tiene doce años, y también tiene miedo. Ha tratado de sostener la brújula en la mano, mientras el cartógrafo lee las cartas, cuando un bandazo le tira por el suelo. La brújula se le escapa entre los dedos.
Se forma un grupo que amenaza con soltar las cuerdas que unen las tablas y mástiles. Que intenta partir a hachazos la balsa. Que alega que es mejor morir de una buena vez que seguir a la deriva. Hay disparos. Luchas con navajas y cuchillos.

-Coja usted lo que quiera y escójalo usted de entre todo –le dice el encargado de la morgue.
Géricault se mueve entre los muertos. Trata de mantener a raya la pestilencia cubriéndose la nariz con el dorso de la mano.
-Ejecutados, ahorcados por mano propia, ahogados, uno muerto por su amante de un hachazo, dos muchachitas de la vida galante encontradas en la basura, cubiertas de gusanos y con hoyos en el estómago, un hombre quemado… Dicen que se echó sobre un montón de paja, a dormir la borrachera, y el fuego interior lo quemó. Al día siguiente lo hallaron consumido casi hasta los huesos pero la paja estaba intacta.
Géricault arruga el entrecejo, ha escuchado historia como esas. Pero no es el fuego lo que le importa.
-¿Puedo llevarme sólo… algunas partes?
-Puede hacerlo, ya lo creo que sí.
-Este hombre… el color es… ¿Lo ve usted? ¿Podría yo, en el lienzo, capturar ese color?
El encargado mueve la cabeza.
-Lo veo, sí. Pero es apenas uno de los matices que la carne toma después de la muerte-. El hombre mete el dedo en la carne reblandecida.
-¿Es este el ahogado?
-Sí…
-Me servirá mejor… ¿Sabe usted del naufragio de la Méduse?
El encargado da dos pasos hacia atrás, separándose del cadáver.
-¡Una vergüenza para Francia! ¡Es indigno de un país como este el que haya sucedido eso!
-Ese brazo… -va señalando con el dedo-, y la pierna… y… Por esas cabezas vendré después.
El hombre coge un hacha pequeña y separa los miembros a golpe limpio. Géricault le deja unas monedas y el encargado mete las amputaciones en un saco.

Géricault. Estudio de dos cabezas cortadas.
Géricault. Estudio de dos cabezas amputadas

Los tiburones se comen a los muertos por la pelea, a los caídos por el oleaje, a los heridos suicidas, a los que han perdido el juicio. De vez en cuando aparece una aleta entre las olas, o un miembro humano, flotando, ensangrentando en espuma roja y burbujeante la superficie agitada del mar, que parece hervir.
El grupo restante de los amotinados se muestra arrepentido. Histeria colectiva. Llanto continuo. Suplicas conmovedoras. Caen de rodillas. Lloran. Se abrazan a las piernas de De Savigny que los abraza, uno a uno, los hace rezar varios responsos, por cada uno de los caídos en la refriega, y los perdona.
-¡Han enloquecido por las circunstancias! –los consuela- ¡La culpa no es suya!
Lloran un poco más y se hunden un poco más en el mar.
Es el domingo 7 de julio. Desesperados, dos jóvenes soldados y un panadero se arrojan a las profundidades, mientras las aguas se tornan cada vez más turbulentas. Se lucha por el vino y los más débiles y enfermos son echados al mar, sin compasión, cuando la tormenta se desata. Los tablones comienzas a separarse. Los que caen al agua tratan de asirse a las maderas que flotan, pero las olas los engullen cuando las fuerzas les faltan. La balsa empieza a desintegrarse. Algunos se mantienen de pie, en compás, sobre tablas que se van abriendo, debajo de sus pies, hasta que caen al mar.

De Savigny recordará:

 

Aquellos que habían conservado la vida se lanzaron ávidamente sobre los cadáveres que cubrían la balsa. Los cortaron en trozos e incluso algunos los devoraron inmediatamente. Una gran parte de nosotros rechazó tocar aquel espantoso alimento, pero finalmente cedimos a una necesidad, que es más fuerte que cualquier humanidad. Veíamos aquella horrible comida como un medio deplorable y único de prolongar nuestra existencia.

 

Cubriéndose la nariz, Louis Alexis entra en el estudio.
-He traído manzanas, Maestro, ¿es que no comerá tampoco hoy?
Géricault está ocupado con una tela. Al frente, sobre una mesita, ha colocado un brazo, que conserva parte del hombro, y una pierna humana, uno sobre la otra.
-¿Crees que he logrado captar el color de la piel muerta? ¿El rojo, todavía vivo de la carne, debajo de la piel? –Géricault se separa de la tela, para apreciarla mejor.
Louis, en un arrebato de inspiración, coge un trozo de tela y lo echa encima de los miembros.
-¿No quedaría mejor así?
Géricault sonríe. Le parece una gran idea.
-Parece la carne que se expende en una carnicería –opina Louis.
-¿Acaso, ya muertos, no somos sino eso? –le dice Géricault.

Improvisan anzuelos con las insignias militares. Hacen un arpón con una bayoneta. Los anzuelos se enredan, el arpón, sobre el lomo de un tiburón, es arrastrado bajo el agua.
Una ola enorme se les viene encima. Varios no tienen más opción que permanecer sobre las partes de la balsa que permanecen sumergidas. Pronto, en los pies mojados e hinchados, sienten el ácido ardor de las picaduras de las medusas que la ola ha depositado entre las tablas. Los gritos no se hacen esperar. El dolor se intensifica.
Pasan las horas. A De Savigny, que ha venido atendiendo como puede a los heridos, se le ocurre la idea de cortar trozos largos de la espalda de los muertos, y de poner la carne, en jirones, a secar al sol. Mezclan el vino con orina y lo beben, mientras el sol caliente el mar.

-Hay que evitar el color de la carne expuesta al sol… El de la piel quemada, abrasada por el reflejo del mar y el cielo –explica Géricault-. Hoy estuve en el hospital.
Lo rodean amistades escogidas, a quienes ha permitido pasar al estudio. Están ahí sus colegas Delacroix, Pierre-Joseph Dedreux-Dorcy, Joseph-Nicolas Robert-Fleury, Horace Vernet y sus alumnos Lehoux y Antoine-Alphonse Montfort, que aprovechan para estudiar los bocetos y las mezclas de colores.
-Fui a visitar a un amigo aquejado por un mal hepático–. Continúa; baja la voz y les dice, en tono confidencial-: ¡En realidad deseaba descubrir el color real de la carne ictérica! ¡La variedad de tonos que había tomado por la enfermedad!
Los artistas están acostumbrados a pintar del natural. Vernet, curioso, levanta un paño blanco que cubre dos objetos redondos. Aunque la visión los sobresalta por un instante, no pierden ocasión de contemplar las horribles heridas de la decapitación.
-Estas cabezas son impresionantes –murmura Vernet.
-¿Dónde obtienes estos despojos? –pregunta Robert Fleury.
-Guillotinados… sobornos… y cuando no logro lo que quiero captar, hago posar a algún modelo. Lo que, por cierto, me recuerda algo…

Géricault. Estudio de miembros amputados.
Géricault. Estudio de los miembros amputados

Lavillete ha permanecido todo el tiempo con la mirada perdida, abrazando el cuerpo de Léon. Otra ola enorme hace girar la balsa y, en el arrastre, Lavillete pierde el cadáver de su joven amigo, quedándose sólo con espuma entre las manos. Un marino grita. Los demás voltean a verle. Ha sufrido un accidente que se volverá común en la balsa: un pie, o una pierna, se hunde hasta la ingle, entre las maderas de la Machine, y en el momento de ser auxiliado, tirando del herido, la pierna o el pie se fractura. Lo dejan ahí, horrorizados, hasta que muere entre agudos dolores, o lo rematan para acabar con sus sufrimientos.

Los carpinteros atan las últimas tablas y los postes sobre el suelo del estudio, levantan el mástil y atan un trapo a modo de vela, mientras Géricault traza fragmentos del conjunto, detalles de lo que será la obra total en una hoja de papel, así como en sus bocetos preparatorios. Delacroix llega al taller en ese momento, con varias personas.
-Los señores Henri Savigny, cirujano, Alexander Corréard, cartógrafo y el señor Lavillete, carpintero –anuncia, desde la puerta que ha abierto Louis.
-Les agradezco mucho que hayan venido –Géricault los recibe en la entrada y los hace pasar-. He ordenado construir una maqueta de la balsa, basándome en los dibujos y grabados aparecidos en la prensa… Ustedes me dirán si es correcta o no.
Savigny y sus compañeros rodean la balsa. Alguno apunta a una tabla con el dedo, otro a una amarra.
-Y ahí estaría el mástil y la vela… Exactamente…-. Señala Lavillete, baja la vista, perdiéndose un instante en los recuerdos-. Debo confesarle, Monsieur Géricault, que llegué a creer que, por el motivo de haber dirigido las obras para construir la balsa, el gobernador me permitiría abordar uno de los botes…
Cae un silencio tan amplio como el taller de Géricault. El pintor pone la mano, en un acto de consuelo, sobre el hombro del carpintero. Casi de inmediato se dirige a su ayudante.
-¿Louis, podrías irlos situando sobre la balsa de acuerdo a mis instrucciones?
-Como vaya usted, indicándome, Maestro.
Hacen posar a Savigny sobre el mástil y a Corréard tomándole del brazo.
-Tocan a la puerta, iré a abrir-. Dice Louis.
Géricault dibuja los rostros, no pierde detalle. Tiene delante a los testigos, a aquellos que vivieron la tragedia en carne propia. Nunca mejor dicho.
-¡Theodore! ¡Theodore Lebrun! –exclama Géricault al mirar al recién llegado– ¡Bienvenido! Señores, un buen amigo mío. Theodore, tienes delante de ti a los señores Savigny, Corréard y Lavillete, parte de la tripulación de la Méduse.
Los hombres sobre la balsa saludan al recién llegado, con ligeros movimientos de cabeza. No se atreven a moverse mientras Géricault trabaja. Lebrun se encuentra visiblemente impresionado y, antes que pueda balbucear algo, Géricault deja la hoja de dibujo, se acerca, y lo toma por el brazo.
-Quiero pedirte de la manera más amable que te sitúes… aquí… eso es… Debes saber que los señores, aquí presentes, han relatado sus experiencias varias veces, con la intención de ser indemnizados por el Estado, pero sus peticiones han sido, simple y llanamente, ignoradas –Géricault vuelve a coger su hoja de papel y no deja de dibujar mientras habla-. Si en algo puedo yo ayudar, con esta obra, para que ellos logren ser escuchados… ¡Lo haré!

Durante el día no hay donde esconderse del sol. Las noches son heladas. Empapados, tiritan de frío. Un herido muestra síntomas de gangrena, en otro la fiebre no cesa. Los más fuertes arrían los jirones que hacen de vela, y con cuerdas los levantan en una tienda. Van arrastrando dentro a los heridos, protegiéndolos de la intemperie. Al cabo de unas horas, cuando la duermevela cae como una pesada sombra sobre ellos, los despierta el ruido de un cuerpo cayendo al agua. Revisan la tienda. El afiebrado, los otros, están ahí, pero el gangrenado ha desaparecido.
Al amanecer del quinto día, otras numerosas sombras sobrevuelan la balsa. Descubren una nube de peces voladores. Con las manos heridas y despellejadas, atrapan al aire varios ejemplares. Muchos escapan, al caer sobre el mar, otros caen entre las tablas. Crudos y con escamas, a dentellada limpia, comienzan a devorarlos. Los que quedan son almacenados en las barricas.
Por la noche, dos soldados se acercan al vino. No queda sino para unos cuatro días.
-No puedo más con estas raciones…- Lloriquea uno de ellos.
-¡Pues bebámoslo, aunque tengamos que morir luego!
Uno de los hombres escucha, despierta y los descubre, inclinados hasta la cintura, sobre la barrica, bebiendo. Los demás abren los ojos. Los rodean, furiosos. Se les hace un juicio sumario. Los obligan a arrodillarse sobre la orilla de la balsa, de cara al mar. Los culpables sollozan, pero sus lágrimas no durarán más que el sufrimiento de los otros. Un tiro en la nuca, para cada uno, y sus cuerpos caen al agua.
En el doceavo día del naufragio, Thomas, el timonel, atisba un barco en la lejanía. Se trata del buque francés Argos. Desesperados gritan, agitan las manos, ondean pañuelos y jirones de trapo pero son completamente ignorados. El Argos se pierde en el horizonte.

-Una línea curva se eleva, desde la cabeza del hombre que sostiene a su compañero muerto, a la izquierda–explica Géricault, mientras realiza los trazos, a Louis, que se mantiene a su lado estudiando el avance de la obra-, hasta el que hace señas con el paño rojo, en la punta derecha de la balsa. ¿La ves? ¿Puedes ver esa curva? –Géricault se emociona, se exalta, abre los ojos grandes, como si viera más allá de las espaldas de los náufragos, como si él mismo estuviera ahí, en la Machine, a merced del mar.
-Sí, lo veo, Maestro-. Louis se contagia, se inclina sobre el lienzo, quiere tocarlo. Se contiene-. Y veo las pirámides que sostienen los grupos de figuras.
Géricault golpea el lienzo.
-También ahora puedes leerlo. La desesperanza a la izquierda, la esperanza a la derecha. Los cielos mismos lo indican, lo anuncian ominosamente… pero, sobre la línea del horizonte, nadie sabrá si el Argos se acerca o, si por el contrario, se está alejando.

La tripulación del Argos, con la misión expresa de recuperar la caja de caudales con los noventa mil francos de la Méduse, también se ve acuciada por la tarea de rescatar las baterías de cañones de la fragata naufragada.
El decimotercer día la tripulación del Argos avista la balsa. Quedan sólo quince sobrevivientes. Los marinos del barco, al principio, no se dan cuenta, o no quieren darse cuenta, que las tiras de tela que cuelgan de los aparejos improvisados de la Machine, no son trapos hechos jirones, sino carne humana puesta a secar al sol.
Los náufragos han escrito en unos papeles sueltos la narración del naufragio, citando a los culpables, y los han clavado al mástil, previendo que nadie quedara vivo y que la balsa pudiera ser encontrada. Ahora, aquel acto se revela más importante, pues los hombres, a medio morir, deben de contarlo todo.

-¡Dastier, necesito que te sostengas sobre tu brazo derecho y levantes el izquierdo como si quisieras alcanzar el cielo! ¡Eso es! Estás muriendo, pero todavía tienes fuerza suficiente para un postrer esfuerzo. ¡La salvación está cercana!
Géricault pinta frenético. En los ojos tiene un dejo de locura. Va cubriendo de figuras el lienzo inmenso. Son los trazos de alguien que ha visto a través de una grieta por la cual asomarse, por la cual curiosear, en el infierno de la desesperación. Él mismo, en el centro de su taller, un dios en la mitad de su estudio de la Rue du Faubourg-du-Roule, se muestra desesperado. Es, en realidad, un dios desesperado, que alcanza a penetrar la naturaleza de la fisicidad corporal y la comprende.

El olor de los sobrevivientes es nauseabundo. Tienen el cuerpo cubierto de llagas y quemaduras. En la balsa se quedan los cuerpos medio devorados, los restos de huesos y los coágulos entre las cosas abandonadas: cuchillos, hachas, botellas, herrajes, papeles, cuerdas; cada objeto, cada despojo, testigo de uno de los episodios más crueles de derrota humana por parte de la naturaleza.

-Martigny, abandónate. ¡Estás muerto!… Louis, creo que será mejor que tires de la tela sobre el muslo izquierdo, que cubra sus genitales. Curva tu espalda, necesito ver cómo sobresalen tus costillas…

La balsa de la Medusa es exhibida en el Salón de París en 1819, con éxito extraordinario. El público se arremolina ante la tela de 5 por 7 metros, y se divide entre quienes alaban la obra, y entre quienes la condenan, por pura vergüenza ante el suceso. Los críticos reprueban la enorme pila de cadáveres, y en Le Journal de París se destaca una frase sobre la exhibición; esta pintura, dice: Golpea y atrae todas las miradas. La Academia premia a Géricault con una medalla.
A nivel mundial el hecho es recordado, una vez más, en toda su crudeza, a partir de la obra de Géricault que, con esta, se convirtió en uno de los abanderados del movimiento romántico.
-Mi querido Eugéne –dice Géricault-, necesito que te coloques ahí mismo… Lo que quiero es retratar la putrefacción, y convertir tu piel blanca en la de un cadáver viviente.
Delacroix ríe, se desprende de la camisa y toma sitio sobre la balsa en el estudio.
-¡Créeme que me vengaré –bromea Delacroix-, retratándote a la vez, sufriendo una muerte horrible, créeme que lo haré!

En el Salón, a pesar del éxito de la tela de Géricault, los críticos se inclinan por la obra Pigmalión y Galatea, del ya decadente pintor Louis Girodet-Trioson.
Géricault expresaría, a propósito de su cuadro:

Ni la poesía ni la pintura podrán jamás hacer justicia al horror y la angustia de los hombres de la balsa.

Los testimonios de los sobrevivientes, así como la pintura de Géricault, obligaron al régimen a reconsiderar la actitud ante la tragedia. Los más acérrimos críticos al imperio serían aquellos que habían permanecido de pie sobre la inestable superficie de la balsa, y habían regresado de la-muerte-en-vida. Fundaron una editorial, La balsa de la Méduse, y se vieron recompensados por la celebridad y la restauración de su honor. Les mantenía en pie la voluntad que habían demostrado poseer, al sobrevivir a su naufragio, quizá la peor de las tragedias marítimas antes del desastre del Titanic en 1912.

Diario de Eugéne Delacroix
Martes 30 de diciembre de 1823

Hace algunos días estaba por la noche en casa de Géricault. Hago sinceros votos porque viva, pero no espero más que eso. ¡Qué terrible cambio! Recuerdo que volví totalmente entusiasta por su pintura: sobre todo de un estudio de cabeza de carabinero. Recordar. Es un hito. ¡Hermosos estudios! ¡Qué firmeza! ¡Qué superioridad!, y morir junto a todo eso, que uno ha hecho en pleno vigor y ardor de la juventud ¡cuando uno no puede siquiera desplazarse una pulgada en la cama sin ayuda ajena!

El 26 de enero de 1824, Théodore Géricault, amante del hipismo, a los 33 años, muere a consecuencia de la caída de un caballo. Ese mismo año Delacroix pinta –y escandaliza a la sociedad-, otro cuadro de gran formato, Escenas de las masacres de Quíos, familias griegas esperando la muerte o la esclavitud, con el mismo carácter que La balsa de la Medusa, el de atraer la atención del público sobe un suceso contemporáneo y provocar la reflexión, a la vez que volverse célebre, como artista, de la noche a la mañana.

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