Por Gabriela Pérez

Estamos en Polonia, principios del invierno de 1939. Un profesor judío huyó de los alemanes y se ocultó en los bosques. Con el brillo de unos ojos diminutos y la sonrisa enmarcada por sus mandíbulas anchas, casi diabólicas, compartía lo que sabía de matemáticas y física, en el Instituto Nacional Mickiewicz. Se dedicaba en su tiempo libre a investigaciones teóricas, pues los secretos de la naturaleza despertaban en él una fuerte curiosidad. Y esos secretos eran sólo una de sus pasiones. Se rumoreaba que estaba a punto de hacer algún descubrimiento en el campo de la electricidad o del magnetismo. La Química, la Física, las Matemáticas y muchas otras Artes, eran desde siempre sus amantes. Cuando reía con ellas, las saludaba con cariño agitando su fino y vivaz bigote.

Al principio, el profesor se ocultó en medio de un bosque, en una cabaña abandonada que había pertenecido a un leñador de capa y botas rojas, que hacía pequeños milagros ante los aldeanos. Milagros tan poderosos como el de sanar una muela mediante encantamientos, a esos encantamientos les llamamos hoy medicina. A solas en esa cabaña abandonada, observaba la lenta desintegración de las vigas del techo, escuchaba con extrema atención murmullo del bosque por la noche. Se dedicó a pensar.

Buscando el mundo perfecto

El pan y agua, los llevaba a la cabaña una vieja hechicera de pueblo. Pero los campesinos se acercaban de puntillas, asustados.

La bella esposa no huyó con su marido a ocultarse en los bosques, sino que se quedó en su casa. Ella era también profesora, estudiaba el pensamiento alemán en el mismo Instituto que el profesor. Mantenía una relación epistolar con Martin Heidegger. Sobre el librero de su estudio, vigilaba un guerrero africano, alto y delgado, tallado en madera oscura. Con ella vivía también un hermoso y sabio gato, que dormía acurrucado el junto a ella todas las noches. A veces, creía oír el susurro de los pasos de su profesor. Y una vez, al amanecer, escuchó claramente cómo él susurraba su nombre. En el baño estaban los extraños productos de cuidado de piel y cabello, y los utensilios de afeitado de su marido, ahí estaban el olor característico de su ropa, y el recuerdo de su silencio.

Ella se pasaba los días sola detrás de las ventanas cerradas con esa rústica persiana de madera que intentó armar. Poco a poco, la casa se fue llenando de un sutil aroma a perfume. Era, y lo sabía, aunque lo negaba siempre, una mujer hermosa y altiva. Desde su juventud muchos intelectuales en su cercanía habían anhelado intimar con ella sirviéndose de las ideas o de la literatura. Lo lograron aquellos que ella escogía. Una jovencita tan inteligente, tan trabajadora y tan hábil, decían, y de repente, por un capricho y nada más, se entrega a ese escritor, editor y tremendamente manipulador recién nacionalizado extranjero. Ese tipo de caprichos, decían, se desvanecen en un abrir y cerrar de ojos. Fue muy lenta en ese pestañeo, y los caprichos, todos, cuestan. Tendrá que pagar ella las deudas adquiridas y nunca pagadas por la mala administración de él. Los demás seguirán pensando que es malagradecida, que crean sólo su historia y no se tomen el tiempo de pensar y analizar los hechos que, por cierto, ya conocen, habla mucho de ellos, pensaba ella.

lluvia

Por su parte, el profesor huyó a los bosques y la dejó a ella a salvo en manos de sus admiradores, los intelectuales de la ciudad. Ella esperaba que consiguiera salir bien parado de todo aquello y que, algún día, volvería a verlo, no quería poner nombre a sus sentimientos, tenía mucha fe en sus capacidades. Todos se disgustaron con ella, e incluso hubo quienes consideraron su cercanía como un mal presagio de cara al futuro.

Circulaban rumores funestos, e incluso atroces: contaban en el mercado que los judíos todos, estaban siendo trasladados por las autoridades a otros sitios. Era casi imposible probar la veracidad de aquellos rumores, enterarse de dónde procedían y de si tenían algún fundamento. Si estos rumores no importaban, ¿quién podría dedicar tiempo a rumores tan fútiles como los que circulaban sobre ella?
Hasta la biblioteca fue cerrada durante un tiempo. La profesora cayó presa de la frustración. La guerra, con toda su inmoralidad y sus atrocidades, abría una posibilidad de refrescar ideas obsoletas, generaría una inmensa conmoción histórica.

realidades

Su estatua favorita fue profanada dibujándole un grotesco bigote que era asombrosamente parecido al fino bigote de quien fue allí profesor de física y matemáticas. Ella nunca había sido fuerte, todas las mañanas, todas las noches, sufría de migrañas.

Las comunicaciones postales con el mundo exterior se fueron deteriorando. Los viejos sellos quedaron fuera de circulación. A comienzos del año 1940, con los primeros aromas de una primavera inútil y falaz, aquel profesor salió de la cabaña donde se había ocultado durante todo el invierno y empezó a moverse de un lugar a otro. Se disfrazaba, a veces se vestía de campesino, otras de sacerdote, de monje o de fotógrafo. Se deslizó hacia el sur, lo acarició un flujo acariciante, lento y casi tímido, a través de los frondosos bosques. Al caer la noche, se quedaba parado en medio de la oscuridad, delgado, erguido, inmóvil hasta que esta lo envolvía la sombra, y entonces, en silencio, tocaba su imaginaria y secreta armónica. El aire polaco se impregnaba al instante de música. El profesor golpeaba la tierra con las plantas de los pies, se apoyaba en la música que había esparcido a su alrededor, y se agitaba, bailaba con el viento, siempre propicio a sus espaldas, hasta que finalmente lanzaba un ligero gemido. Con el cuerpo relajado, se alzaba silencioso por encima de campos y bosques.

El tiempo es algo subjetivo. También los objetos lo son, si se profundiza en ellos, no son más de una imagen. Las ideas no se pueden percibir entonces con los sentidos. Los cuerpos no se captan con el pensamiento. Nada existe. Pese a todo, sabe que de él se apiadaba la música y, por eso, él evitaría siempre reducirla a estructuras matemáticas. Exactamente así apartaba de él el recuerdo de su casa y de su mujer: la nostalgia de su otra vida. Es capaz de desprenderse de su cuerpo cambiando de melodía.
La soledad y el andar errante enseñaron a ese judío a comer, sin cocinar, patatas, a calmar la sed con un puñado de nieve, a engañar el olfato de los viejos lobos, a grabar huellas invertidas en la nieve para confundir a cualquier perseguidor, fuese animal u hombre. Era capaz de utilizar el pensamiento a modo de radar. Elegía así un camino despejado.

Pasados unos días con sus noches, le venció la melancolía, y tal vez por un instante se vio sumido en la nostalgia. En una de las cuevas perdió las botas rojas. La música se extinguió y se fue debilitando hasta que cayó en manos de una de las patrullas alemanas.

El calabozo no era más que un sótano mugriento de un antiguo monasterio o de un seminario conciliar. Recordó de repente una sesuda conversación. Los participantes debatían sobre la cuestión del mal político frente al mal metafísico. Por la tarde, fue sometido a un interrogatorio tedioso y negligente hasta el hastío. Se hartó pronto de sus carceleros. Con un encogimiento de hombros, renunció completamente a la confrontación teórica, y para sus adentros se despidió para siempre de aquellos nauseabundos alemanes.
Al amanecer la armónica emitió algunas notas melancólicas y el hombre, pasmado y desamparado, se elevó. A través del conducto de la chimenea salió volando hacia el bosque: el mal metafísico no se puede percibir con los sentidos, mientras que el mal tangible emite un fuerte hedor a grasa de cerdo.

Ella pudo detectar ese aroma hasta su casa. Las relaciones epistolares con sus amigos dispersos por toda Europa se fueron deteriorando. No eran tiempos fáciles. A lo lejos aparecían ante sus ojos multitud de cabañas y de torres, veía cómo, más allá, las luces de Varsovia se iban apagando, cómo se agitaban las turbias aguas del mar Báltico, y la noche se extendía sobre Berlín. Erguida, descalza y en camisón, la maestra se deslizaba pasada la medianoche hasta el estudio para comprobar que no se hubiese apagado la lámpara. El ritmo de la respiración, le infundía tranquilidad.

vida

Pasaron días y semanas, puede que en esta realidad o puede que en otra, y de repente algunas veces, en momentos inesperados, ocurría una especie de rápida caricia: una mano melodiosa revoloteaba por un instante sobre una mano en ruinas. A sus pies, acurrucado junto a ella, dormitaba el sabio gato. Afuera, aullaba el viento.

En esta realidad o en otra, seré tú, serás yo. Los dos profesores nos abrazaremos. No importa cuántos hayan nacido, habrá tierra, habrá leche, nos acariciarán diminutas gotas de agua que al caer cantan. Seremos nosotros, no tendré más miedo.

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