Apariencia desnuda


Por Sam Chomis (Foto de portada: Veroz Rosales)

Estamos en pleno encierro y son las cuatro de la mañana. Me despertó mi perro inquieto tratando de ladrar. Lo aplaco y lo meto bajo la cobija. Trato de volver a dormir y no puedo. Mi corazón metronómico se detuvo cuando escuché unos gritos  ¿Serán de la vecindad o de alguna otra casa? Viniera de dónde viniera se estaba desgarrando. 

El viento hacía cantar las láminas de asbesto cuando los gritos se volvieron balbuceos. Eché un ojo por la ventana que daba a la calle. Todos escuchaban lo mismo que yo, pero ahí estaban, fijos a sus banquetas. Una mujer mayor traía un palo de escoba y trataba de orientar su oído al origen de todo. Los lamentos de un hombre aparecieron y ahora sabíamos que culpaba a Silvia de los putazos que le acababa de poner. Ella dijo algo que no percibimos bien, pero que el si y lo sabíamos porque ella volvía a gritar.

Salí de la cama y agarré una segueta. Cerré los ojos queriendo tentar las voces. No, no vienen de mi misma calle. No, no vienen de la vecindad. No, no son de esa casa de la familia que se dedica a recolectar basura. 

Cuatro con quince. El hombre dice que ella andaba de puta en la escuela con el maestro y que si quería andar de puta, pues la iba a tratar como una. Así con los ojos cerrados sentí que venían de la siguiente calle.

Con mis manos me aferraba a las puertas de las casas por el miedo que le tengo a la negrura de la noche.

Llegué a la casa de los gritos y a diez pasos míos estaban tres vecinos. Con miradas se preguntaban quién irrumpirá. Su voz se mezclaba con el viento y decían que ya habían marcado al cuadrante, pero que llegaban en veinte minutos. Veinte minutos eran mucho en este tiempo que se sentía tan condensado y la voz de la mujer ya no estaba buscando a nadie. No era el frío lo que hacía que sintiera moho en las venas, era sentir que no había una ruta de evacuación. Ni un pinche policía venía.

Cuatro con veintidós. El zaguán tenía un alambre atado para poder abrirla por fuera. Entramos tratando de no hacer ruido, pero aunque lo hubiéramos hecho no nos habrían escuchado. El hombre gritaba, pero no obtenía respuesta, estaba golpeando y abogando por tener la razón de partir madres por el simple hecho de que ella le pertenecía. Mis piernas tuvieron pasos mecánicos, tenía miedo y contrastó ante la pasividad del cuerpo de la mujer degollado en el pasillo que daba a la puerta por la que iba a entrar. El hombre estaba con las manos en su pecho y tratando de mitigar lo que hizo con un rosario en la mano. Detrás mío las luces azules y rojas eran el auxilio que buscábamos. Sacaron al hombre esposado, pero él parecía tranquilo. Como si el haber degollado lo hubiera absuelto del pecado original ¿a qué suena la muerte? Lo único que podía escuchar era un grillo y su chirrido efímero empezaba a desvanecerse.

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