Elenita


Por Fabiola Morales Gasca

La belleza es el esplendor de la verdad.

Platón

Ninguna mujer puede llamarse a sí misma “libre” cuando no tiene el control sobre su propio cuerpo

Margaret Sanger

Elenita no sabía en qué momento su cuerpo fue tan deleznable. Ignoró el exacto momento que se quebró frente al espejo. ¡Qué bonita te ves! ¡Guapa! ¡Divina niña! Eran las frases que más le repetían. Le gustaban, pero después de ser un halago pasó a ser una consigna, un tormento diario. A la edad de once era un botón de rosa brotando con fiera delicadeza. Elenita era una beldad que se escapa de este mundo opaco para llegar al puerto de los dioses, aquellos cuyos nombres fácilmente se le olvidaban.  A los quince un río de delgados vellos se instaló más abajo de su vientre y las montañas de sus pechos afloraban tiernos el fuego de su rebeldía adolescente. Era bajita, con piernas torneadas pero gruesas, caderas anchas y unas manos muy largas. Cuando menstruó por primera vez Elenita presintió que era el principio del fin. Así que terminó huyendo de toda fiesta e interacción social, hundiéndose en largos silencios con todo aquel ser hallado a su lado. Acabó odiando su cuerpo. Añoró con bravura el pecho plano, las piernas parejas sin gracia alguna, el cabello corto y el pasar inadvertida a todas partes. Añoró subir a una bicicleta sin que notaran que era ya una “mujercita”.

Antes de los trece arribó la primera mención de “señorita”, señalamiento grave de la terrible enfermedad. ¡Corre, huye! Debió haber sido el grito de advertencia que su madre, hermanas y primas debieron haber realizado. Pero no, no fue así. Ellas fueron afables cómplices del sistema: “Ponte este vestido, empieza a usar tacones. Camina como una miss: sume la panza, saca el trasero, ¿no ves que eso le gusta mucho a los hombres? Usa este rímel, delinéate los ojos, ponte este rubor.” fueron las primeras órdenes que Elenita recibió, porque una verdadera mujer debe verse siempre bonita o al menos parecerlo.

Las hermanas mayores le dijeron siempre frente al espejo que adelgazara o fuera más simpática porque con ese carácter tan seco y de la chingada no iba a conseguir novio. Le indicaron que tampoco era conveniente ser inteligente. Ser ñoña ahuyentaba a los hombres. ¿Ves?  Ir a la universidad no sirve de mucho, Elenita s-a-b-e-l-o-t-o-d-o–e-s-p-a-n-t-a-h-o-m-b-r-e-s. Bueno hasta la sabiduría popular lo dice “Mujer que sabe latín no tiene marido ni buen fin.” Parecer tonta frente a un varón es siempre conveniente.

Todas las hermanas se casaron jóvenes, no precisamente porque fueran bonitas o hubiese llegado el príncipe del correcto tinte azul. Se casaron porque huían de cuidar a los hermanos más pequeños mientras la madre trabajaba dobles jornadas. Se casaron porque querían jugar a la “señora de la casa” y manejar su “propio” dinero, otras porque querían saber que es “casarse de blanco” y no ser el chisme, el gran escándalo de la colonia por huir de su casa con el novio.  Antes de los diecinueve todas traían a un hijo cargando en amplio reboso.  La más audaz se subía a la moto de su joven marido y tres hijos en medio de ambos.  Eso sí era antídoto perfecto para detestar la idea de querer casarse. ¡Bendita soltería! Pensaba Elenita a los veintinueve.

Para ellas, siete hermanas expertas en la apariencia todo tenía remedio: Si había pocas pestañas el rímel de hueso de mamey era perfecto para hacerlas crecer. Si se tenía piel reseca bastaba con usar mascarilla de aguacate con clara de huevo y veinte gotas de limón. Para cabello reseco ponerse mayonesa cuarenta minutos al día.  Si se era bajita nada como los tacones del doce. Tortura metafórica en todas las mujeres de las barreras diarias ante cualquier progreso. Si había manos rasposas nada como usar guantes para lavar los trastes y en la noche azúcar mascabado con limón y miel, frotarse con energía y lavar las manos con agua fría.  Si se era gordita (¡Maldita aberración después de los treinta!) nada mejor que usar cremas. Añadir lociones, gel, fajas, plásticos para sudar, sobres de hierbas mágicas de marca que prometen adelgazar sin sacrificar nada. Nunca estaba de más considerar la larga serie de jugos combinados en ayunas. Elenita tenía que esforzarse más. Cuidarse traería como recompensa un buen marido.

¡Ah! ¡Pero qué difícil es hallar remedio para la edad! Para ser muy joven, tener acné  o ser pecosa había simples remedios. Pero si se es vieja las cosas se empiezan a complicar y todos los antídotos suben de precio ¡Qué fatalidad! ¿No crees? Para canas hay decenas de tintes; para las arrugas una amplia variedad de cremas y maquillajes surgirán, para casos extremos cirugías plásticas y tratamientos para cambiar esa fatalidad llamada tiempo volcada sobre el cuerpo. Por eso urgía a las hermanas que Elenita se casara ya volaba para los treinta. 

Las siete hermanas hacían fiestas, acudían a los bailes, inventaban cientos de pretextos para que conociera buenos prospectos. Pero Elenita sólo veía jóvenes mediocres que buscaban diversión y sexo rápido. Clara, la hermana mayor, hasta puso a San Antonio de cabeza para hallar al buen marido, pero ni aun así resultó. Generalmente ella les ponía cara y los rechazaba. ¿Qué se creía Elenita? ¿Acaso le parecían poca cosa los hombres que llegaban a conocerla? Cierto que no todos eran guapos pero sí simpáticos y uno que otro hasta parecía inteligente. No valoraba el esfuerzo que hacía su familia para conseguirle un  hombre. ¡Malagradecida! ¡Tal vez merecía quedarse soltera!! Elenita cada vez estaba más abstraída en sus cosas de estudio, necia en leer libros, aprender cultura, idiomas y todo aquello que espantaba a los hombres.  ¿En que se habían equivocado con ella? El mensaje estaba claro, no había equívoco: Ser bonita y tener buen cuerpo era lo más importante para conseguir esposo, pero Elenita no quería entender. Seguía instalada en sus ideas modernas de estudiar y bastarse por sí misma. 

Ninguna de las hermanas se ponía de acuerdo en cómo ayudar a Elenita. Era caso perdido. La fatalidad llegó cuando Flor, la tercera hermana de apenas treinta y cinco, harta de la mediocridad de su matrimonio, huyó de casa con uno de los “prospectos” para Elenita. Un tipo alto y de buen ver pero bruto con B mayúscula, sin un trabajo estable, amante de sí mismo y del gimnasio, soñando con un día ser modelo de Calvin Klein. El marido, indignado cornudo, fue a reclamar a los suegros lo “puta” que resultó ser su hija después de doce años de matrimonio. –Por fortuna sólo habían tenido una hija – dijo la abuela Estela, acariciando a la dulce niña. El hombre cansado de maldecir e insultar a los ancianos, se fue muy “indignado” abandonando a Sofía, su propia hija. El cínico padre no dejó en absoluto nada en la casa de la fallida unión y se fue para nunca más saber de él. En el fondo todos en la familia sabían que fue la manera más efectiva que encontró para deshacerse de su hija y no lo molestaran. La única ventaja de la situación es que dejaron de mencionar a Elenita la importancia de lucir bien para conseguir marido. Pareciera que por fin las pilas para repetir ¡cásate! se les habían agotado a las hermanas.

¡Al fin dejaban en paz a Elenita! Podía seguir ostentando orgullosa el título de “la tía quedada.” Aquella que estudiaba, trabajaba, gastaba dinero para sí y podía ser ella misma sin depender de algún hombre. Aquella que al final de la amarga experiencia, se atrevía a  mirarse desnuda al espejo y gustarse. Su cuerpo ya no era tan duro, reconocía que nadie espera eso cerca de los treinta, pero sus ideas estaban más firmes que nunca. Elenita s-a-b-e-l-o-t-o-d-o–e-s-p-a-n-t-a-h-o-m-b-r-e-s era feliz. La pequeña Sofía, sobrina consentida con la que ahora compartía el cuarto, la miraba con ojos grandes de gato y sonriendo con un gran rayo de luz en la mirada. 

Bitácora de vuelos ediciones en su colección de Narrativa Fuegos presenta Eclipses por la autora Fabiola Morales. Ya pueden adquirir el libro de cuentos en su versión digital y física. 

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Eclipses, de Fabiola Morales Gasca. Bitácora de vuelos Ediciones

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