Por Magdalena Carreño

(Foto de portada: Picjumbo)

Bajó las escaleras con paso cuidadoso, su mano aferrada al barandal. Era el último día de verano, el viento comenzaba a ser frío y a juguetear con las cortinas de la casa.

En la sala tomó asiento en el viejo sillón, tan viejo y gastado como los recuerdos que se agolparon en su mente. Segundos, minutos, horas y días habían pasado ya desde la última vez que lo había visto.

Sintió de nuevo impotencia, sus cansados ojos ya no tenían más lágrimas, estaban tan secos como su piel. Había perdido la fe hacía tanto tiempo y las ganas de verse al espejo, arreglar un poco sus cabellos grises.

Sobre el televisor una fotografía, el teléfono silencioso. De los cuatro rostros que había en la imagen sólo el de ella permanecía en esa habitación. De las cuatro voces que cada una habría poseído, una se había marchado hacía ya mucho tiempo, las otras dos seguramente se dejarían oír en lugares distantes para ella y la suya había perdido la vitalidad de antaño, estaba quebrada, marchita.

Tenía tanto frío que tomó el chal que dejó la noche anterior sobre ese sillón. La débil luz de la tarde se colaba por la ventana. ¿Qué más queda por hacer?, se preguntó a sí misma. Frotó sus manos, tratando de crear un poco de calor.

De repente, mientras entrecerraba los ojos, tocaron a la puerta. Se levantó trabajosamente, los huesos de su espalda tronaron y sus pies fríos sentían pequeñas punzadas. Dolores rutinarios.

Vio por la perilla, el rostro joven de un muchacho que no pasaría de los 17 años estaba ahí, ojos negros que la miraron directamente. Abrió la puerta, un sentimiento de confianza la llevo a hacerlo.

-Buenas tardes joven, ¿qué se le ofrece?-, musitó.

Sin responder a la pregunta, él mantuvo su mirada en sus ojos. Extrañamente, se sintió desnuda, pero sin asomo de pudor, simplemente ligera. El muchacho tomo su mano y entraron directo a la cocina, ahí el abrió la puerta que daba al jardín y salieron. En donde acostumbraban a estar las macetas, ya sólo llenas de tierra porque hacía mucho tiempo ella había dejado de ocuparse también del jardín, encontraron una casa de adobe de dos pisos. A la derecha, un pozo de cantera rodeado por algunos cactus. A la distancia se extendía un gran desierto.

Una tarde que desaparecía llenaba de tonos sepia el paso de lo que se extendía en el par de ojos que ahora se cerraban…

Magdalena Carreño. Periodista, lectora compulsiva, apasionada de la música y las artes plásticas. Creo que la literatura es el mejor escape de la realidad y a la vez, la mejor forma de acercarse a ella. @nuitaile

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