La palabra de Gabriela: Los tres cielos


Por Gabriela Pérez

Piso 3

También ella estaba nerviosa. La vi comenzar el día recogiéndose el cabello con una liga y secretamente, lo sé, usar una oración para sobrellevar el desconsuelo. Bajo esa capa de derrota, con el color de sus ojos acentuado por las ojeras y los labios resecos me parece más bella.

Es una pena que vuelva a parecerme bella en estas circunstancias; aunque ahora, con esta ridícula bata y sobre esta camilla, cualquier situación me parecería absurda. Ahora no hay futuro, no existe pasado en este caos; las personas que entran y salen de este minúsculo espacio tienen rostros intercambiables; rostros de cansancio y de indiferencia, algunos de pesar quizá, y tal vez uno que otro medio sonriente. Ninguno con el miedo dibujado que tiene el mío, o el de ella.

Mi dulce amante que tantas veces ha abortado su fe en mí, y que pese a todo, con esa afinidad por el latrocinio afectivo que tienen las mujeres ha permanecido a mi lado y me mira con amor y con miedo a perderme.

Tan desvalida como está, aferrándose a mi mano, dan ganas de protegerla, de llenar el espacio vacío que es su vida con cualquier cosa.

—¿Quién lo opera?— pregunta el médico que subió justo en el instante antes de que se cerraran las puertas.

Me oigo decir el nombre de mi neurocirujano de forma casi despectiva, y en venganza, en un tono absolutamente trivial y burlesco, él zanja el asunto diciendo que entonces que estoy con el mejor, que no tengo de qué preocuparme.

Piso 2

Por fin el elevador comienza a moverse tras el retraso para esperar a la doctora fulanita; y pese al bullicio comienzo a imaginarme muerto.

Cierro los ojos y me adentro en el camino de la fiebre, camino sigiloso y escucho voces, descifro el diálogo entre mi conciencia y el rencor que la acompaña. Hablan de mi padre y de mi madre, del abandono de él a mis doce años y de la debilidad con la que maldijo ella.

Atravieso el campo santo que en lugar de engaños tiene a las almas atrapadas en cactáceas, y resurjo a través de las heridas que el alfanje del viento ha hecho sobre la noche y su piel oscurísima. Despierto y el laberinto soñado se aquilata de caricias fantasmas y el cuerpo que me toca no tiene nombre. Aún rodeado de su mirada y batas blancas, estoy solo otra vez, otra vez con los brazos disueltos, sin una lengua bajo la cual pudiera mi furia encontrar alivio, sin que esos ojos que otrora fueran faros en noches de tormenta me provoquen hoy otra cosa que hastío.

Quizá no tenga tiempo ya para lo que necesito, para nuevos peñascos, labios en los que no haya aún nacido mi nombre.

Pago el precio por mi negación al cinismo, por no aceptar que pese a tener cimientos en la severa roca de la moral y el compromiso, toda mi vida la he erigido sobre las arenas movedizas del placer y el oportunismo.

Más de una vez disfruté de la hospitalidad de una señorita que a cambio de mi natural simpatía y uno que otro gesto erótico; me proporcionaba un plato de sopa caliente y una cama en la que yo dormía mientras para ella Jericó era derrumbada. Algunas veces, mi sagacidad adquirida en dolorosos pedacitos a lo largo de cincuenta años se veía de pronto derrotada. En una de esas derrotas me reencontré con ella. La encontré caminando, preguntándose como yo, quién era.

Su larguísimo cuello olía a peligro, y miraba a la noche con la familiaridad de quien mira por la ventana de su casa. —Es curioso –me diría después–, que las voces más profundas las haya escuchado de noche; que las lágrimas más ácidas y la desesperación lleguen de madrugada; y que al mismo tiempo, sea de noche, y sola cuando me sienta más en calma.

¡Tan pequeña, tan abandonada! Que a mí me dieron ganas de purificar mi cuerpo en sus entrañas. De socorrerla habitando su silencio, de explorar sus ruinas y dejarle de a poco, un dulce olor a carne macerada.

Como ocurre en cualquier romance, la primera semana es tan intensa que uno puede fácilmente tirar por la ventana sus universos previos. Pero cuando la energía del misterio comienza a disiparse, regresan los mundos antiguos, de la cordura, del bienestar y la certeza de que la vida más simple es la mejor.

Piso 1

Ella creía que escribía poemas. Combinaba las mejores frases de uno y de otro, parafraseaba y pegaba. Alguno de esos monstruos eran buenos; hablaban de su infancia, de lo triste que le parecía ver volar a los pájaros, de cuerpos flotando en el arroyo, de la magia del sexo y de su ríspida idea del amor. Algunas veces, ella se apropiaba de ellos con tal fuerza que me obligaba a darles vida en nuestra casa.

La noticia del cambio llegó a salvarme de la imposibilidad de ignorar esos fantasmas, por un pase mágico muté de fruto marchito a semilla floreciendo en el barbecho.

No tenemos que decidir ahora, no hay prisa, no debo preocuparme por eso. Tal vez después, ya veremos. Por hoy desearía que la próxima vez que abra los ojos esté de nuevo arriba, con la misma mirada adormilada cobijándome y la misma calidez sujetándome la mano.

Planta Baja

—Hasta aquí puede pasar usted señorita. –le dijo el camillero.

Ella dio vuelta sin más nada y como si instantáneamente el universo fuera nuevo, comenzó a caminar de regreso al elevador. No dejó tras de sí besos o palabras de aliento, ni un abrazo o una sonrisa, ni siquiera una lágrima.

Se sintió protegida cuando las puertas de metal la aislaron, sacó de su bolsa el periódico y buscó con avidez el poema de exilio que había leído. Lo leyó muchas veces, y en cada una deseaba no tener que ver más sus ojos abiertos.

Por fin estaba lista. Sonrió, y presionó el botón.

Gaby
Gabriela Pérez
ELDA GABRIELA PÉREZ AGUIRRE NACIÓ EN LA CIUDAD DE MÉXICO, EL 6 DE MARZO DE 1976. ESTUDIÓ QUÍMICA EN LA UNAM; POR PASIÓN, ES PROFESORA DE CIENCIAS, EN EL INSTITUTO ESCUELA Y AUTORA DE DISTINTOS LIBROS DE TEXTO, DE QUÍMICA Y FÍSICA PARA SECUNDARIA Y BACHILLERADO. CONFORMÓ PARTE DEL EQUIPO DE CIENCIAS DEL INSTITUTO LATINOAMERICANO COMUNICACIÓN EDUCATIVA, COMO AUTORA DE LIBROS DE TEXTO Y DE GUIONES PARA TELESECUNDARIA, FUE EDITORA DE LA REVISTA CIENCIAS, DE LA UNAM. PARTICIPÓ EN LA ESCUELA DINÁMICA DE ESCRITORES DE MARIO BELLATIN Y HA CONDUCIDO EL PROGRAMA TRIPULACIÓN NOCTURNA DE RADIO EFÍMERA. LUEGO DE COLABORAR CON LA EDITORIAL TALLER DITORIA EN EL ÁREA DE DIFUSIÓN Y PROMOCIÓN, FUE FUNDADORA Y EDITORA DE AUIEO EDICIONES Y DE LOS LIBROS DEL SARGENTO.
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