Por Bibiana Camacho

En el camino de la primaria hacia nuestra casa, observamos con emoción que la feria había llegado al barrio, el fin de semana sería la fiesta del santo de la iglesia y, como todos los años, llegaron los juegos mecánicos, los juegos de azar y de tiro al blanco, los actos de magia, los hotcakes, las garnachas, el pan de pueblo, las aguas de sabores y los huevos rellenos de confeti y harina.

Mi prima Verónica y yo siempre ahorrábamos varios domingos para no perdernos la diversión, pero esa vez estábamos castigadas. La maestra había mandado llamar a nuestros papás porque armábamos desorden en el salón y encima, según ella, incitábamos a los demás. Nos confiamos porque, como nuestros papás trabajaban, el que siempre asistía era mi abuelo quien mantenía en secreto nuestras travesuras. Sin embargo, esa vez tuvimos la mala suerte de que mi mamá no fuera a trabajar y al abuelo no le quedó más remedio que decirle la verdad.

–Ni crean que van a ir a la feria. Me hacen pasar puras vergüenzas, le tuve que poner mi cara de tonta a la maestra porque no estaba enterada de nada.

–¡Ay mamá por favor déjanos ir!, te prometemos que nos vamos a portar bien.

–Ni se te ocurra insistir y da gracias que no le voy a decir a tu papá, ni a los papás de Verónica. Y más vale que se porten bien.

Eso fue suficiente para que dejáramos de suplicar, si alguien más se enteraba, el castigo impuesto por mamá iba a ser lo de menos.

Estábamos resignadas a perdernos la feria, pero el viernes llegó una carpa que no habíamos visto antes, era negra y tenía cortinas rojas, con foquitos de colores por todos lados. En la entrada se anunciaba: Espeluznantes fenómenos, seguido de un listado en letras pequeñas y manuscritas: la cabra de seis patas, la niña gusano, peces con dientes, unicornios, sirenas… Pero lo que más llamó nuestra atención fue: el niño lobo.

Ya en otras ocasiones habíamos entrado a ese tipo de carpas, pero siempre salíamos decepcionadas. Pasillos y galerías llenas de grandes frascos con formol y criaturas informes dentro. Lo peor era la peste a muerte, a orines concentrados, a formol viejo y a tristeza; al menos así me lo parecía.

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No nos pudimos resistir y planeamos escaparnos por la tarde a la feria. Ya teníamos el dinero ahorrado y creímos que bien valdría la pena que nos castigaran con severidad si en serio lográbamos ver al niño lobo. ¿Cómo será? Nos preguntábamos una y otra vez, mientras consultábamos libros con ilustraciones de animales, la enciclopedia y hasta el pequeño Larousse.

Estuvimos obedientes y sensatas durante toda la tarde. Hicimos la tarea sin protestar, ayudamos a lavar los trastes sin que nos lo pidieran, hasta nos pusimos a lavar las camisetas y calcetas de la escuela. Mi mamá creyó que lo hacíamos en espera de su perdón.

–Ni crean que van a ir a la feria, ¿eh? Ya se los dije.

El plan era otro. Esperamos a que iniciara la telenovela de las 7 pm. Prácticamente todas las señoras de la cuadra desaparecían para verla e incluso algunos señores no se la perdían. No tuvimos ningún problema en escabullirnos de casa, poco después de que escuchamos el inicio del drama televisivo. De todos modos corrimos un par de cuadras para alejarnos lo más posible de casa, por si alguien hubiera escuchado la puerta de la calle. Nos internamos en la feria que ocupaba varias calles cerradas a la circulación de vehículos. Había mucha gente. Nos subimos a las sillas voladoras, el gusano, la rueda de la fortuna; algunos los pagamos y, en otros, nos las arreglamos para meternos en la fila o entrar por la parte trasera. Teníamos que cuidar el dinero para pagar la carpa más importante.

Unos vecinos nos regalaron algodones de azúcar y estuvimos un rato entretenidas viendo cómo nadie era capaz de llevarse uno de los fabulosos premios por tirar al blanco.

Cuando al fin llegamos a la carpa Espeluznantes fenómenos, la fila era muy larga y tuvimos que esperar con paciencia nuestro turno. Un enano gruñón recogía el dinero, dejaba pasar a diez personas y luego de un rato regresaba por otro grupo. Sin duda estaba dando un paseo guiado y eso nos entusiasmo porque creímos que lo del niño lobo tendría que ser cierto, de lo contrario, ¿por qué se tomaría tantas molestias?

Se estaba haciendo tarde, pero no nos movimos de la fila, hasta que llegó nuestro turno. Al principio vimos lo de siempre: grandes frascos de formol con cuerpos blandos y sin forma definida, también algunos animales disecados que estaban formados de diferentes cuerpos de manera burda y nada convincente. Ya casi al final, el enano dijo: “Y ahora con ustedes el salvaje y rarísimo niño lobo, fue capturado luego de días de caza en el desierto de Zacatecas, se trata de un ejemplar único, mitad animal, mitad niño”. Entonces nos mostró muy orgulloso en una jaula con el piso tapizado de aserrín y cubierta por un vidrio sucio, a un niño como de nuestra edad, efectivamente tenía la cara cubierta de vello, también la columna vertebral. Las piernas estaba deformes, cortas y con los dedos de los pies dirigidos hacia la espalda. En las extremidades alguien le había puesto una especie de peluche, que a diferencia del otro vello, se veía falso. La gente empezó a hacer comentarios negativos. Nosotras estábamos extasiadas, mientras el niño lobo nos observaba atento desde el fondo de la jaula, recargado en la pared.

–¡Usha, usha, fuera, se acabó! –nos dijo el enano mientras nos empujaba hacia la salida y nos aventaba su aliento alcohólico. Salimos decepcionadas. Discutimos un rato si en efecto el vello de la cara era real, el de las piernas y brazos con toda seguridad no. Contamos el dinero que nos sobraba, pero ya no nos alcanzaba para volver a entrar. Compramos unos esquites y emprendimos el camino de regreso a casa. Las luces de la feria ya se estaban apagando, sobre todo las de los juegos infantiles. De camino pasamos de nuevo por la carpa Espeluznantes fenómenos que ya estaba cerrada. De pronto la puerta trasera se abrió y el niño lobo salió disparado, como si la hubiera empujado con todas sus fuerzas. Ya no traía los peluches en sus extremidades, pero el vello de su cara y de la columna vertebral seguía intacto. Nos miramos un instante, antes de que el enano saliera a toda velocidad por la misma puerta y lo agarrara del cuello para jalarlo dentro. El niño lobo primero emitió una especie de carcajada que se convirtió en un grito animal, desesperado, como de bestia en peligro, un aullido prolongado. Verónica y yo emprendimos la carrera a casa. Llegamos con los esquites embarrados en la ropa. No hubo poder humano que nos salvara de unas nalgadas, pero estábamos tan espantadas que ni nos dolió.

Al otro día acompañamos a la abuela al mercado, la feria seguía ahí, pero la carpa Espeluznantes fenómenos había desaparecido. Tampoco regresó en los años siguientes. Verónica me ha confesado que ella todavía se mete a las ferias de pueblo, para ver si encuentra la carpa y al niño lobo que, ahora de estar vivo, debe ser un hombre lobo. Yo también hago lo mismo. Nunca lo hemos encontrado. Lo que no le he confesado jamás es que en las noches de lluvia escucho ese aullido lastimoso y prolongado que no he podido olvidar.

Bibiana
Bibiana Camacho
BIBIANA CAMACHO. EDITORA DE PRODUCCIONES EL SALARIO DEL MIEDO. CO GUIONISTA DE LA OTRA AVENTURA DIRIGIDO POR EL ESCRITOR RAFAEL PÉREZ GAY Y TRANSMITIDO POR CANAL 40. ALGUNOS DE SUS CUENTOS ESTÁN INCLUIDOS ANTOLOGÍAS COMO ANUNCIOS CLASIFICADOS (CAL Y ARENA, 2013) Y CIUDAD FANTASMA I (ALMADÍA, 2013), ENTRE OTROS. SUS LIBROS SON: TU ROPA EN MI ARMARIO (JUS, 2010), TRAS LAS HUELLAS DE MI OLVIDO (ALMADÍA, 2010) Y LA SONÁMBULA (ALMADÍA, 2014). PREFIERE TOMARSE FOTOS CON LOCOS Y MARGINADOS PORQUE LA GENTE DECENTE SUELE SER UNA MIERDA.

 

 

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