El loro en el burdel. Isak Dinesen y el cuento del viejo armador


Por Pedro Paunero

Esta es una historia contada tres veces. Contiene misterio, exotismo y un ligero toque de erotismo. Comienza con un muchacho de dieciséis años a bordo del barco de su padre, navegando por los encantados mares de oriente. Recorren puertos, conocen pueblos y gente, compran y venden, escuchan idiomas extraños y se sorprenden. También desean, porque los hombres lejos de casa pueden o no echar de menos a su esposa y hay necesidades que se deben satisfacer, aplacar o sosegar, por lo menos momentáneamente. A ese deseo ardiente en el medio del mar, lo llaman ellos “la naturaleza”.

El muchacho pide permiso a su padre para bajar al puerto de Singapur, con un puñado de marinos. Su padre accede pero no sin antes responsabilizar por la vida del muchacho a sus hombres. Se van por las calles tortuosas y sucias, charlando alegremente, riendo, contando chistes y bromeando a costa del muchacho.

-¡A que hoy te conviertes en hombre, eh, chico! –le dan palmadas en la espalda.

Un marino se atreve a cargarlo en hombros por algunos metros, luego lo devuelve al suelo.

-¡Conocerás chicas de tres tetas! –el joven sonríe y trata de estar a la altura para formar parte del grupo, de esa hermandad del mar que se desborda en tierra.

-Las malayas tienen más de una hendidura… -se carcajean pero a él le recubre una punzante sensación de obscenidad y de pudor.

Y siguen riendo mientras caminan por las calles sucias, malolientes, atestadas de gente y ratas que se escabullen tras bultos y escombros, sobre charcos y lodo y veloces conductores de rickshaws rozándoles el hombro o a punto de arrollarlos.

-¡El templo de las náyades asiáticas! –uno de los hombres le cede el paso al muchacho, a ese hijo de capitán que algo conoce del mundo pero que a la vez no sabe nada, haciendo una reverencia.

Han llegado ante una fachada descolorida bajo un farolito rojo y que custodia un hombrón con todo el aspecto del clásico pirata malayo de las leyendas y que les abre la puerta, solícito.


Les recibe una vaharada de calor y olores mezclados y húmedos. Dentro reina un ambiente neblinoso de vapores de tabacos, hachís y alcohol derramado. Las mujeres malayas, chinas, indias, se mueven como entre sueños, vestidas, semidesnudas, semivestidas o por completo desnudas de la mano de clientes de varias razas. Van riendo por todo el lugar y se internan en los rincones, revistiéndose un tanto de oscuridad o suben la escalera que quiere ser de un estilo clásico pero sólo llega a ser algo parecido. El muchacho pronto descubre que, ahí, no hay un solo pedazo de sitio destinado al silencio ni a él mismo. Se pierde –se siente, se percibe, perdido-, entre torsos desnudos, tatuajes, aretes, bocas desdentadas y miradas lujuriosas.

Muy pronto los marinos se dispersan y cada quien encuentra una compañera de paga entre el bullicio. En los rincones los recién llegados ya se mueven en parejas, y se funden con sus chicas, explorándose las partes íntimas y hablando más de un idioma a la vez y el universal lenguaje del gemido. El muchacho se siente fuera de lugar pero no puede permanecer ajeno al deseo que le abre los ojos. Algo lo inmoviliza en medio del salón que ora es rojo, ora morado y amarillo, entre humo y olores acuosos de sal orgánica, fluidos, saliva y el intenso aroma del mar sucio que se cuela desde los muelles; de repente, sacándolo del ensimismamiento, siente una como garra que se le cierra en el brazo. A su lado está una anciana encorvada con una amable sonrisa en el rostro cuyos ojos rasgados son la expresión arquetípica del mirar asiático.

La anciana tira de su brazo y lo remolca a través de los cuerpos mojados, los olores y el humo, más allá de las voces y los quiebres de los cuerpos, aún más profundamente, hundiéndose entre paredes tapizadas con papel decorado con motivos arts & crafts. Él la deja hacer sin saber por qué. Siente alivio, quizá sea por eso que le permite ser llevado, al alejarlo de la orgía. Así suben la escalera. Caminan brevemente por un amplio pasillo de alfombra roja. La mujer abre una puerta. A señas le indica que tome asiento en una silla frente a una mesita al lado de otra silla. En este saloncito los sonidos se han ido apagando como un recuerdo. Un recuerdo es, también, el rumor del mar que lame con costras de suciedad humana los muelles de la tierra.

-¿Habla usted inglés? –pregunta el muchacho.

-Sí, hablo inglés –responde la anciana mientras se dirige al fondo del salón.

La encorvada mujer vuelve con la jaula de un loro en la mano. Pone la jaula sobre la mesita y ocupa la silla al lado de la del joven.

-Una de mis muchachas me dijo que habían llegado extranjeros de muy lejos. De Dinamarca. Yo soy china pero, hace muchos, muchos años, tantos que ya perdí la cuenta, tuve un amante inglés, un noble en su país, que me enseñó el idioma y me regaló este loro.

El muchacho danés examina al ave, enorme y de un verde grisáceo y polvoriento sobre las alas.

-¡Debe tener cien años de edad! –expresa, asombrado.

-Este pájaro ha venido aprendiendo frases y palabras de todos los idiomas del mundo que ha venido escuchando, de parte de los hombres que llegan hasta aquí, a lo largo de todos los años que conforman esta casa.

El joven está maravillado, no puede dejar de mirar al loro y mirar los ojos tan asiáticos de la anciana.

-Usted debió ser muy bella en su juventud.

La anciana ríe de buena gana, se ha sentido entre apenada y elogiada y oprime con fuerza la mano del muchacho. En este momento se ha establecido una confianza entre ambos que cruza la barrera de las razas, los idiomas y las edades.


-Pero hay algo más con el pájaro… -murmura la mujer, como comenzando a desgranar un secreto.

El muchacho está ahora a la expectativa. El loro se va convirtiendo en el símbolo de algo que no atina a identificar del todo.

-Mi amante inglés le enseñó varias frases antes de regalármelo –y al pronunciar esas palabras es como si las saboreara en la lengua, evocando tardes íntimas y perfumadas en la cama más cara del burdel, al lado del inglés blanco como la cera que amaba sus ojos y su cabello y la disposición de su vello púbico, negrísimo y formando una pirámide invertida perfecta, en medio de sus piernas de un tono pálido, ni amarillo ni blanco, como los pétalos de la flor del castaño-. He venido preguntando a cada hombre que entra en este lugar el significado de esas frases, mes con mes, año con año, a lo largo de las décadas, lentas, largas, pero nadie ha sabido jamás qué es lo que el pájaro dice. Usted, joven, ha venido de tan lejos que… probablemente… sí, probablemente usted lo sepa.

El muchacho se estremece. Se levanta. Mira el pico ganchudo y costroso del loro. Parece no un siglo, sino muchos, los siglos que han doblado y agrietado ese pico terrible, mortal, fabricado en años y cincelado en palabras.

-Ese pico de arpía… ¿podrá pronunciar el danés… mi idioma, aquí, a miles de kilómetros de distancia? –el joven abre aún más los ojos. Le recorre un temblor como de fiebre que le baja desde la cabeza y se le instala como un aguijón picante en la espalda baja.

-¿Quiere escuchar las frases?

El muchacho mira a la anciana.

-Le juro que, por un momento sentí el deseo de salir corriendo… Pero quiero que usted sepa de una vez, si es que yo mismo lo sé, en qué idioma están habladas las frases del pájaro.

-Sea…

La mujer asiente con la cabeza; acerca un dedo al pico del ave y el ave parece despertar, evocando, acercándose al pasado, trayéndolo al presente (que reconstruye), unas sílabas y lentamente dice, desmadeja, deshila en el aire enrarecido del saloncito que huele a rancio, aquellas palabras que se van haciendo en el ambiente:

Dédyke men a selána

kai pleíades. Mésai de

nýktes. Pará d’érjet óra.

Égo de móna katéudo.

El joven danés repite, tan lentamente como el ave, aquellas palabras y recuerda lecciones y libros viejos, recuerda la escuela y a su padre y recuerda puertos en el Egeo y en el Mediterráneo y se acuerda de las islas griegas y de un devenir cansado entre las costas. También recuerda la luna y a un sudario tejido de estrellas. Recuerda, su rostro se ilumina y sonríe.

-¡No es danés! –dice en voz alta- ¡Pero sé de qué idioma se trata! Es griego, son versos… y es un poema de Safo.

La anciana sonríe, enseña los dientes, los ojos se le llenan de un agua calma. Por fin, después de décadas de espera sabrá qué es lo que el ave dice, el mensaje que, desde el pasado, su amante le ha legado. Será una luz fantasma pero reconfortante, como la que llega desde las estrellas muertas hace milenios, pero vivas en un rayo luminoso que ha alcanzado el presente para descorrer un velo. El muchacho traduce:

La luna y las Pléyades se han puesto,

Y medianoche es pasada,

Y las horas huyen, huyen,

Y yo estoy echada, sola.

La mujer hace un ruido con la lengua y en sus ojos se le pinta la amargura.

-¿Puede usted repetirme los versos? –el muchacho los repite, más lentamente todavía.

En la tarde y desde el porche, la baronesa Karen Blixen ve perderse a lo lejos al pastor kikuyu que conduce a los bueyes. Mira por un momento al viejo armador danés que se sienta a su lado y le dice, con esa voz suya, profunda y fuerte de abuela cuentacuentos:

-¿Y le repitió los versos de Safo?

-Le repetí los versos y la anciana hizo algo extraño, se levantó de golpe, rápida, como si hubiera tenido un resorte debajo o ese mecanismo de los muñecos agazapados en una caja de sorpresa que saltan de repente… y es que, una típica mujer china camina a pasos cortos, contados, sopesados, medidos. Ella no, estaba tan sorprendida que olvidó sus costumbres tan arraigadas…

-¿Y qué sucedió entonces? –pregunta la baronesa, convirtiéndose en la escritora Isak Dinesen y sospechando una historia que tendrá que escribir.

La anciana hace girar sus ojos rasgados, camina hacia la ventana y pierde la mirada a lo lejos. El sol se pone enrojecido sobre las nubes, sobre el aire caliente, sobre todas las cosas y sobre todas las labores humanas. Lentamente le explica al muchacho que los extranjeros afincados ahí, una vez que se acostumbran a las muchachas del burdel, terminan por exigir muchachas de su propia raza. A eso lo llama: nostalgia por la piel blanca. Así había pasado con su noble amante inglés. Un día no la había vuelto a ver. Alguien había llegado otro día y le había contado que le habían visto en un prostíbulo británico, por aquél entonces recientemente abierto. Se había ido. La había dejado extrañando su acento, su amor entregado, su pasión en las caricias y por las caricias, la humedad de los besos sonoros, tronados, los demás regalos, la sonrisa y la sinceridad en la alegría cuando la veía otra vez, así como la fuerza constrictora en el abrazo cuando, dentro de ella, por fin, tras la furia sexual, eyaculaba como aliviado, yéndose dentro de ella y dentro de él mismo, hasta quedarse dormido. Era cuando ella lo cuidaba. Como desde una orilla del muelle. Mantenía el ruido de los demás visitantes lejos de la puerta y velaba su sueño. La cama dónde él dormía se cambiaba en una isla. Y durante esos momentos ella se creía –se sentía-, una esposa y una amante fiel y olvidaba su condición de mujer pública al lado del mar y de los muelles.

Pero él, al final, la había abandonado.


¡La había abandonado! Pero le quedaba el loro y el poema. Y el enigma. Y la espera de que el loro estuviera diciendo una carta amorosa que contuviera en sí misma todas las cartas amorosas y todos los sonidos y lenguajes humanos que han cantado al amor y al erotismo y, al mismo tiempo, en un tiempo que no es humano y, quizá, tampoco sea tiempo, el lenguaje de las aves.

La anciana no voltea a ver al muchacho. Mueve la cabeza una vez más y él opta por dejarla así, sola, recortada contra la ventana. El joven danés se escabulle por la puerta, baja veloz como ladrón la escalera, alcanza la calle, llega al muelle y se embarca en la nave de su padre. Esa noche duerme profundamente, cansado, como si hubiera hecho un viaje de ida y de regreso a través de una historia ajena pero que es ya suya, y se siente traidor, como si hubiera abandonado a un amor de juventud y eso fuera, simplemente, insoportable.

Al principio de este relato escribí que esta historia se ha contado tres veces. Me equivoqué. La primera vez la contó el viejo armador a la baronesa Karen Blixen en su granja en África, mientras veían como se llevaban a los bueyes a su majada y se ponía el sol sobre las colinas de Ngong; la segunda la contó ella cuando se llamó a sí misma Isak Dinesen y escribió el libro Memorias de África (Out of Africa), en toda la plenitud de sus recuerdos; la tercera la he contado yo desde la extensión atormentada de sus memorias que se parecen tanto a las mías. Pero la historia seguirá contándose y reinventándose, y se le irán añadiendo y quitando detalles cada vez que alguien identifique su dolor con el viejo dolor (antiguo como el mundo que conoce de amor pero no de desapego) de una solitaria mujer en un burdel quien, a la vez, se identifica con los versos más tristes y bellos de Safo, la Décima Musa de Mitilene, aquellos versos que vienen resonando desde hace casi tres milenios y dicen: … y las horas huyen, huyen, y yo estoy echada, sola.

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