Juan Rulfo y las voces del viento


Por Ever Aceves

“[…] ¿No acaba usted de oír?
“”–Tal vez sea algún eco que está aquí encerrado. En este cuarto ahorcaron a Toribio Aldrete hace mucho tiempo. Luego condenaron la puerta, hasta que él se secara; para que su cuerpo no encontrara reposo. No sé cómo has podido entrar, cuando no existe puerta para abrir esta puerta.
“–Fue doña Eduviges quien abrió. Me dijo que era el único cuarto que tenía disponible.
“–¿Eduviges Dyada?
“Ella
“–Pobre Eduviges. Debe de andar penando todavía.”

Juan Rulfo (1917-1986) ganó el primer Premio Xavier Villaurrutia en el año de 1955 por su novela Pedro Páramo (1955). Dos años antes, publicó su primer libro de cuentos El llano en llamas (1953), mismo con el que ganó fama internacional. 

Nació en Apulco, pueblo de San Gabriel, perteneciente al distrito de Sayula en Guadalajara, Jalisco. Era un pueblo tan pequeño que no figuraba en los mapas. Su población era de aproximadamente unos dos mil habitantes en ese entonces. Su abuelo fue el arquitecto de aquel poblado de calles amorfas y una iglesia distintiva. 

Juan Rulfo fue también un destacado fotógrafo. “Autorretrato” ©Juan Rulfo

Rulfo perteneció a una familia acomodada, gravemente perjudicada por la Guerra Cristera, que dio inicio en 1926 y culminó entre 1928 y 1929. Fue en estos años cuando Juan Rulfo, con menos de diez años de edad, perdió a su abuelo y a su padre, a consecuencia del enfrentamiento. Dos años después, su madre falleció, dejándolo huérfano. Fue su abuela quien se hizo cargo de él, pero no por mucho tiempo. Juan tuvo que ingresar en el orfanatorio, al cual calificaba de mantener un “sistema carcelario” en donde “lo único que aprendí fue a deprimirme”. Cabe mencionar que Juan Rulfo, hombre de determinante seriedad, denota en su voz y en su semblante la imagen de un hombre agobiado por infortunios y severos golpes de la vida. De un talante introspectivo, pareciera que en el escritor se hace vigente la depresión que refirió haber cobijado durante su niñez.

Pionero del realismo fantástico ―así como Elena Garro― Juan Rulfo, al igual que García Márquez, se convirtió en poco tiempo en uno de los escritores más aclamados de México. Empezando por El llano en llamas que, ubicándolo en una temporalidad, se puede saber que los hechos transcurren en la primera mitad del Siglo XX, debido a ciertas descripciones como los medios de transporte, la infraestructura de los poblados, el consumo de la cerveza que ya había reemplazado al pulque en los pueblos, así como la vestimenta usada a lo largo de los relatos. Hay un lenguaje sencillo, coloquial, lleno de tragedias, de pobreza, de campesinos devotos, sumisos, aplastados por la autoridad, personajes dotados de infinita sensorialidad, movidos por la religión, por el amor y por las creencias y supersticiones del pueblo, impulsados por el instinto de supervivencia, llegando a cometer asesinatos en defensa propia, o bien, asesinatos deliberadamente consensuados y planeados con estrategias económicas reducidas al uso de instrumentos otorgados por la naturaleza: el cuerpo humano, piedras. Un tajante desengaño de la vida, que a veces resulta ser cruel. Retrata al mexicano aquel que hace de su cuerpo una herramienta, no sólo para el trabajo duro, sino también como medio de un fin. Por ejemplo, en uno de sus cuentos describe que un niño unta su saliva en la piel de su nodriza, que acaba de sufrir un piquete de alacrán, con intenciones de salvarla. O bien, la ardua y prolongada caminata que tiene como propósito el asesinato de un ser querido. 

Mujeres en Tlahuitoltepec. ©Juan Rulfo

Castigos provenientes de una ley extenuante, una ley que se sabe diligente y astuta frente a un campesino sin estudios, siendo la cárcel el resultado de la inocencia y la ignorancia sumadas. Inocentes viendo cómo el adinerado se aprovecha de su jerarquía monetaria para convertirse en un malhechor, en un abusador. Campesinos zangoloteados por la corriente de un río y por la vida misma, o bien, un anciano desvalido esforzándose en resuellos cuando camina largas distancias para alcanzar un objetivo lejano, mientras su hijo desdichado le aprieta “el pescuezo” para no caerse de los hombros de su padre.

El recurso humorístico es evidente en Rulfo, sin éste, su obra no sería la misma. Utiliza en ocasiones un humor negro en el que el lector no sabe si reír o llorar por la tragedia acontecida.

Una vaca llamada La Serpentina arrastrada por el río, es un ejemplo de cómo la fauna se hace presente en su narrativa. Ranas comestibles perseguidas y paleadas por un niño que de vez en cuando también come sapos, un becerro asesinado –y posteriormente vengado– y demás animales de granja, dotados de cierta personalidad, borregos, toros, gallinas, conejos. 

Muchachas con pechos cada vez más “picudos”, mismos que indilgan en su narrativa al oficio de la prostitución, después de toparse frente a la pobreza y a las inclemencias del tiempo, según narra en uno de sus cuentos. 

Extremosos climas con estados de ánimo, lluvias torrenciales, olas de un calor desértico, árido, seco, tierra cortante de tan reseca; tierra infértil. Villanos abusadores de poder, mujeres que viven su sexualidad criticadas por otras, santurronas, temerosas del castigo de Dios. Piedras, barrancos, caminos prolongados a pie, santos e iglesias, Desesperanza, abatimiento, aislamiento a cada instante.

Todo indica que Juan Rulfo padecía de misantropía, él mismo afirmó “el pánico que le tengo yo a la gente” (Herrera 1977) durante una de sus pocas entrevistas televisivas concedidas –la mejor lograda. Es esta cualidad en la personalidad de Rulfo la misma que traslada al papel: la desolación, todos los caminos llevan a la soledad de una u otra forma; lo hace con un profesionalismo inigualable, a través de su llamada “realidad aparente”, término acuñado por él para hacer referencia a un proceso creativo en el cual, a partir de hechos reales, imaginó e inventó historias, sucesos, escenarios, personajes, para darles vida.

No es casualidad que la obra narrativa de Rulfo se distinga por su apabullante soledad tanto en sus ambientes como en sus personajes solitarios o aquejados por la soledad, consecuencia de atroces asesinatos. A pesar de que Juan Rulfo afirma en todas sus entrevistas no haber publicado contenido autobiográfico, en su narrativa se puede evidenciar una considerable carga autobiográfica que, si bien, de manera indirecta, refleja no sólo su alcance imaginativo, sino también las emociones generadas a raíz de haber presenciado la Guerra Cristera, otro motivo para relacionarlo a la obra tan necesaria de Elena Garro en Los recuerdos del porvenir (1963). Resalta que a pesar de que ninguno de los personajes o escenas narradas en su obra fueron presenciados por él, y que son sólo producto de su imaginación, no descarta la posibilidad de que aquellas historias pudieron haber sucedido realmente.

Para Gabriel Zaid, el lenguaje utilizado por Rulfo no coincide con la jerga real del mexicano rural. No obstante, no se trata de un documentalismo literario: la obra rulfiana va mucho más allá de la explicación del habla, aunque sin duda este recurso demuestra no sólo la estética de la realidad parlante, sino el juego imaginativo que el lector recrea con escenas fantásticas, a partir de hechos cercanos a la realidad, partiendo del lenguaje escrito.

Anciana sentada en el umbral de su casa. ©Juan Rulfo

Pedro Páramo, obra de la cual, por cierto, afirmó que “en realidad es una novela de fantasmas”,3 es protagonizada por Juan Preciado, joven que prometió a su madre, minutos antes de su muerte, ir en busca de su padre, quien los abandonó tiempo atrás. Viaja a un poblado lejano llamado Comala, donde abundan las rarezas y los misterios. 

Las respuestas de Juan Preciado son monosilábicas, concisas, van directas al grano –como las de Juan Rulfo en algunas entrevistas. Hay siempre un sol abrasador, fulminante, aguaceros avasalladores, tierras áridas, vientos que llevan voces, voces de muertos, voces provenientes de las paredes, hojas de árboles arrastradas por el suelo en un pueblo donde ya no hay árboles. Espejismos de un pueblo fantasma, pueblo mágico, asesino e infernal, un pueblo de soledad.

Hay un vínculo estrechísimo en cada uno de los relatos de El llano en llamas y Pedro Páramo. Pareciera que los eventos ocurren en poblados vecinos, ranchos, pueblos similares, personajes con rasgos parecidos, como si fueran de las mismas familias. Hay incesto en más de una ocasión.

Rulfo retrata con su cámara réflex la misma realidad que describe con su tinta en el papel, una realidad del mexicano perteneciente a una clase proletaria, abatido por la pobreza y por la vulnerabilidad indígena. 

Con bastante frecuencia el viento se lleva las voces u otras abstracciones. 

El narrador, por lo regular testigo, siempre es un hombre. En muchos de sus cuentos hay una segunda persona a quien se le cuentan los hechos, pero no aparece a lo largo de los diálogos, los diálogos de esta segunda persona son invisibles para el lector. Otra característica técnica es el juego de las diferentes versiones sobre un mismo evento, una técnica propia de la literatura cubista. 

Antes de ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras, Juan Rulfo fue también agente de migración, entre otros trabajos poco relacionados con su labor escritural. Fue Efrén Hernández quien fungió como su corrector, de quien Rulfo afirma haber aprendido mucho y gracias a quien omitió o borró fragmentos innecesarios y estorbosos de su obra.

Rulfo resulta ser un parteaguas en la literatura mexicana y en las letras a nivel internacional. Llegó a irrumpir en el terreno de las letras como lo hicieron los fantasmas de Comala a la llegada de la noche: de súbito, apareció de un momento a otro para dejar su nombre en el imaginario colectivo mexicano.

Notas

1 Juan Rulfo, Pedro Páramo y El llano en llamas (Barcelona: Planeta, 2006)., p. 39.

2 Comentarios efectuados durante la entrevista hecha por Joaquín Soler Serrano en el programa televisivo “A fondo” (1977).

3 IBID.

Ever Aceves. Toluca, Estado de México (1994). Escribe poesía, cuento, microrrelato, ensayo y reseña, Fotógrafo autodidacta. Licenciado en Psicología por la UAEM. Ha publicado en las revistas Replicante, Praxis y La Lengua de Sor Juana. Asistió a talleres literarios con Alberto Chimal y Jorge Humberto Chávez. Fue entrevistado para la extensión del documental sobre Guadalupe (Pita) Amor: Señora de la Tinta Americana (TV UNAM). Instagram: https://www.instagram.com/ever.aceves/?hl=es-la Twitter: https://twitter.com/aceves_ever  Facebook: https://www.facebook.com/ever.a.cruz.aceves

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