Río pedregoso


Por Vanessa Ortiz

Foto de portada: Inge Maria para Unsplash

Es una noche como cualquier otra en la ciudad que solía oler a tierra mojada. El murmullo del agua resuena entre las tejas. Dentro de esta casa se esconden los truenos, pero afuera retumban con fuerza. Me siento al filo de la ventana y miro como los árboles se sacuden con brío. Estos vientos de julio se encabritan con nosotros.

El agua tiene memoria y se acuerda cómo le arrebatamos su andar. Cómo llenamos de chapopote el río que corría entre las piedras. Por eso López Mateos siempre se inunda hasta el punto de ahogar las cebras. 

Es verano y las pocas jacarandas que quedan han abandonado el sueño de ser bugambilia. En estos días son escasos los árboles que permanecen de pie. Muchos al quedarse solos han sucumbido al olvido. La ciudad llena de edificios clausurados, de bosques incendiados y de rentas impagables. Donde frágiles columnas cuarteadas sostienen la recién inaugurada línea tres del tren ligero y hay marchas para quitar las ciclovías. Aquí el olor del abandono impregna las calles.  

© fotografierende on Unsplash

Salir de casa. Pasar de un coche a otro. Comerte unos tacos de canasta afuera de un Oxxo. Leer en el encabezado del periódico que encontraron una fosa a un lado de una escuela primaria. Trabajar más de ocho horas. Olvidar el túper en el camión. Tratar de cruzar una glorieta. Tomarte un tejuino en un vaso de hielo seco sin popote para no matar a las tortugas marinas. Tratar de cruzar otra glorieta. Vestirte con cinco capas de ropa ya que en un mismo día pasamos del diluvio a los 38°. Cargar con un paraguas porque, aunque no llueva, puede usarse para bloquear un poco la fuerza de los rayos UV o para defenderte de algún mano larga. Esquivar baches. Trepar los pinches puentes peatonales. Dejar la bicicleta afuera de la carnicería. Ver como rompen tu candado y se la roban. Regresar caminando porque el camión ya cuesta $9.50 y falta un día para la quincena. Mirar hacia todas las direcciones en las calles. Enviar ubicación en tiempo real en tres grupos de WhatsApp. Llegar a la casa y quitarte el cubrebocas que marcó tu piel. Comerte un sándwich mientras buscas por 30 minutos qué ver en el catálogo de Netflix. Apagar la televisión. Acostarte no sin antes recordar poner el despertador a las 7:00 am. Repetir una y otra vez. El loop infinito. La rutina aquí se asemeja al ciclo del agua.

La lluvia siempre carga con la nostalgia. Antes mojaba la tristeza, lavaba la soledad y cantaba canciones tiernas. Ahora es distinta. Las tardes lluviosas se han convertido en diluvios torrenciales que arrecian con el hartazgo. Hoy son el llanto colectivo de quienes no pueden anhelar. Las nubes condensan el dolor, la represión y la desaparición. Es la precipitación súbita del horror. 

La lluvia está enojada y con justa razón. Mirar la violencia y la corrupción encabrona hasta a el agua. Y el agua tiene memoria. El agua observa y se acuerda de todo lo que pasa por este río seco lleno de glorietas, baches y cervecerías. Aunque nosotros olvidemos, el agua siempre revive las tragedias. Se acuerda de Imelda Virgen, de Vanessa Gaytán, de Giovanni López y de Wendy Sánchez. 

Miro de nuevo a la ventana y me doy cuenta de que ya no hueles a tierra mojada. Por más que llueva hueles a pura ceniza quemada.

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