Entre gestos y miradas apasionadas: cuentos sobre Paulina Rubio

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Por Gilberto Cornejo Alvarez

Paulina Rubio es una mujer que no necesita presentación. Incluso con todas las polémicas en las que se ve envuelta (las acusaciones de ser un producto de la mercadotecnia después su desempeño en el Festival Viña del Mar en 2005, la infame fotografía que apareció en el reportaje de Cosmopolitan España en 2007, la confusión entre los Premios Telehit con los Premios MTV en 2016), o tal vez justamente por estas, todo lo que toca se vuelve oro —en términos mediáticos— y ya es costumbre que cada año nos de un episodio viral. 

Lo que sí es un hecho es que, dentro de los estudios culturales, Paulina Rubio forma parte de la cultura popular (pop) o baja cultura. Para el caso mexicano, en el que las élites jugaron un papel importante en el desarrollo de la identidad nacional, se desdeñó a la cultura pop, por considerarla menor y pensada para el vulgo/la prole. Como muestra basta un botón: el concierto que Juan Gabriel dio en el Palacio de Bellas Artes en 1990. 

Paulina Rubio. Foto AP

En “Juan Gabriel: placer culposo y cultura popular” (La Jornada, 2014) se recuerdan los cuestionamientos que enfrentó Víctor Flores Olea —entonces presidente de Conaculta—, especialmente los realizados por Víctor Roura, quien lo acusó de convertir a Bellas Artes en “[…] un palenque, un estudio de Televisa, un recinto de Ocesa”. Ciertos sectores de la población consideraron que el divo de Juárez no estaba a la altura de Lola Beltrán y de otros compositores de música vernácula que cantaron en el mismo reciento con anterioridad; de cualquier forma, intelectuales como Carlos Monsiváis defendieron el episodio. 

Lo anterior viene a cuento porque cuando se habla de Paulina Rubio, los únicos libros que nos imaginamos son biografías —autorizadas o no— centradas en su ascenso a la fama y los principales escándalos que enfrentó y no una antología de cuento. Ni una sola palabra (UANL, 2021), viene no sólo a poner fin (¿o no?) al conflicto sobre que diva pop emanada de Timbiriche es mejor, también demuestra que en las expresiones artísticas (con énfasis en la literatura) son porosas las fronteras entre alta y baja cultura. 

La autora intelectual de esta genialidad no podía ser otra que Elma Correa, la más reciente ganadora del Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola, quien en esta ocasión funge únicamente como compiladora. Bajo la premisa de que “Nuestra educación sentimental proviene, en gran medida, de la banda sonora de la época en que crecimos, incluso si no somos particularmente fans de lo que suena a nuestro alrededor”, la narradora oriunda de Mexicali invitó a varias personas a tomar a Paulina Rubio como “un pretexto, un homenaje y una invitación para escribir”.  

En este tenor, desde su concepción como libro-objeto, Ni una sola palabra es un homenaje a la cultura pop y un deleite visual. La imagen de portada, diseñada por Ale Librada Torres Salcedo, es una bella reinterpretación de la fotografía que Peter Hujar le tomó a Candy Darling. Por su parte, la estética de la antología fue cuidada hasta el mínimo detalle: así lo confirman la impresión del título, el lomo y la cuarta de forros —en la que el lenguaje incluso se hace presente— en color dorado, preámbulo a las veinte historias en las que esperamos ver en acción a la chica dorada.

Elma Correa

Sin embargo, fueron varias las amistades que me señalaron el poco peso que tiene la cantante, empresaria y diseñadora de moda en algunas de las ficciones e incluso la promotora de la lectura Leslie Rondero tiene un vídeo en su canal de YouTube donde pone énfasis en esta cuestión. No obstante, la persona que escribió la cuarta de forros ya nos había advertido que Paulina Rubio podía ser la excusa para escribir un cuento.

En fechas recientes hemos visto una revaloración del cuento, hasta hace poco uno de los géneros más defenestrados y Ni una sola palabra también es un recordatorio de lo difícil que es escribir un buen cuento, especialmente porque como en toda antología, existen ficciones que sobresalen del resto. En este último grupo encontramos “Algo tienes”, de Ana Fuentes, quien aprovecha todos los lugares comunes y exageraciones que abundan cuando los hombres cisheterosexuales cuentan sus proezas sexuales para dar un giro que termina por romper la fantasía y arrancar risa en los lectores. 

Por su parte, en “El despertar de la diva” Juan Iván González realiza una combinación improbable en la que Pau se enfrenta con su eterna rival, Thalía y su duelo hará que los horrores lovecraftianos desaten su ira en la Tierra. Karla Michelle Canett y Alejandra Retana Betancourt apuestan por rememorar episodios vividos por la mayoría de quienes nacimos en la última década del siglo XX: crecer en un hogar disfuncional y cómo la música funge como válvula de escape y elemento catártico —“Una niña perdida”— y el sentimiento prolongado de incertidumbre y desencanto originado por la falta de un título universitario o una ruptura amorosa —“Haz por Venir”—. 

Si algo queda claro es la habilidad que tiene Elma Correa en materia de compilación y celebro que invitó a escritores nóveles o cuya trayectoria fuera del sistema nacional de creación o de la labor editorial no es muy conocida, pero definitivamente resentí la ausencia de un cuento suyo en esta antología; es más que conocida su habilidad para hacer críticas agudas sin caer en la solemnidad que envuelve a la (alta) literatura, además de que sabemos que es una de las principales fans de Paulina Rubio: ¿qué sorpresa nos habría dado? De cualquier forma, Ni una sola palabra es un ejercicio atractivo que hizo más llevadero el “quedarse en casa” (besos a Paulina Rubio donde quiera que se encuentre) durante el confinamiento. Si crees que las antologías musicales son únicamente para los fans del artista homenajeado, dale un vistazo a este libro, tal vez, quizá, te lleves una grata sorpresa.

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